Voluntarios y militares: criad@s para todo

Un albergue de emergencia

No pretendo poner en un mismo saco a los militares y a los voluntarios (entre los que incluimos a la Protección Civil). Para empezar los primeros son unos profesionales que cobran por su trabajo y los segundos lo regalan. Pero ambos colectivos tienen una cosa en común: cuando las estructuras del Estado social fallan, se acude a ellos para solventar problemas que pueden incluir riesgos igualmente graves.

La cuestión viene a cuento (gracias Isabel por ser mi musa) por la descarada actuación del Gobierno madrileño para encasquetar a los voluntarios y a los militares   funciones que deberían estar cubiertas por la sanidad pública en este caso de pandemia pero que en otras situaciones también se acude a ellos, como en caso de huelga de algún servicio público.

La costumbre tan arraigada en España de dejar en manos voluntarias y por tanto privadas cosas tan importantes como la salud o la educación, ha hecho, por ejemplo, que la iglesia católica haya sido durante décadas la dueña y señora de la educación en nuestro país y que todavía hoy los centros concertados, las entidades de utilidad pública y toda una amalgama de servicios básicos, sean llevadas por manos privadas, pagadas precariamente, si es que cobran algo, y que hoy nos veamos con una escasez impresionante de servicios sociales, agudizados desde nuestra penúltima crisis económica y evidenciados como nunca durante esta pandemia.

Las entidades sin ánimo de lucro por un lado y los militares por otro harían bien en preguntarse cuál es su verdadera razón de ser. Y así nos llevaríamos la sorpresa, por ejemplo, de que la Cruz Roja tiene su esencia en la atención a los heridos en los campos de batalla, y que los militares han nacido como cuerpos de defensa nacional.

Pero hoy los voluntarios hacen de todo, pertenezcan a no a una Asociación y los militares hacen lo que les mandan, que no tiene nada que ver con el arsenal de armamentos que tenemos en la bodegilla. Al Estado le sale naturalmente muy barato disponer de tal cantidad de mano de obra altruista que está dispuesta a tapar (incluso con su sangre) las deficiencias del Estado social.

El primer paso tendría que ser replantearse el papel de las fuerzas armadas: ¿preparados para la guerra o son fuerzas de paz? Porque para todo lo demás, ya hay profesionales que lo pueden hacer. Incluso los profesionales de protección civil ante las catástrofes, los profesionales sociosanitarios para atender necesidades de los colectivos vulnerables, trabajadores sociales, sanitarios públicos, etc. Pero reconocer la profesionalidad de tantos recursos hoy tan baratos, saldrían mucho más caros: habría que reconocer el papel fundamental de los profesionales de apoyo de servicio a domicilio, de personas con discapacidad, de personas en riesgo de exclusión social, etc.

Es cuestión de rascarse el bolsillo y que los famosos PGE correspondan realmente a unos gastos de marcado carácter social que reconozca a cada profesional su valía y su merecido salario digno. Pagar con limosnas o subvenciones es algo que debería pasar a la historia. Precisamente por eso nació la Economía social. Se acabó la Beneficencia.

Así es que piensen los que trabajan en estas cosas quiénes son y para quién están. Y exijan al Estado que cada uno ocupe su lugar. Luego, si alguien con todas sus necesidades cubiertas, desea emplear parte de su tiempo libre a apoyar en algunos trabajos para los que esté especialmente preparado, que lo haga, faltaría más. Pero que sea una verdadera decisión libre. No para cobrar un sueldo precario o para tapar los agujeros del Estado, que ya cuenta con eso (injustamente) en sus presupuestos generales.

Repartiendo alimentos

Deja un comentario