Virus y esclavitud

Un trabajo necesario

Una de las cosas que destapa una vez más la pandemia es el estado de esclavitud en que se encuentran muchos trabajadores, especialmente inmigrantes y temporeros del campo que vienen a realizar un trabajo necesario y que nadie desea hacer. Es un trabajo que no solo no se ve valorado lo suficiente, a pesar de que nos va en ello la posibilidad de alimentarnos, sino que se desprecia hasta el punto de que se les tiene sin contrato, en condiciones infrahumanas y a un salario totalmente indigno.

Ahora se extrañan algunos de que hayan sido centro de expansión del virus, cuando se les obliga a vivir en unas condiciones totalmente opuestas a las que se nos recomienda o impone a todos los ciudadanos de primera. El caso de Albacete es un ejemplo entre otros. Y esta situación es una situación entre otras, a las que hay que sumar a los sintecho, a los que trabajan de cualquier manera afrontando el peligro del virus antes que quedarse sin trabajar. Hay empleadores que se aprovechan de esto, y eso es imperdonable en una sociedad mínimamente humanitaria y mucho menos en un estado social progresista y moderno.

Pero este no es solo un problema de empresarios. También es un problema de políticas sociales regionales y nacionales, europeas y globales. Y hay que empezar por casa. Si los que trabajan para que podamos comer, podamos estar atendidos en salud y en otras necesidades primarias, trabajan en condiciones infrahumanas, porque la sociedad no les da los medios suficientes de prevención sanitaria, estamos tirando piedras sobre nuestro propio tejado.

La inconsciencia de los Gobiernos que presumen de lo que no se puede presumir hace juego con la inconsciencia de la gente que se arriesga sin necesidad a ser portadores del virus por una noche de fiesta y borrachera. Y como eso todo.

Hay quienes opinamos que de esta situación saldremos mejores. Pero según la experiencia, de momento no somos mejores. Al contrario, somos más conscientes de lo mal que lo hacemos y sin embargo no corregimos nuestros errores. Y eso éticamente se llama irresponsabilidad. Estamos acostumbrados a que nos manden las cosas y a protestar porque nos mandan. Es más cómodo. Pero cuando se apela a nuestra responsabilidad, somos como niños, que hacemos oídos sordos prefiriendo vivir en la fantasía de que todo se arreglará.

Si no crecemos como personas esta pandemia se puede convertir en un apocalipsis global. Luego que nadie proteste si hay dictaduras que lo frenen, si es que pueden. La libertad tiene su precio, pero también, no lo olvidemos, su recompensa. Si salimos de esta será con el esfuerzo de todos y a todos habrá que dar las gracias. También a los inmigrantes que vienen a trabajar sin ninguna medida de seguridad, que más de uno habrá muerto para que podamos comer, como los médicos. ¿Quién tiene más mérito? Todos somos iguales, no sólo ante la ley (que ya ni eso), sino como personas. El trabajo de todos es importante y hay que remunerarlo dignamente. La esclavitud, digámoslo una vez más, ya está abolida. Pero los que no se quieren enterar igual lo pagarán con su vida, porque si enferman sus esclavos también se contagiarán ellos. ¿Vale la pena vivir así? Pero, por mucho que gritemos nada cambiará. Los que tienen el poder tienen que hacerlo y si no, quitémosles de donde están porque no valen para eso. No les votamos para que consientan tanta injusticia social. Leer más sobre esclavitud

Sin agua ni luz

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