Un pueblo y su rey

Un pueblo y su rey. Dir.: Pierre Schoeller (Francia, Bélgica, 2018) 117 min.

La solución de la revolución francesa

Siempre he lamentado que la historia se haya escrito en base al derramamiento de sangre. Los grandes logros de la humanidad, sobre todo a escala social, han supuesto millones de vidas. Visto en retrospectiva, no sé hasta qué punto tantas muertes han sido útiles, puesto que muchas cosas siguen igual, o disfrazadas. La revolución francesa fue un hecho histórico que cambió ciertamente nuestras vidas, al inaugurar ideas como la democracia igualitaria en derechos y libertades.

Hoy no existen oficialmente clases, castas o esclavitud. Pero eufemísticamente hablamos de brecha social, una desigualdad cada vez más profunda entre los grupos poblacionales y entre las naciones. Estamos exactamente en el mismo punto que estaban los ciudadanos antes de estallar la revolución. El film refleja por un lado las evidentes diferencias sociales y cómo se discutió en la recién nacida Asamblea Nacional, cómo atajar de raíz la causa de todos los males, de todas las injusticias y de todas las diferencias que habían costado ya miles de muertos. Y tras unas discutidas deliberaciones se llega por votación a la solución de cortar la cabeza al origen del Antiguo régimen, representado por el rey. En sentido literal. Fueron muchas las cabezas que rodaron y que regaron los surcos de los campos franceses, primero con la sangre de los de abajo y después con la sangre de los de arriba.

A mí la película me parece equilibrada y trata de ser objetiva, basándose sobre todo en los documentos de las sesiones de la Asamblea. No abusa de imágenes truculentas ni de grandes discursos. Pero la tesis fue clara: para acabar con el mal hay que cortarlo desde su raíz, insistimos, de modo literal.

He visto que muchas críticas la ponen de pesada y aburrida, Quizá. Pero no cae en los fuegos artificiales cargados de efectos especiales de otras películas made in USA, que al final te ocultan el mensaje.

A mi modo de ver, el mensaje, como parece confirmar la historia, es que no se cortó de raíz la fuente del mal. Porque la fuente del mal estaba no solo en las personas concretas que llevaron sus ideas a cabo, sino en las mismas ideas de propiedad privada y de clases, que han seguido subsistiendo hasta el día de hoy, edulcorados por algunos beneficios sociales, hoy en plena decadencia. Fue Carlos Marx quien se dio cuenta del error e intentó atacar esa raíz profunda. Pero los hechos de quienes le siguieron volvieron a quedarse en la superficie y volvió a correr la sangre. Un personaje como Gorbachov quiso corregir ese error, soñando con una Europa unida, en donde democracia y comunismo conformaran una nueva sociedad unida y libre. Pero no lo logró, salvando la vida de milagro. Los que le suplantaron no amaban la democracia y se quedaron con lo peor de ambos regímenes, creando una Rusia clasista con métodos de terror estalinista.

En fin, tendremos que buscar nuevas soluciones al eterno problema de la desigualdad dentro de una sociedad que se llama social y democrática de derecho. Algunos siguen apostando por las barricadas y la represión. Quizá sea más efectiva la guillotina. O quizá valga la pena volver al sueño pacifista de Gorbachov. Yo apuesto por esto último. ¿Por qué apostarán nuestros políticos, nuestros banqueros, nuestros comerciantes, nuestros empresarios? Me temo que ya lo sé. ¿Por qué apostará el pueblo? Eso sí que no lo sé. Porque últimamente la gente está muy dormida con los cantos de sirena de la ultraderecha española (la única derecha que hay). Espero que no rueden cabezas, que es uno de mis órganos más preciados.

Ficha y críticas:. Trailer

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