Un espectáculo lamentable

Un botellón internacional no es precisamente un antivirus

La desescalada es un desafortunado nombre que no corresponde a la realidad que estamos viviendo, porque, aunque ciertamente no vivimos en estado de alarma, los vaivenes territoriales dan una sensación de desconcierto e improvisación que habla más bien de subidas y bajadas en infecciones que no auguran nada bueno.

Dejando ya a un lado lo que los partidos políticos dicen, que ya sabemos que no hay unidad ni siquiera en lo esencial, en lo que respecta a las CC.AA., que están ligadas irremediablemente en nuestra estructura política a un partido gobernante y sus colaboradores, siguen la misma tónica de desunión. Sin embargo, todos tenemos claro, pues se nos ha repetido machaconamente desde el inicio de la pandemia, cuáles son las conductas más recomendables y cuáles no. Y aquí se cruzan dos intereses opuestos: salud y economía. Lamentablemente, lo que va bien para una cosa va mal para la otra, como vimos en el confinamiento. Y ese es el campo de batalla actual, en donde las Comunidades pugnan para que la gente viaje más a sus territorios, que la gente trabaje por encima de todo para que no se hundan las empresas, y se critica a los países que nos ponen en cuarentena o que recomiendan no venir a España total o parcialmente.

Todos barren para casa de un modo lamentable, olvidando lo esencial que todos teníamos claro antes, cuando estábamos confinados: lo primero es la salud comunitaria y luego, ya veremos. Dicen que con el tiempo hemos aprendido cosas del coronavirus, pero:

– Yo no veo que el sistema sanitario se haya reforzado con nuevas incorporaciones de personal. Los trabajadores siguen muchos en precarias condiciones y a la gente que no tiene coronavirus se la atiende, en principio, por teléfono, con retraso y a medias. Y a los que tienen resultado positivo en test se les tarda en llamar o no se les atiende. Los rastreadores de los contactos no funcionan correctamente, porque no se ha contratado a suficientes profesionales.

–  Las condiciones de los trabajadores del campo, temporeros o no, siguen siendo las peores, cuando son el sector fundamental que deberíamos mimar para que no nos falte lo necesario para subsistir. Y quien habla de este sector, habla también de otros sectores de servicios, como autónomos o empresas que se necesitan para hacer reparaciones, transportes, venta de artículos de primera necesidad o las mismas farmacias. Seguimos con trabajadores en negro y con escasos o ningún medio de prevención.

Estos dos problemas fundamentales siguen sin solución, cuando eso no debería depender de ningún debate parlamentario y haberse hecho ya por real decreto, ya que, sin duda, son dos aspectos de emergencia nacional.

Por otro lado, tampoco ha funcionado la apertura de fronteras por el ansia económica del turismo, cuestión en la que se basa gran parte de nuestra economía española y mundial. Se quiere a toda costa que la gente viaje por España, cuando todos sabemos el riesgo que eso implica, sea cual sea el país de origen o destino. Los comercios por su parte también han abierto sin priorizar unas cosas sobre otras, para que nadie eche el cierre. Cosa que, por otro lado, es inevitable en nuestro sistema, dado que reconvertir sectores sí que no es cuestión de un par de días, sino de meses y años. Aquí entraría en juego la economía europea y global que, como sabemos, va siempre por detrás, y es esclava del capital, que nunca priorizará la vida humana al beneficio, aunque eso nos costara la vida a todos. 

Y la guinda del pastel la pone la conducta ciudadana que, digámoslo claramente, deja mucho que desear. Es verdad que algunos guardan todas las medidas necesarias, pero una gran mayoría se dedica a hacer viajes innecesarios, fiestas, celebraciones de lo que sea, a costa de las víctimas que caigan. Si no se ponen prohibiciones expresas, con multas y sanciones, la ciudadanía no cumple. Los que se quejaban en el estado de alarma de no tener libertad, ahora la tienen. Y se nota.

Ciertamente parece que no hay tanto muerto. Pero ¿no se han preguntado por qué? Yo creo que, sencillamente, han ido muriendo los más débiles, los que tenían que morir y que, si alguno se ha salvado, es porque ha visto de cerca el peligro real que corre y ha hecho lo posible por no asumir riesgos innecesarios, a pesar de la precaria atención médica que reciben. Por eso la edad media de infectados va bajando, porque se creen inmunes sin pensar que ellos sí que pueden matar a los que infectan.

Me parece un espectáculo lamentable la falta de responsabilidad individual y colectiva, nacional, europea y global. Cada uno va a la suya, mirando su interés económico y eso es una equivocación. La prioridad mundial debe ser buscar entre todos los científicos posibles la vacuna o vacunas que nos ayuden a defendernos del virus de verdad. No una carrera por ver quién es el país que más pronto lo logra. Parece que ya tenemos tres finalistas: USA, China y Oxford. El premio a la farmacéutica ganadora será tan morrocotudo que les quedarán ganas de que venga otra pandemia para ponerse las botas.

Y luego, hay que cambiar todo un sistema económico basado en el puro beneficio. Un sistema sostenible que nos defienda de los posibles ataques de la naturaleza a todos por igual. Nos hemos acostumbrado a vivir de un modo desenfrenado hedonista como antídoto al estrés de la competitividad estructural que nos pone a unos por encima de otros. Todo eso se ha de acabar si de verdad queremos sobrevivir.

Y no veo que las cosas tengan trazas de cambiar. Se intentan edulcorar las noticias, diciendo que la situación ya no es tan grave, pero siguen sin solventar los temas urgentes. Y lo peor es que no se sabe cuándo acabará esto. Hay quien vive la filosofía del avestruz y hace lo que le da la gana, porque es su libertad, su propiedad.

No pretendo juzgar a nadie, porque cada uno sabrá por qué actúa de un modo u otro, y él será su propio juez. Pero, desde luego, tenemos derecho a decir que el modo de actuar de nuestra sociedad es totalmente irresponsable, sin capacidad de sacrificio para conseguir resultados siquiera a medio plazo.  No se trata de culpabilizar, sino de abrir los ojos a la realidad y poner remedio con los cambios que hagan falta. Son tantos los avisos que nos llegan de una manera u otra que da miedo pensar en la lentitud de los Gobiernos para reaccionar. Indignarse porque los británicos nos pongan en cuarentena es ridículo. ¿No ponemos nosotros en cuarentena a todos los demás? Da pena oír a los empresarios, de verdad. Y lo de hoy, poniendo verde a Fernando Simón, porque dice que es mejor que no vengan los ingleses porque así hay menos riesgos de contagios, es olvidar que las pandemias se producen precisamente por lo mucho que hoy se viaja, no solo por negocios o necesidad, sino por el mero placer de viajar. Y no estaría mal que nos reprimiésemos un poquito. Si nuestra economía se cimenta en la hostelería es un inmenso error que habrá que reconvertir y dedicarnos más por ejemplo a la investigación o a la tecnología punta sostenible.

Hemos de aceptar que o nos salvamos todos o nos destruimos todos. A medias no podemos seguir tirando. Tres semanas confinados y luego botellón internacional en Magaluf.  Sigo creyendo en las personas, pero nuestra conducta social es irracional y eso nos lleva al caos. Ya lo estamos viviendo, no hace falta esperar al mañana para verlo. Ese mañana dependerá de nosotros, no seamos tan estúpidos de acabar con lo que hasta ahora pensábamos que era lo mejor del universo: nosotros mismos. Ahora ya no está tan claro y habrá que recomenzar una nueva vida con valores distintos. Y mientras tanto, solucionemos lo urgente: fondos sociales para salvar a los que se están hundiendo, aunque algunos no quieran. Y que dios (es un decir) nos ampare.

No hay manera de que, por una vez, se queden quietos en su tierra

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