Un brexit que no es brexit

La pérfida Albión siempre ha sido muy suya, como lo define el significativo hecho de que en su sui generis pasaje europeo no se dignó a abandonar su amada Libra por el extranjero Euro. Aunque para ser más justos, no deberíamos considerar su chauvinismo como un producto del Reino Unido, sino más bien de Inglaterra, que es quien domina el cotarro por más que les pese a sus camaradas británicos.

A muchos nos parece un error evidente su pretensión de salir de la UE, cuando, tras tanto teatro, sale de Europa con trato de favor en muchos aspectos. El Joker que tienen por presidente (muy parecido por cierto al pato Donald americano y a la muñeca diabólica madrileña) se ha empeñado, como si de un Puigdemont cualquiera se tratara, de sacar a todo el Reino Unido de una Unión que le conviene por muchas razones, pero sobre todo económicas, políticas y transculturales, que deberían ser cambiadas por cerrojos, fronteras, visados y aranceles en su nueva situación.

Aunque era algo que hasta un ciego podía ver, nada más comenzar su descafeinado brexit, el colapso inhumano de transportistas para pasar el eurotúnel, nos puso ya en las narices los problemas que trae, frente a las muchas ventajas que le reportaría seguir siendo Europa. La capitulación de Gibraltar, cuya verja cae tras décadas en pie dentro de la Unión, es otro ejemplo cercano de las incongruencias de una Inglaterra colonial, que lleva la contradicción en su sangre: madre de grandes culturas que han sido aceptadas en todos nuestros países de un modo natural, como pueden ser sus artes en general, o los Beatles en particular (a quienes algunos veneramos entre los dioses del Olimpo), sin embargo es capaz de romper su vocación universal por un encapsulamiento egoísta con la falsa creencia de poder vivir mejor con una aparente independencia, cuando hoy ningún país es independiente. Al menos Escocia se ha manifestado en contra, pero eso al Joker le da igual.

En fin, que la política internacional está al mismo nivel de gilipollez que el nacional, pero con la desventaja de que las consecuencias de los errores se multiplican al perjudicar a muchas más personas y naciones. Europa siempre ha sido muy blanda consigo misma y la democracia no se debe entender como unanimidad, sino como un diálogo que se resuelve con votos. Demasiada burocracia, demasiados miedos que nos llevan a situaciones de bloqueo como los intentados recientemente por Polonia y Hungría ( o el mismo PP español sin ir más lejos), que se han subido al carro sin comprometerse siquiera a los mínimos democráticos exigibles.

Europa tiene que aclararse a sí misma y hacer planteamientos claros y concisos. Si no, no vamos a ningún lado. Lo del Reino Unido no tenía que haber ocurrido. Pero es un botón de alarma que nos indica que algo no va bien. Si somos Europa hemos de serlo libremente, porque queremos serlo. Y lo mismo cabe decir de cada país miembro. Si somos España es porque queremos serlo. No a la fuerza. Por eso hay que dialogar y ser realistas. La realidad con la que se van a encontrar los británicos no les gustará. Que aprendan otros de su experiencia y volvamos todos a la razón que nos pide unión en un mundo que está condenado a salvarse como una piña, o a perderse todos en su propia individualidad. Se puede conservar la cultura propia y a la vez sentirse miembros de Europa y del mundo. Más que una opción, es una condición sine qua non de nuestro propio ser.

Ellos son también patrimonio europeo de la humanidad

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