Un año de promesas, un siglo definitivo

El año 2021 ha sido, como preveíamos, un año duro. Un año de lucha en muchos campos, en los que aún no hay ninguna batalla definitivamente ganada: ni contra el virus, ni contra el desastre económico, ni contra el cambio climático, ni en el diálogo político, ni en los derechos sociales de nadie. Ni aquí, ni en ninguna parte del mundo, aunque haya quienes se crean los reyes del mambo.

Hay que reconocer que desde nuestro Gobierno ha habido buenas intenciones y trabajo para conseguir muchas cosas que, hoy por hoy, solo son proyectos: necesidad de más investigación, más médicos, más profesionales en muchos campos, reforma laboral, reforma de la ley de memoria, reforma de la ley mordaza, limpieza del poder judicial, juicios políticos y penales pendientes, jefatura del estado sin pulir, salario mínimo, mínimo vital, stop desahucios, freno a los precios de energías, plantar cara a los empresarios, apoyo a los damnificados del volcán, cuestión catalana, cuestión de migrantes, disminución de contaminación… promesas del momento y pasos tímidos, demasiado tímidos, tan lentos como Europa.

Pero lo más alarmante de todo a nivel mundial es el desencanto sufrido y presumible por la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CP 26) de Glasgow. El siglo XXI, del que ya llevamos recorrido una quinta parte, va a ser el siglo definitivo en donde el planeta se salvará por los pelos o nos llevará al final de nuestra historia, esta vez de verdad. La extraordinaria película de Kubrick, 2001: A Space Odyssey, nos supuso más inteligentes. Y ya le llevamos 21 años de retraso.

Promesas inalcanzables que antes se dejaban para el 2030 y luego ya para el 2050 en adelante… Todo demasiado tarde. Así pues, este año 2022 que viene tiene que ser el comienzo de un cambio real y no un año de simples promesas. Sobre todas las cuestiones urgentes esta es la primera. Porque sin planeta no tendremos derecho a nada, siquiera a vivir. Esa preciada vida que tanto menospreciamos con nuestra insensatez.

Cada año hacemos propósito de la enmienda, pero algunos no saben ni lo que es eso. Negocio, comercio, ganancia ahora para morir mañana. No hay ninguna responsabilidad por las generaciones del futuro. Estamos al nivel del mono que se cree el rey por haber descubierto una herramienta que entre otras cosas sirve para matar a sus semejantes. Soñamos con viajar por el universo al son del Danubio azul y jamás llegaremos a eso si seguimos así. La muerte anunciada por los astrónomos se adelanta millones de años. Esto es lo que hemos hecho: Adelantar y retrasar una hora de reloj a conveniencia no se sabe de quién, para quedarnos igual o peor que estábamos.

2022 es un año para la esperanza. Para las promesas cumplidas por la racionalidad de nuestra especie, por el amor a nuestros hijos y a nuestra madre tierra. Una madre que, como nosotros, es limitada y la estamos matando, antes poco a poco, ahora aceleradamente, a pesar de sus castigos y amenazas. Ya nos ha avisado demasiadas veces.

El rey de la creación se ha convertido en el villano. Pero siempre es posible dar una vuelta de tuerca al guión y hacer lo imposible. Lo sabemos por experiencia de muchos que lo han logrado a lo largo de la historia. Pero ahora no se trata de que haya algunos héroes conocidos o anónimos. Ahora es cosa de TODOS.
Nuestro deseo de felicidad para el 2022 no es un apocalipsis anunciado. Son las lágrimas que derramamos a causa de quienes nos quieren bien y nos advierten de los peligros. Os deseamos, pues, no solo un FELIZ AÑO NUEVO, sino que hagamos posible un feliz año 2222.

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