Tengo miedo, la verdad

Hace ya bastantes años, quise empezar un estudio sobre Hans Jonas, filósofo alemán, en especial sobre el contenido de su obra El principio de responsabilidad (Herder, Barcelona, 1995), que el autor escribió en 1979. Ya entonces se hablaba de los desastres ecológicos que se nos venían encima y de la responsabilidad que teníamos los habitantes del planeta por conservar en condiciones los medios vitales para las nuevas generaciones. Él apelaba en esta obra al sentimiento que los padres sienten ante un hijo de procurar darle todos los medios a su alcance para que en el futuro pueda desarrollar una vida lo más digna y feliz posible. Pero esto, que puede comprender cualquiera a nivel individual, parece que no nos cabe en la cabeza cuando lo consideramos a nivel global.

Karl Marx consideraba al hombre como un ser social o genérico (Gattungswesen). La idea es que en una sola persona vive toda la humanidad. Y, al revés, en la humanidad estamos todos y cada uno. Y esto se refiere al presente, al pasado y al futuro. Una filosofía que puede parecer muy distante a Marx, como la budista, insiste exactamente en lo mismo. En realidad me parece que es parte de una filosofía perenne, que la tenemos todos al alcance, pero de lo que no somos conscientes. O no queremos serlo, porque a mí me parece una verdad de Perogrullo.

Cuando era joven había en Valencia cuatro estaciones, y nos vestíamos al consonante. Pero hoy tenemos dos estaciones invierno/verano que aparecen a intervalos más o menos largos. Cada vez más cortos. Cambios constantes de tiempo, grandes catástrofes, veranos cada vez más largos y calurosos. Aire acondicionado a todas horas, los que podemos tenerlo.

Y empezaron campañas, primero contra el uso excesivo del papel y la tala de árboles (¿se acuerda alguien ya de eso?). Luego empezaron con los plásticos. Casi cada día imágenes terroríficas por la TV. Y los polos se derriten. Ya lo sabemos todos. Ya se empiezan a criticar los transportes marítimos, base del gran comercio mundial, por la contaminación que acarrean. Y los viajes en avión, una barbaridad. Y el exceso de consumo animal. Y ahora nos recomiendan ser veganos (yo soy vegetariano) o que comamos simulacros de carne. Vamos de una a otra, pero las cosas no van a mejor. Tengo 68 años y no he visto en toda mi vida intenciones reales de cambiar. La sociedad no cambia porque todos somos esclavos de las grandes potencias comerciales. Interesa el petróleo, interesan las guerras, interesa vender a la otra parte del mundo donde trabajan los esclavos, interesa la tecnología para vender y comerciar con ella. Pero ¿de verdad interesa el ser humano? Yo creo que no. Menos mal que hay algunas personas que sí lo hacen, porque si no, ya no existiría el planeta. Pero esto no va a durar mucho. Cada vez más deprisa. Pronto entrarán los huracanes que hasta ahora no nos pillan encima. Todo pasa fuera, lejos… hasta el día que nos toque una de esas. La última es una disputa política por mantener el centro de Madrid más limpio de gases y de paso nos enteramos de la gente que muere por la mala calidad del aire.

Hoy nos han bombardeado todo el día con que a partir de esta noche vendrá una ola de calor como nunca antes ha venido y que durará unos días. Cada vez que pasa eso muere mucha gente. Pero no nos toca a nosotros. Es una irracionalidad tal en la que vivimos, que no podemos pensar demasiado. Porque si decimos una cosa y hacemos la contraria, ¿por qué será? En el maremágnum político de esta temporada de cuatro años que llevamos de elecciones, de esto no se habla así de claro, porque a los políticos eso no les daría votos. A fin de cuentas,¿no son ellos los responsables de que las cosas funcionen así?. Sólo les preocupa el voto primero y los pactos después. A ver quién gana. ¿Pero, ¿les preocupamos de verdad? ¿Les preocupo yo?. El Estado, con su correspondiente Gobierno, está para resolvernos los problemas, para eso se inventaron. Pero ahora es evidente que son parte del problema. No todos los políticos son iguales, pero salvo a muy pocos. Como aquéllo de Sodoma y Gomorra, que al final no había ni siete justos. Y si ellos no reaccionan y nosotros tampoco, ¿qué pasará?

La verdad es que tengo miedo. No sólo por mi, sino por toda la humanidad. No tengo ni idea de lo que será nuestra sociedad dentro de unos años. Ni siquiera sabemos si existirá. Pero a mi edad ya se da cuenta uno de que vivir la vida de este modo tan irracional es una estupidez, pudiendo vivir muchísimo mejor y en paz. El ser humano, lo mejor de la creación, resulta ser un estúpido global. No me extraña que haya voces que predicen un futuro en donde los humanos serán androides. Yo al final me lo estoy creyendo, porque la inteligencia artificial se está manifestando más racional que nosotros. Quizá sea lo único bueno que hagamos: que nuestra creación no sea a nuestra imagen y semejanza, sino que sea mucho mejor, y, sobre todo, que no sea tan necia. Decía el Buda que lo que no hacemos bien lo hacemos por ignorancia. Y yo le doy la razón, porque la única verdad está en nosotros mismos, pero nadie se la cree.

1 comentario en “Tengo miedo, la verdad”

  1. Nos estamos quedando sin tiempo…. El otro día pensaba que en 2050 (que decían hace poco, fecha límite de supervivencia del planeta si no reaccionamos YA) mi hija tendrá mi edad, y menuda «herencia» dejamos a las futuras generaciones de humanos. Igual siguen el resto de especies, cucarachas y las demás, seguro que muchas más felices sin nosotros como depredadores pero… da que pensar. Y esta muchacha me pone la piel de gallina, cuando habla con tanta contundencia y sencillez: https://www.youtube.com/watch?v=wYr3DNWcFO0

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