Solidaridad

En su clímax de moción de censura, Vox nos anunció, como regalo de Adviento, la creación de  un nuevo sindicato llamado Solidaridad, que, como dicen, el origen del nombre se debe a que los españoles necesitan que acabemos con la confrontación de padres contra hijos, mujeres contra hombres y que responda a una causa común: la defensa de los trabajadores, de la economía nacional, de los pequeños empresarios y de los autónomos. Solidaridad pretende dar una respuesta a las necesidades de nuestros trabajadores y que éstos puedan defender sus derechos ante la traición de unos sindicatos vendidos a los partidos políticos y favorables a la imposición de una agenda global que no se preocupa por sus intereses.

A nosotros, sin embargo, lo primero que se nos viene a la cabeza es una copia del sindicato solidaridad polaco cuya penosa historia de nacionalcatolicismo acabó con él, no sin antes costarnos un premio Nobel y un Papa que tuvimos que padecer todos, fuéramos o no del gremio.

Vox, en su recalcitrante empeño de resucitar lo muerto, nos quiere llevar otra vez al sindicato vertical de la España fascista, inspirado directamente por la voluntad de dios. Se empeña también en llamar traidores a todos los que no hacen lo que les parece a ellos. Lo peor es que su mensaje populista (en el peor de los sentidos) y con interés claramente partidista para alborotar el corral y sacar provecho electoral de ello, tiene una base también cierta: la inacción de los sindicatos en la misma crisis de identidad que padecen algunos de los que se llaman izquierda en nuestro país de pandereta. El que no estemos en la misma situación del siglo XIX que llevó al sindicalismo, no ha cambiado en el fondo la situación obrera, que hoy se engloba bajo el término de la desigualdad. Hoy son otros los métodos de explotación del trabajador y el desarrollo social ha difuminado a la clase obrera en unas falsas clases medias. Hoy ya pocos se llaman a sí mismos obreros, pobres, o clase baja. Hoy se habla de exclusión frente a una élite cada vez más centrada y poderosa que Marx ya predijo a su manera en su idea de autodestrucción del capital. Quizá la ralentización de este proceso por los métodos engañosos de mantener calladas a unas mayorías mediocres a base de hipotecas y préstamos que hicieron que muchos creyeran ilusoriamente que algún día estarían libres de sus deudas sin fin (personas y Estados), ha sorprendido a las izquierdas anticapitalistas, que no saben cómo encajar ideológicamente en sus esquemas esta ya no tan nueva realidad global. La mala gestión de los diversos comunismos estatales ha llevado al desprestigio interesado del marxismo como ideología y a la desorientación de partidos y sindicatos. A quienes desean mantener viva la llama se les llama radicales, terroristas y extremistas, en referencia a un supuesto limbo intermedio rebautizado como centro o moderación, cuya invocación llevamos en España aguantando desde UCD, que, como sabemos, fracasó estrepitosamente, dejando una democracia herida de muerte ralentizada (como en todo el mundo) por las migajas de libertad conseguidas.

Terreno abonado para que los nacionalcatólicos renazcan con sus certezas de dios, patria y rey frente a la utopía de libertad, igualdad y fraternidad. Pero si ellos son tercos en sus creencias, la realidad es más terca todavía, y nos vemos arrojados en un mundo lleno de pobreza, desigualdad, injusticia, hambre, migración, explotación laboral sin fronteras y un cambio climático, fruto todo ello del único sistema económico que subsiste y que ya sabemos que es insostenible.  

No se ha movido hasta la fecha un dedo para salvar a los océanos de las basuras que matan a todo ser vivo, no se ha movido un dedo para salvar a los millones de seres que mueren de inanición cada vez más rápidamente en el mundo, incluida la especie humana, que por desgracia sigue siendo la dominante en un mundo sin horizonte. Se podrá decir que estas afirmaciones son exageradas, pero los señores de la economía que saben muy bien de macrocifras tienen claro que lo que se destina a todas estas carencias son verdaderas migajas que se pierden en el océano de la ganancia rápida y restringida a una élite, cuyo único mérito consiste en ser poseedores de unos bienes que nosotros, todos, les otorgamos sin rechistar.

Quienes hablan del sindicato Solidaridad son verdaderos fascistas y todos sabemos que el fascismo es de todo menos solidario con todos. Porque el secreto está en que las personas no somos entes individuales, sino que estamos condenados a vivir en sociedad para sobrevivir como especie. Y si hay algo que nos diferencia de los seres no racionales, es que sabemos muy bien hacia dónde nos llevan nuestros actos. Hacer lo contrario de lo que sabemos que está destruyendo al planeta, no solo es irracional, sino el mayor de los genocidios hasta ahora conocidos. No sabemos bien por qué, pero tenemos, junto al instinto de supervivencia, el instinto de la ética. Y sabemos la verdad, sabemos que podemos elegir. Cruzarse de brazos hace que los fanáticos nos narcoticen los sentidos. La religión ha sido el opio del pueblo durante siglos, pero hoy, además, tenemos el opio del poder, la riqueza y la tecnología, trinidad en la que se encarna el capital. Y eso los fascistas lo saben y lo usan, a pesar de los millones de excluidos, verdaderos zombis del paraíso capitalista que nadie se llevará a la tumba tal y como como pensaban los faraones, ricos a costa de los demás, pero ignorantes (¿o no?) de lo que hoy sabemos.


La tumba del faraón contenía todo lo necesario para garantizarle la vida en el Más Allá ¿Y los demás?
 

Deja un comentario