Silencio

Estamos inmersos desde hace mucho en un universo de ruidos agobiantes: noticias repetitivas con mensajes discordantes de las autoridades sanitarias sobre el coronavirus, luchas políticas y sociales sin fin, vorágine de compras navideñas, viajes y fiestas como si el mundo se acabara ya, problemas económicos y laborales que lo absorben todo.

Está claro que es la economía la que prima sobre la salud porque se parte de la oscura premisa de que es necesario que la economía suba y suba para poder sobrevivir. Pero eso no es cierto. Podemos hacer las cosas de otro modo si queremos. Podemos priorizar la salud aumentando la plantilla sanitaria y científica, invirtiendo mayoritariamente en gastos sociales que redistribuyan la riqueza y nos hagan la vida más fácil y apetecible. Gastando en la economía sostenible.

No es de extrañar que la salud mental de los ciudadanos esté cada vez más resentida. Muchos ciudadanos han vivido los confinamientos y aun viven las restricciones como un castigo carcelario, sin comprender lo que de verdad significan para nuestras vidas como personas y como sociedad. Al contrario de lo que se podía pensar, con el avance de la pandemia en las sucesivas olas, estas no nos están transformando en mejores personas, sino, en todo caso, en una sociedad más cínica, si cabe, que celebra minúsculos pasos sociales, a costa de dejar para más adelante los vicios de fondo de nuestro sistema económico, que es lo mismo que decir nuestro sistema social global.

El agotamiento es atroz entre tanta negatividad y se hace imprescindible una pausa para respirar. Parar el reloj de este mundo acelerado y estresado al menos por un momento, para poder regresar al silencio y la quietud que nos devuelva la paz y la resiliencia. Más allá de las ideologías políticas, económicas o religiosas, el silencio se encuentra en nosotros mismos. Ese silencio al que tantos temen y del que muchos huyen, quizá porque no quieren escuchar lo que su interior más profundo les dice con total clarividencia. No basta con irse a un espacio natural a buscar la serenidad, puesto que hasta eso hoy se ha convertido en un negocio rentable con los urbanitas que huyen para descansar en el campo, pero llevando los problemas dentro. Se confunde la huida con el silencio. Unos huyen a las fiestas, otros a los viajes, otros a las drogas, otros a aquello que más les puedan atontar y desconectar de su vida diaria cargada de horarios laborales sin fin, problemas familiares, enfermedades imprevistas, injusticias propias o ajenas, descontento por todo. Y ya no digamos si de verdad es una persona pobre, sin recursos, sin nadie, anciana o dependiente, que no cuenta con unas posibles escapadas que le liberen al menos por unos minutos de tanto sufrimiento moral. Pero al volver, todo sigue igual y el estrés se agudiza.

Por suerte, el silencio no es patrimonio de los más favorecidos, porque es una parte esencial de nuestro ser. La persona es individual, pero a la vez es pieza de una sociedad y ha de saber armonizar esas dos partes. La sociedad se comporta muchas veces como una tirana llena de prejuicios y obligaciones que nos esclaviza hasta tal punto que nos hace perder esa otra parte de nuestra identidad que solo nos pertenece a nosotros mismos y que en parte compartimos, si queremos, con quienes más amamos.

El recurso al silencio es tan antiguo como la vida misma. Tenemos conocimiento desde hace miles de años de culturas todavía hoy vigentes que recurren al silencio interior para poder vivir con plenitud. Monjes contemplativos, budistas, comunidades de yoga y otros parecidos, han entrado en nuestra histérica cultura occidental bajo formas dispares tales como artes marciales, yogas varios o mindfulness entre otras. En realidad, da igual la forma o la ética espiritual que la sustente, porque al final se llega al mismo punto: a la soledad interior de cada uno, al vacío, allí donde estás solo tú en silencio y donde ves la realidad de lo que eres y de lo que te rodea.

El principal mensaje es que la solución a los problemas, si los hay, comienza por nosotros mismos, por nuestra actitud y nuestra intencionalidad, por nuestros valores y nuestros sentimientos más profundos, por aquello que nos hace más felices, haciendo que las preguntas sin respuesta no impliquen más angustia sino más atención a lo que observamos, que nos ayuda en cada momento a tomar las decisiones que son mejores para nuestra salud integral. Y todo esto gratis. Sin dar cuentas a nadie. Con tu propia ley. Y cuando estás en lo más profundo de ese ser autónomo y único es cuando con más claridad ves que eres a la vez parte de un todo, de esa comunidad que tanto te carga, si es que no eres capaz de parar de vez en cuando y observarla de lejos, desde tu propio universo elevado en el cielo, desde la perspectiva sin juicios.

El mundo está loco, sí, y nuestro sistema social va a la deriva a escala global. El futuro es incierto y quizá apocalíptico.  Pero siempre seremos responsables de lo que hagamos con nuestras vidas, porque nosotros y solo nosotros somos capaces del cambio. Y eso pasa por el más profundo silencio.

Continuos informes contradictorios causan estrés

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