Serenity


El universo me hace comprender mi pequeñez y la grandeza de ser parte de algo tan hermoso

Por razones de inercia cultural todos los años cuando se acerca la época navideña/fin de año, me pregunto qué será de mi vida en los próximos años y lo que ha sido mi vida en el pasado. Me vienen en el mismo kit recuerdos alegres y tristes, añoranza por los que no están y celebración con los amigos y/o familiares. Una época cargada de emociones que intento aprovechar en mi silencio interior, dentro de un contexto de trabajo, puesto que mi vida laboral no se detiene. En la trastienda de tantas luces, colores, excesos y alegrías más o menos fundamentadas, la mayoría tenemos que seguir bregando por nuestra existencia, en un mar de inmensa desigualdad, bajo un falso cielo de luces led, que siguen enmascarando la pobreza.

Según me he ido haciendo mayor, me he preguntado qué es lo que se celebra cuando acaba el año: ¿vivir un año más, o que nos queda un año menos de vida? La navidad ha dejado de tener un sentido religioso y los buenos deseos es algo que procuro mantener todo el año. Así es que, siendo sincero, trato de seguir las reglas del juego, disfrutando las pequeñas alegrías que estos días nos vienen en forma de regalo o de contacto personal, pero también haciendo un poco de renovación interna de mis valores.


Mi sueño es un universo lleno de amistad y armonía

Nací en una época en la que siempre eras demasiado joven para todo, a pesar de que nuestros padres se habían casado a los 20 y a los 25 ya habían formado una familia numerosa (según las cuentas actuales de natalidad). Con 16 me marché al lugar que creí más altruista hasta que fui consciente de la falsedad de mi concepción teocrática de la vida y, cuando volví a la sociedad normal, me encontré con que era ya mayor, incluso para trabajar. Hoy, que por motivos vergonzosos a los 30 aún se es joven y se vive con los papás, resulta que ya soy viejo. De modo que yo no soy solo lo que soy, sino también lo que soy para los demás, cómo me ven y, a veces, me ceden el asiento. Yo creo que los adultos, a cualquier edad, somos niños evolucionados, que hemos ido aprendiendo de nuestras experiencias, errores y aciertos, así como del bagaje genético y cultural que el entorno nos ofrece: ciencia, tecnología, costumbres, artes, contactos con otros pueblos y otros colectivos. Todo nos ayuda a crecer, incluso el sufrimiento, pero seguimos siendo niños en lo más profundo de nuestro corazón, con su inocencia y bondad, si no nos empeñamos en matarlo a base de egoísmo y mediocridad, que de todo se nos enseña. Pero eso lo hemos aprendido. No somos así.


Captar la belleza de una flor, ¿es la finalidad real de nuestra existencia?

Lo más enriquecedor, han sido las largas horas de meditación y actividad transformadora, junto con mis relaciones sociales y el ejemplo de algunas personas, modelo de entrega, justicia y humanidad, que nos recuerdan quiénes somos de verdad. Es difícil armonizar la silenciosa bondad natural con la ruidosa mediocridad que algunos quieren implantar una y otra vez en nuestro mundo. Los budistas encontraron la solución en el desapego de las cosas y de las personas, incluso de la vida misma. Amar sin pedir nada a cambio, disfrutar de la vida sin apegarse a ella. De este modo se puede recibir más de lo que uno da. Yo lo llamo vivir con serenidad. Vivir según tu conciencia más limpia y dejar que la vida pase, colaborando con ella a que todo sea un poco mejor. Quizá sea esa nuestra razón de ser. Porque cuando llega la vejez no te queda nada más que esa serenidad para vivir, que es lo que necesitamos para morir. El dinero, la moda, las luces se quedan aquí. Pero tú te llevas el amor que has dado y te han devuelto con una mirada. Como una estrella fugaz.

Deja un comentario