Ser de izquierdas hoy

Antaño se les conocía por su ubicación en el Parlamento

Cuando el 15M se despertó una ilusión respecto a la conciencia política de la sociedad y respecto a la superación de antiguas etiquetas tales como izquierda/derecha, para centrarse más en la brecha centro/periferia. Y no les faltaba parte de razón. Porque lo que de verdad indignó a la sociedad era la brecha social cada vez más profunda entre dicho centro respecto a la periferia, sobre todo dentro de un Estado históricamente centralista. Pero esta brecha también tiene otras dimensiones como la norte/sur, la brecha digital entre ciudades y pueblos rurales, y otras tantas brechas según las diferentes discriminaciones prohibidas constitucionalmente pero cada vez más vivas. Y así contamos con brechas entre géneros, razas, culturas, sexualidades, estatus económico, disidencias políticas y otras muchas que siguen a pesar de haberlas creído superadas ilusoriamente en algún tiempo. Brechas entre personas y pueblos, entre naciones y Estados y entre mundos de primera, de segunda o de tercera categoría.

También ocurre con la antigua etiquetación de izquierda/derecha que tiene la tendencia natural a radicalizarse hacia los extremos cuando los principios básicos de ambas hacen agua por todas partes. Actualmente algunos tratan de ocultar la fobia a la palabra izquierda bajo el eufemismo de progresista, que no tiene nada que ver con la esencialidad de la izquierda. Hitler, sin ir más lejos, era progresista, pues llevó hasta el absurdo los conocimientos científicos para depurar la raza y no ahorró esfuerzos en utilizar las últimas tecnologías de la guerra, como nos recuerda Guernica.

A mi modo de ver, la indecisión ideológica que sufre el PSOE en sus militantes está haciendo un daño terrible a nuestras políticas de Estado que, según la definición teórica de los partidos que conforman la coalición de Gobierno y los apoyos parlamentarios que recibe, debería ser claramente de izquierdas. Así es que vamos a perfilar lo que entendemos nosotros por ser de izquierda: Una o varias ideologías, cuya principal preocupación es el bienestar del ser humano y su entorno, de cara a la felicidad y el bienestar común de todos los pertenecientes a nuestra sociedad, sean de origen o por adopción. Sería el humanismo, entendido en su sentido más amplio, frente al capitalismo de ganancia representado por la derecha, excluyente de todos los que no sirvan a este fin. Inclusión vs exclusión, humanidad vs negocio, paz vs guerra de poder, libertad vs esclavitud moral, democracia vs dictadura. Eso es ser de izquierdas claramente en el siglo XXI, utilizando en sus políticas todos los medios a su alcance: tecnologías, respeto al medio ambiente, educación en derechos, interculturalidad constructiva, igualdad de oportunidades. Los franceses lo resumieron muy bien en tres palabras: libertad, igualdad, fraternidad. Y hasta el día de hoy no hay mejor manera de decirlo. Ni que decir tiene que queda excluido todo fanatismo, sea del tipo que sea.

La derecha usa como arma arrojadiza las malas experiencias tenidas bajo las etiquetas de comunismo o socialismo en épocas pasadas y en algunas presentes residuales. Pero olvida intencionadamente toda la experiencia de muerte desde el pasado hasta nuestros días que el capitalismo provoca: paro laboral, discriminación a los grupos vulnerables, xenofobia y muertes de migrantes, apoyo a tiranías declaradas y silencios ante las violaciones de los derechos humanos. Si ponemos en una balanza la infelicidad vertida desde uno y otro lado y la medimos en millones de muertos, no cabe la menor duda de que es el capitalismo el que más personas ha matado, siguiendo hoy con un genocidio a nivel planetario descontrolado. La corrupción de los Estados, incluido el nuestro, y los millones de muertos fronterizos son dos muestras evidentes entre otras muchas.   

Nuestra libertad de expresión llega a las atrocidades que se cometen en otros países como Bielorrusia o Corea del Norte, pero las políticas quedan ahí, mirando a otro lado, por la sencilla razón de que desde nuestro primer mundo también hacemos atrocidades sin nombre, eso sí, más discretamente, si es que eso es posible.

Un Gobierno de izquierdas jamás apoyaría la violación de los derechos humanos, y mucho menos lo haría. Y estas cosas la mayor parte no se hacen de modo activo, sino pasivo, por omisión de respuestas a quienes lo cometen, por omisión de los partidos y personas en nuestros parlamentos. Y eso, ¿saben por qué pasa? Porque todos sabemos que quien se dedica a denunciar estas cosas desde el poder se le elimina, de modo directo o indirecto, dependiendo del nivel de hipocresía nacional del país de turno.

Así es que ser de izquierdas en siglo XXI es tan difícil como lo ha sido siempre en la historia de la humanidad. Hablar de lo nuestro en vez de lo mío es lo que separa a la izquierda de la derecha. Perder votos o cuota de poder en la lucha por la igualdad es lo que lo define y eso no están todos dispuestos a hacerlo. Hoy parece que es la mayoría, porque si fuéramos de verdad un país de izquierdas, no tendríamos los problemas que tenemos y seríamos capaces, por ejemplo, de defender la amnistía antes que el indulto de los innombrables, porque eso sería la voz del parlamento, la voz del pueblo que pide paz y entendimiento. Pero hoy no hay suficientes votos para eso y para otras muchas cosas porque hay votos tránsfugas de los progresistas de boquilla y porque la derecha, como el diablo, sabe halagar nuestros egoísmos, prometiendo limosnas de libertad horaria, frente a quienes buscamos la salud y el beneficio de TODOS.

Hace falta mucho coraje para ser de izquierdas en este mundo de progresistas pijos, que no hacen sino manchar la memoria de los que un día lo fueron y murieron en el intento.

Hoy se les distingue por sus políticas parlamentarias

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