Sencillez plena rural

Hace unos años conocí a Lucía Terol, autora de Esencia minimalista y si mal no recuerdo lanzó una encuesta para elegir –entre varias opciones disponibles– no sé si el nombre del libro o de la web. El caso que ésta última se llama sencillezplena.com y me encanta. Sencillez y plenitud, qué buena mezcla. En el minimalismo, menos es más (aunque al principio no lo entendía).

Hay personas que asocian minimalista a esa estética de líneas sobrias, materiales cuidados, todo pulcro y megaordenado. A mí antes me parecía que minimalismo tenía que ver simplificar y contentarse con lo mínimo necesario, para vivir más tranquilo/a y feliz. Y bueno, ahora tampoco lo veo ya así solamente Había una parte que me atraía (porque me considero bastante austera, apenas tengo posesiones materiales) pero la otra en la que fui entrando supone un gran reto: establecer qué es lo prioritario en la vida y dónde hacer ‘recortes’, qué aporta mucho (tenga valor económico cuantificable o no) y de qué se puede prescindir sin tanto esfuerzo (aunque sean gestos o gastos pequeños, que van sumando tiempo o dinero).

Digamos que gracias a este enfoque empecé a “destilar” experiencias, a cribar relaciones y a renunciar a ciertas creencias (otras me sigue costando de soltar, no sé si algún día caerán). Entre ellas, la que en mi mente ponía un tachón en la palabra AUTÓNOMA (¿¿estás loca??). Decidí tomármelo menos a la tremenda –con un negocio que requiriese poca inversión– probar al menos un año, y en ello estoy. Novedades de 2020…

Algo que también me animó fue la metodología Dragon Dreaming, de la que mi pareja es fan (lleva tiempo empleándose, en gestión de proyectos) y me contagió. El poder vivirlo en acción, me rompió más patrones: el enfoque del “triple win” (individuo, grupo, planeta), el énfasis en el proceso, apostar por cubrir necesidades auténticas y devolver al entorno siempre más de lo que tomas. Ah y como “guinda” y clave de la sostenibilidad: ¡hacerlo divertido! :p

Una amiga tiene en su estado whatsapp el “piensa en global, actúa en local” y a mi me encanta –aunque menos condensada, no tan lema– la versión: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Acciones concretas individuales, mínimas pero que están en mi mano, pueden ser, por ejemplo: usar menos plástico, cambiar de compañía eléctrica, dejar de comprar a Amazon, o colaborar unas horas a la semana como voluntaria en un proyecto. Aunque no se trata sólo de lo que yo puedo o decido hacer sino que juntos/as (como propone Dragon Dreaming, recuperar la inteligencia colectiva) crecemos, nos aportamos, necesitamos cooperar para evolucionar, y más en tiempos revueltos.

Supongo que en esos inicios del minimalismo en el fondo me chirriaba cierta corriente en que lo asociaba al individualismo extremo y hasta diría superficial (el rollo Marie Kondo de “la felicidad a través del orden” y eso que me sirvió, empezar el proceso a su manera). Lo curioso es que cuanto más me voy centrando en lo que considero esencial (mis necesidades auténticas), más comprendo la importancia de defender la ética de mínimos de la que hablaba Adela Cortina (que tiene que ver con cuestiones de justicia, moralmente exigibles, DDHH, etc.) frente a la ética de máximos (invitación a la felicidad y a reflexionar sobre el sentido de la vida y la muerte, etc.).

De modo que explorando esos máximos de felicidad o vida plena (para mí, individual) es donde voy encontrando sentido y fuerza para apostar por el cambio que quiero ver en el mundo, y que incluye aquellos mínimos exigibles. En mi proyecto de vida personal (ideal, máximos) contemplo como prioritario: sentirme parte de una comunidad, de la que nutrirme y también poder aportar; vivir cerca de otras personas y seres vivos (plantas, animales), respirando aire de calidad, con los servicios imprescindibles (sanidad, educación, transporte, comercio, conexión a internet) y sobre todo, un ritmo más orgánico, pausado y saludable.

Estoy deseando ver el documental de Alberto Martínez sobre la “España vaciada” (teaser). Hace un tiempo me tocó la fibra el de Tierra de esperanzas, que cuenta la historia de las familias –entre ellas, mis abuelos maternos– que en los años 60 abandonaron sus hogares para poblar alguno de los 350 pueblos construidos por el Instituto Nacional de Colonización. En la actualidad y con motivo de la pandemia, tras el confinamiento y tantos ERTES, cambios de vida y posibilidad de teletrabajar, creo que se ha habierto una nueva oportunidad frente a la despoblación.

Comentábamos hace poco en otro post cómo el teletrabajo puede ser una buena oportunidad para volver a llenar esa España vaciada En algunos pueblos de Castilla y León han creado espacios de coworking gratuito en instalaciones municipales a los que acuden “no solo lugareños que necesitan conectividad para sus negocios, sino también las personas que se han trasladado desde Madrid y Salamanca y precisan banda ancha para trabajar desde estas localidades a las que no ha llegado el virus. Se ofrece igualmente para aquellos que buscan lanzarse a emprender nuevos negocios, fomentar la innovación o recibir formación online” (El País, 9.11.20).

Además hay pueblos como últimamente Almedíjar o anteriormente Olba, que han logrado favorecer que acuda gente joven, nuevas familias pobladoras con niños, gracias a apostar por proyectos educativos innovadores (el caso de Delfina Ruiz en Olba, fue bastante pionera). En los coles pequeños, las ratios son más bajas y el hecho de convivir diferentes edades en una misma aula aporta riqueza y diversidad, dentro de esa calidad que permite la atención más personalizada (p.ej. en Vistabella, 10 niñas y 6 niños en todo el colegio).

Lo que falta es “pasar de las palabras a los hechos”, según Tomás Guitarte, diputado de Teruel Existe. Comenta que la partida específica (19 millones de euros) que el borrador de cuentas destina a la transición demográfica es “ridícula”, y su discurso es tranquilo pero contundente, por lo desesperante de la falta de servicios: “No podemos demorarnos más años analizando y evaluando; todo está analizado y evaluado, pero la vida sigue y se sigue sin actuar” (El País, 11.10.20)

Ojalá podamos ir pasando por fin de “España vaciada” a “España llena”: de nuevas esperanzas, de espacios y recursos accesibles, decalidad de vida, sencilla y –por qué no– PLENA.

[Editado 20.11.20] Añado tres casos de mujeres «neorrurales»:

1 comentario en «Sencillez plena rural»

  1. Gracias por hablar desde la experiencia. Hace falta cambiar el chip para recomenzar una vida más plena. Ojalá estos meses de replanteamientos continuos nos dejen el legado de una sociedad mejorada y más humana. Lo veremos.

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