Salud mental y desvergüenza política

Muchas voces alertan sobre la necesidad de atender a la salud mental en esta pandemia y no les falta razón, porque la inseguridad es lo que más nos desestabiliza. No estamos seguros de que nos podamos salvar de la infección, de las consecuencias económicas que nos sobrevendrán, si no nos han sobrevenido ya, y no tenemos claro cuál va a ser nuestro futuro personal y colectivo. Por si fuera poco, la comunidad científica tampoco ha sido muy clara, porque ha ido aprendiendo sobre la marcha y la posible vacuna para todos aún está muy lejos de alcanzar. Además, nuestro sistema sanitario se ha visto desbordado y a muy duras penas y con muchos fallos atiende a las personas infectadas, abandonando a su suerte al resto de pacientes crónicos o esporádicos, que se han visto diezmados tanto o más que por el virus.

El desastre económico que supone para nuestro sistema basado en la producción y el consumo ilimitado, por encima de nuestras propias posibilidades como personas y como habitantes del planeta, ha provocado una guerra silenciosa entre lo que dictan los principios de prevención de nuestra salud y la producción, que exige que se trabaje, que se viaje, que se abran los bares, que sigan las fiestas multitudinarias, etc.

Cada día oímos cifras de muertos y contagiados a lo que ya estamos acostumbrados y ya no siquiera pensamos en ello. Pero, aunque esto ocurre en la superficie de nuestro cerebro, todos sabemos lo que pasa con esa lluvia de noticias que nos bombardea constantemente: llega a los más profundo del inconsciente y nos deja una clara sensación de inseguridad, desamparo, vacío y sin sentido del día a día. Hay quienes toman la solución del avestruz y comenten verdaderas irresponsabilidades, hay quienes aparentan llevarlo bien, pero lo llevan dentro como un virus mortal que puede conducirles a la depresión o al suicidio, y hay quienes se agotan en su trabajo sanitario o no, como un medio de olvidar los propios miedos. Sea como sea, todos estamos agotados psicológicamente y no nos acabamos de creer que es real lo que quisiéramos que fuese una pesadilla que desapareciera al despertar.

Pero todavía hay un elemento que, a nuestro modo de ver, aún es más dañino que todo lo anterior. En nuestras sociedades modernas, nos hemos construido un modo de estar seguros confiando nuestro bienestar al Estado y dándoles democráticamente todos los poderes para que actúen en consecuencia. Y ¿qué es lo que nos hemos encontrado?: que ese Estado no nos ha sabido responder adecuadamente. Y no tanto porque no lo haya querido hacer, sino porque al enfrentarse a un enemigo nuevo, no estaba preparado para ello, puesto que se ha demostrado que la sanidad española, presentada como la mejor del mundo occidental, resulta que no estaba preparada ni con mucho para una epidemia de este tipo, ni nuestra economía, basada en gran parte en la hostelería y el comercio internacional dentro de un mercado globalizado y que, tras los recortes de la anterior crisis, no puede hacer frente a un paro forzoso de casi todos los frentes. Aunque ya se declaró tarde el Estado de alarma, si lo comparamos con los países del Este, es verdad que el primer paso fue muy convincente. Todo se detuvo, salvo lo esencial para subsistir, y el gran vacío de la falta de profesionales que pudieran atender a todos los infectados y a todos los pacientes de otras enfermedades.

A la semana de este primer estado de alarma, apareció ya la mano negra que nos ha acabado de hundir: la partitocracia española que ha corrompido el sentido democrático de Estado y de las Autonomías, convirtiéndolo en una guerra sin cuartel de la derecha contra el Gobierno de coalición que ha minado las fuerzas necesarias para hacer frente a nuestra difícil situación. Acusan al Gobierno de centralista y cada uno quiere hacer en su Comunidad lo que le parece mejor, según el color político de cada gobierno autonómico. Y una vez caídos en esa lucha infernal todo se ha convertido en una bola de fuego creciente, que ha culminado en el caos de Madrid, en espera de lo que no se sabe qué pasará mañana.

La desvergüenza de la ultraderecha española ha superado en fanatismo al mismísimo independentismo catalán tan denostado por ellos y no les han dolido prendas en desobedecer, calumniar, mentir, trampear con los datos de la situación sanitaria y de todo lo que les ha venido al paso. Han mezclado en su guerra a jueces y fiscales, que han caído en la desvergüenza de perder su independencia y obedecer a sus propios intereses de partido. El Gobierno manda una cosa, la Comunidad desobedece, el juez le da la razón al gobierno, o al revés o todo junto a la vez. El poder judicial se ha desprestigiado, y la política de la oposición nos han sumido en una inseguridad todavía más virulenta por innecesaria. Al Gobierno le han faltado agallas para hacerles callar con un estado de alarma indefinido, o al menos haberlo prolongado hasta final de año como han hecho en Italia. Y se hubiera zanjado el problema del virus, aunque se hubiese multiplicado por 1000 la guerra de secesión de la derecha. Son imposibles de aguantar, como han demostrado cada vez que están en la oposición: su estrategia es agotar al gobierno, que acaba exhausto, sufriendo ataques y sacando las leyes sociales que puede en medio de la vorágine.

La izquierda no lo hace todo bien, ni el gobierno de coalición y sus débiles apoyos de investidura tampoco. Pero está claro quién es el villano aquí: Casado y sus satélites. Y eso ha traído más inseguridad a nuestros pobres cerebros que tienen que sufrir día a día el machaque mediático. Y la pena es que nos lo dan todo cocinado, cuando lo que interesa de verdad es ver en directo los debates parlamentarios. Ahí se ve lo que hay y a nadie pueden engañar más. Por eso a muchos medios no les interesa más que dar trozos escogidos de los debates, intercalando sus comentarios, cada vez más fascistas en general, salvo muy contadas ocasiones.
Y, por cierto, ¿para qué sirve el rey? Ni se le ve ni se le espera. Sus visitas no sirven de nada, su estar ahí como un jarrón no arregla la falta de profesionales, ni las injusticias sociales, ni la desobediencia institucional de los partidos de la derecha. El Gobierno tenía que haber aplicado también el 155 al menos a Madrid, como ejemplo para las demás autonomías. Ayuso se cree el centro del mundo, pero todo se queda en un montón de banderas sin contenido. Es cierto que no se puede generalizar, pues no todos somos iguales, pero, insistimos, está claro donde está el villano, y nuestro Robin Hood, el Gobierno de coalición, tendrá que tener menos miedo a emplear las flechas que tiene en su poder: las flechas democráticas y no las del yugo franquista de Casado.

¿Cómo no volverse locos? ¿quién quiere vivir en una España así? ¿Qué esperanza tienen nuestros ancianos? ¿Qué futuro les espera a los jóvenes? Y ya no me refiero a lo económico, sino a lo moral, a lo ético. ¿Si no vemos sentido de Estado en nuestra política que no nos saca de este atolladero, en quién vamos a confiar?

La situación ya es hoy insostenible. Algún día la memoria histórica, esa que tanto odian los de la derecha, también les pedirá responsabilidad por su conducta de estos tiempos extraordinarios de pandemia, por el sufrimiento inútil que nos han dado, porque no les hemos importado lo más mínimo y porque nos han condenado ha vivir en la inseguridad de no saber si mañana vamos a poder vivir con lo necesario. Les acuso de deshonestidad e incapacidad para la política democrática y de intentar acabar con la estabilidad en nuestro país. Que su verdad les caiga a ellos como una maldición.

La inseguridad ante el peligro ataca silenciosamente nuestra salud

En el parlamento, alto y claro.

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