PP vs UP

¿Cuál de los dos es el enemigo del pueblo?

El PP al fin ha conseguido un argumento para negarse a cualquier apoyo al Gobierno, aunque se trate de cumplir con una obligación constitucional como es la renovación del CGPJ: que no pacta nada en lo que intervenga UP y, más concretamente, Pablo Iglesias. Así es que, en realidad, el enfrentamiento actual de las dos Españas se centra en que el diputado Casado no quiere saber nada del diputado Iglesias por comunista, independentista y terrorista. De una sola tacada acaba con los tres problemas fetiche de la derecha española que enarbola constantemente para tapar su corrupción que ha comenzado a ventilarse a los cuatro vientos.

El viejo truco de personalizar cuestiones de fondo ya no cuela a estas alturas y después de tantos años conociéndonos. Porque el enfrentamiento no es entre dos personas, sino entre dos partidos que, además, representan unas ideologías totalmente opuestas condenadas a convivir en una sociedad democrática. De este modo apuntan desde el PP que algunas personas se han aprovechado de sus siglas para enriquecerse y los demás (incluidos los mandos actuales) pasaban por allí sin saber nada.

Siguen apelando a un problema superado por la democracia como es el terrorismo, a una cuestión política en profunda revisión como el independentismo, y a una ideología comunista, que eso sí, sigue existiendo, pero casi ahogada por la presión capitalista mundial. Las circunstancias, además, hacen que en estos precisos momentos se plantee con fuerza otro problema silenciado durante toda la transición, que es la misma legitimidad de nuestra jefatura del Estado.

Ante todas estas cuestiones la amplia derecha tricéfala presidida por Casado no tiene otro argumento que la culpa la tiene Iglesias. Ellos no hablan con quien piense de otra manera por mucho que represente a un sector de ciudadanos que lo han elegido diputado. Aquí no hay más democracia que la suya. No reparan en atacar desde todos los ángulos y por todos los medios. Han buscado desprestigiar con todos sus fuerzas sin logarlo a Iglesias como cabeza de UP, con el fin último de atacar al Gobierno legítimo de España.

Lo bueno de la derecha es que está dividida. No se pueden ver entre ellos. Y su sueño acariciado desde hace décadas es llegar a un entente pseudodemocrático entre PP y PSOE. El PSOE ha bailado con todos en los últimos años y hay que reconocer su labilidad estructural e ideológica. Aunque en sus orígenes el socialismo contemporáneo es esencialmente marxista, internacional y republicano, ha ido paulatinamente obviando sus enseñas para centrarse en una socialdemocracia tan abierta que sus mismos principios sociales, que no socialistas ya perdidos, corren serio peligro de disolverse en un buenismo dialogante que da lugar a que el capitalismo vestido de oveja bajo el eufemismo de neoliberalismo, se envalentone y se atreva a atacar descaradamente a quien se atreva a pensar lo contrario.

Además, en nuestro país, ese capitalismo se adoba con una mezcla irracional de fascismo nacionalista con tintes monárquicos y católicos, heredados de nuestra reciente dictadura, en la que algunos han quedado atrapados, haciendo más difícil todavía un cambio democrático profundo y estructural de la corrupción en la que nos hemos visto, ahora sí, todos concernidos.

Así es que Iglesias representa el enfrentamiento de la base popular al poder establecido que, por primera vez se ve representado claramente en un Gobierno social y democrático de derecho, que es exactamente lo que no soporta la derecha. No se trata de acabar con Iglesias. En el fondo se trata de acabar con todo lo que representa la democracia social, pues eso incluye libertad, igualdad y fraternidad, excluyendo por esencia la corrupción, que es en definitiva lo que trata de tapar.

Así es que desde aquí queremos felicitar al Gobierno por intentar recuperar su esencia social y por defenderse con uñas y dientes. Y pedimos al resto de partidos de izquierda (entre los que incluimos expresamente a ERC y CUP más allá de sus límites territoriales como hacen Bildu, BNG o Compromís) que se unan a la negociación parlamentaria, porque, no se equivoquen, la cosa no va de terrorismo o nacionalismo, la cosa va de igualdad social frente a capitalismo, que hay que solucionar antes que cualquier otra cuestión. Eso es lo que ellos no quieren y por eso nos atacan y ridiculizan, como defensores de una utopía desfasada, sin darse cuenta de que es precisamente en el pasado donde ellos viven.  

Vivir en el presente

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