Póntela, pónsela

En ciudad es misión imposible estar todos a metro y medio

Tras año y medio de pandemia, ya estamos acostumbrados a la multiplicidad de normas que cambian por días, comunidades, barrios, horas, interiores, exteriores, comercios, lugares sanitarios, y un sinfín de cosas más.

A estas alturas de la película cada uno ya se ha hecho más o menos una composición de lugar y opta por su propia ley, decidiendo cuándo es un lugar de mayor o menor riesgo porque las normativas cada vez son menos claras y dejan a la discrecionalidad individual lo que se tiene que hacer en cada momento. Claro, que hay que sabérselo todo de memoria, no sea que te caiga un puro con multa que, por cierto, no se sabe si luego se cobran, porque sobre eso el silencio es quasi absoluto, lo que da muy mala espina.

La última ha sido celebrar a bombo y platillo el fin de las mascarillas para animar al cotarro, pero con una cantidad de letra pequeña que es mayor que el texto. Se quita la mascarilla a condición de que sea en exteriores, a excepción de: transportes públicos, siempre que no se pueda guardar metro y medio de distancia con las otras personas no convivientes y otros lugares expresamente prohibidos, como pueden ser playas a ciertas horas en ciertas comunidades.

Yo hace tiempo que no me llevo a la calle la cinta métrica al darme cuenta de que es literalmente imposible que por la calle se pueda andar a tales distancias, a no ser que se esté en plena montaña o en un pueblo de menos de 100 habitantes a la hora de la siesta.

En resumidas, la apertura de manga ha sido un engañabobos, como dicen en mi pueblo, sobre todo si viven en una ciudad relativamente grande y has de desplazarte en transporte público, entrar en tiendas, subir a casas particulares (como es mi caso), esperar al autobús, entrar en una estación, o pasear por el mercadillo. Habría que estar, literalmente, todo el rato poniéndosela y quitándosela.

Así es que yo, que soy de los que se pasan de prudentes, voy a optar de momento por no quitármela, porque no solo es que entro en sitios cerrados, sino que a quienes me encuentro en sus casas me los encuentro a todos sin mascarilla, lo cual indica que ELLOS me pueden infectar a mí, pero no yo a ellos, según la mascarilla que lleve. Si es la azul, estás perdido. Por cierto, que no se habla mucho de los contagios en los propios hogares. Porque los convivientes se suelen pasar el día con otros no convivientes en diferentes ámbitos y al volver a casa cada uno lleva la carga vírica que le ha tocado en suerte pringarse.

Junto a la infeliz medida, resulta que nos comunican que suben los contagios por la variante india, la delta, la delta plus y la delta prime, además de la británica, ahora mismo la dominante y que sin embargo no vienen sus creadores a España porque somos peligrosos. Eso es que no han probado la variante madrileña, que está al caer y estoy seguro que dará cien vueltas a todas las demás. Y por si fuera poco nos informan el mismo día que un miserable viaje fin de curso tiene en vilo a media España con no sé cuantos contagiados y tropecientos contactos. Cualquier fallito nos descontrola el rebaño.

O sea que, los que de siempre han pasado de las normas, se la van a seguir quitando en los sitios permitidos y no permitidos, las fiestas piloto que se van multiplicando juegan con fuego y luego no nos informan de los contagios que ha habido. Y así vamos renqueando, con menos muertos porque ya casi no nos quedan viejos y a los jóvenes les da igual porque les dicen que no es grave la cosa para ellos. Así es que Vds. dirán cómo se come tanta contradicción. La responsabilidad española de la que los políticos hacen gala, lo hacen para que la economía marche a bajo gas. Porque de responsabilidad poca y de economía menos. Ya nos vendrán las rebajas, las de verdad.

Cada uno en sus circunstancias que decida. Pero que piense por sí y por los demás. Y que las vacunas hacen efecto, pero hay que estar vacunados TODOS. Que piensen también que cuatro copas y un meneo de cuerpo también se pueden hacer con mascarillas y sin necesidad de estar entre miles de energúmenos gritando. Eso sí, se la pueden quitar para consumir sus copas y a sus novi@s. Que son cuatro días.

La maravillosa sonrisa que nos oculta la mascarilla

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