Pobreza

No me ignores

Este cartel fue el retrato de una obra efímera de Kevin Lee, artista californiano de origen chino para UNICEF durante los juegos olímpicos de Beijing. Le acompañaba un cartel que ponía no me ignores.

Son muchas las veces que los medios nos han transmitido algunos testimonios de gente pidiendo limosna en la calle, que nos dicen que lo que más les duele es que los que pasan por delante de ellos no los miran o escuchan. Les ignoran totalmente.

Eso es cierto solo en parte. Porque yo creo que muchos, entre los que me incluyo, sufrimos una profunda vergüenza por tener que ver a estas personas en nuestras sociedades ricas en una situación a la que cualquiera puede llegar. Y sobre la vergüenza, llega la impotencia y la tristeza interior de experimentar que vivimos en una sociedad cruel e injusta, basada solo en la bondad del dinero.  Si no lo tienes no eres nadie.

Hace años que no suelo tomar nada en alguna de las terrazas de los bares, porque casi siempre varias personas vienen a pedirte dinero. Hace poco, por aquello de la pandemia, estuve con una amiga en una terraza y en el rato que estuvimos vinieron cuatro mendigos: uno por hambre, que tras su insistencia le di el poco dinero suelto que llevaba, luego un joven con una bolsa que vendía algo y le dijimos que no, y por últimos dos personas distintas vendiendo rosas a las que también rechazamos. Y ya no digo en los supermercados, o en las entradas de cines.

El tema de la pobreza, sobre todo de los sin techo es algo que me resulta imposible de asumir, aunque, como todos, trato de ignorarlo y muy de vez en cuando doy algo de dinero, a sabiendas de que eso no soluciona nada, aunque les diese todo lo que tengo.

En el siglo XVI Giginta fundó las llamadas casas de Misericordia, cuya intención era recoger a este tipo de personas y tratar de estudiar cada caso, dándoles formación y los medios necesarios para trabajar y poder reinsertarse en sociedad. Vivían en estas mismas casas y su ingreso era voluntario (bajo amenaza de destierro). Esto se hizo en varias ciudades españolas, de las que al menos en la ciudad de Valencia se conserva el edificio convertido hoy en un centro de estudios profesionales o de tipo social, como una sede regional de la UNED. Este entramado iba a cargo de los Gobiernos y pagado con los impuestos ciudadanos. Pero el sistema no se pudo mantener por su elevado coste económico, que, tanto entonces como ahora, la sociedad no estaba dispuesta a pagar. Este fue el único intento serio, que yo sepa, de terminar con la pobreza callejera.

Yo sigo pensando que esa solución sería la que debería aplicarse hoy. El Estado debería preocuparse de cada persona que está mendigando, analizar su caso y dar la solución personalizada para que salieran de su exclusión social y se reintegren a su mundo concreto. Problemas familiares, adicciones, falta de trabajo, etc. todas las causas que llevan a muchas personas a dar ese salto terrible.

No podemos aceptar que en nuestras sociedades haya gente desamparada, aunque haya casos de personas sin escrúpulos que juegan con nuestros sentimientos. Para esto están las fuerzas de seguridad del Estado y el Trabajo social que debería tratar de solucionar todos estos problemas, con unos presupuestos suficientes.

Esto no es el cuento de caperucita, sino el simple desarrollo de lo que se llama un Estado social al que todos tenemos derecho por Constitución y por Derechos Humanos.

Es verdad que hemos tenido que endurecer nuestros corazones para poder sobrevivir a tanta miseria frente a tanta prepotencia capitalista. Ya vemos que por 15 euros de subida al salario mínimo, por subir algo los impuestos a los ricos y por otras pequeñas medidas sociales hay quienes se levantan con furia por atentar contra la propiedad privada. Y volvemos a las mismas: la propiedad privada no es que lo mío es mío, sino que lo nuestro es nuestro. Y la riqueza es de todos, aunque unos hayan trabajado más que otros. Habría que saber por qué. Y a los vagos y maleantes, como se decía antaño, ponerlos en vereda si es que quieren vivir en una sociedad civilizada. El Estado tiene medios suficientes para ello. Porque uno no es vago y maleante por el mismo hecho de ser pobre. La inmensa mayoría de quienes sufren la pobreza no tienen la culpa de ello, sino el sistema que no les ampara. Aunque, como ya denunciamos desde estas mismas páginas, hay algunos que, en el colmo del cinismo, dicen que quienes piden limosna deberían pagar un impuesto (¿de qué fondos?).

Uno está ya cansado de repetir siempre lo mismo. De predicar en el desierto. Pero es la verdad. Es posible que algunos escojan la violencia para solucionarlo, pero, si es así, habrá que hacer una autocrítica social y preguntar por qué se ha llegado a ese extremo. Y sobre todo poner remedio. Las personas individuales no podemos dar soluciones prácticas, pero nuestros representantes políticos y los poderes del Estado sí.

Un pobre no es un maleante por ser pobre. Si alguno llega a serlo es porque, ante la desesperación de verse abandonado y no poder tener una vida digna, no encuentra otra salida. O el suicidio. Lo más silencioso. Lo más cómodo para el Estado. De verdad que no sé cómo pueden dormir tranquilos quienes desde sus despachos manejan nuestra vidas, sin incluirnos a todos. También harán la vista gorda, pero ellos no tienen derecho, porque tienen poder para hacerlo, un poder que les ha dado el pueblo y que yo no tengo.

Y hay quienes juegan con ese poder para su beneficio propio. Esos son los verdaderos maleantes de nuestro siglo y no los pobres desgraciados que vagan por las calles buscando dinero para vivir. Ya no queda compasión y eso es la muerte social. Si un padre no se compadeciese de su hijo hambriento, este moriría y la sociedad le llamaría asesino. Pues lo mismo se aplica a quienes no atienden a tantas personas abandonadas, que también mueren de abandono por el Estado. La exclusión es la peor muerte en la mejor de las sociedades, porque es ignorar todo aquello por lo que la humanidad está luchando durante siglos: convivencia pacífica e igualitaria, cosa que no conseguimos por la avaricia y la maldad de algunos, que, esos sí, deberían ser desterrados o al menos, recluidos en un centro de reeducación, como en las antiguas casas de Misericordia.  

Casa de la Misericordia en Valencia

Deja un comentario