Pero, ¿quién nos gobierna?

La entrevista del pasado domingo en Salvados a nuestro vicepresidente de Gobierno, ha revuelto, como cada vez que habla, a todo el gallinero fascista de nuestro país. Los medios se han centrado en lo que a ellos parece interesarles, el asunto catalán, obviando lo que a mí me pareció más interesante de la entrevista, que, por otro lado, conociendo su pensamiento, no dijo nada que no hubiera dicho antes. Para mí el centro de la cuestión, quizá no pretendido por el entrevistador, era la pregunta de si el Gobierno (o sea, sus ministros) se ve sometido a presiones y, en ese caso, si había sucumbido a estas.

La respuesta afirmativa a las dos cuestiones asombra por el hecho de que alguien con el peso de la vicepresidencia lo reconociera abiertamente, con esa transparencia de la que algunos presumen dentro de la más oscura opacidad. Hay quienes dicen con ironía que no es lo mismo estar en el Gobierno que en la oposición, dando por sentado que, o bien no se pueden cumplir las promesas porque otras fuerzas lo impiden, o bien que el que lo promete miente. En todo caso la cuestión no ha parecido tener importancia mediática, cosa que tampoco sorprende.

Naturalmente el gallinero fascista se queda en la mentira del que lo afirma en público, cuando todos sabemos que lo que dice es verdad. Que un Estado ya no es gobernado solo por los políticos que lo componen, sino por una serie de intereses externos que son los que tienen el poder económico y mediático tanto nacional como internacionalmente. Si, por poner un ejemplo, uno nacionalizara la producción de energía eléctrica para mantener a raya los abusos de las empresas privadas, ya no habría posibilidad de que algunos ministros retirados pasaran a ser directivos numerarios con salarios de ensueño en alguna de esas empresas. O si, por ejemplo, rompiera las relaciones diplomáticas y comerciales con un país como Arabia Saudí o China, cuyo respeto a los derechos humanos brillan por su ausencia, pero ambos brillan por su oro (amarillo o negro), las represalias económicas sufridas por nuestro país serían presuntamente catastróficas.

Todos estos trapicheos se dan por descontado e inevitables. Pero cuando los representantes de un Gobierno democrático se salen de sus directrices constitucionales, moviéndose por intereses que nada tienen que ver con el bien social, sino con un necesario (¿?) encaje internacional o enriquecimiento personal, su labor pasa de ser representativa a corrupta automáticamente. Y la pregunta es, ¿hay algún Gobierno que escape a este sino? La respuesta parece evidente que es negativa y sabemos por experiencia que las voces discordantes son acalladas de un modo cruento o incruento, pero efectivo.

Pero los Estados y sus instituciones no son entes abstractos, sino que están formados por personas. Y buena gente hay en todas partes por lo que siempre hay motivo para la esperanza. Ayer mismo con el nuevo presidente USA parece terminar una pesadilla de la locura que tenía en jaque al mundo entero. Pero ha terminado sin que nadie lo haya echado. Ha terminado porque le tocaba.  Como Franco, por poner otro ejemplo. Nadie les tiró de su trono.

Creo que junto a la corrupción generalizada de la práctica política ha arraigado la pérdida del sentido de los Estados sociales, haciendo que nos conformemos con falsas apariencias que permiten sobrevivir a demasiados como para que haya verdaderos cambios profundos en nuestra sociedad dormida. La casi inexistente separación de poderes del Estado es, sin duda, el síntoma más claro y doloroso de que la democracia está quedando vaciada de contenido, del mismo modo que la España rural ha quedado durante decenios olvidada en la indiferencia o el conformismo.

El desgobierno autonómico que nos ha destapado la pandemia en donde la cogobernanza ha sido un caos de enfrentamientos entre sí y el Gobierno central, ha desprestigiado un valor que nuestra democracia tuvo tras una dictadura que asfixió la riqueza transcultural de nuestro pueblo: ha sido el último sueño roto que el enfrentamiento bipartidista español nos ha dejado como su peor fruto: la desunión. Porque, cada uno en su escala, internacional, nacional, autonómica o local, ha olvidado por qué se gobierna, para quién y sobre todo quién es el que manda de verdad. 

Y esa creo que es la primera cuestión que debemos responder: ¿quién gobierna de verdad nuestras vidas? Y a continuación viene la segunda pregunta consecuente: ¿quién queremos que las gobierne? Si a la primera respondemos que es el poder económico el que pasa por encima de nuestras vidas arrasándolo todo y no queremos que siga haciéndolo, hemos de pensar a quién queremos de verdad al frente de nuestros Estados. Es difícil encontrar personas honestas que no se dejen dominar por el poder. Pero hemos inventado mecanismos de control que lo pueden permitir. El problema es enfrentarse al controlador real que nos maneja a un antojo no deseado y, desde luego, fuera del espíritu de un Estado social. Reyes, presidentes, parlamentarios, alcaldes, etc., los representantes del pueblo, han acabado aceptando representar otra cosa y a dejarnos a los demás en la más absoluta indefensión.

El sueño de las democracias ejemplares está durando demasiado y hay que despertar a la realidad, si es que de verdad queremos ser una sociedad civilizada y, por tanto, igualitaria y justa.

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