Percebes

Estos bichos no merecen que nadie muera por ellos

Entre las muchas tradiciones navideñas, está la cantinela machacona de los medios sobre la subida de los precios de la comida y, en especial, de algunos productos. Hay que ser sádicos para recordarnos todos los días lo que ya sabemos de sobra: que nuestro sistema favorece el baile de precios durante todo el año y en especial en Navidad en donde la comida y la bebida superabundante es una de sus nefastas tradiciones. Todo sea por el consumo. Los más pudientes los compran frescos, los menos, los compran pronto y los congelan y algunos no los compramos por que no podemos y además porque nos da verdadero asco el asunto.

Los percebes en cuestión son unos bichos que representan por sí mismos toda la irracionalidad de la Navidad que obliga a unas gentes a arriesgar el pellejo literalmente para arrancarlos de las rocas, para que unos ricachones puedan comérselos entre un montón de otras sandeces culinarias que la gente llama manjares y cuyo listado sabemos.  

Mientras millones de personas mueren por hambre o la sufren cada día, algunos se quejan de que sea cara esa cosa que se cepillan como si nada. Y junto a eso, en nuestras calles hay gentes que se conforman con una manta y un bocadillo de mortadela que la sociedad les regala para acallar su entumecida conciencia, si es que aún queda algo de humanidad y dignidad. La Navidad que comienza dos meses antes y acaba dos meses después como mínimo con una vorágine de consumo es el ejemplo más evidente de una sociedad totalmente desequilibrada y desigual, donde los cerdos se comen cerditos y los pobres se comen lo que pillan o les dan como acto supremo de caridad.

La grandes cenas y comidas desaconsejadas por sanidad por la COVID, se lo saltan a la torera todos los que pueden, comenzando por los sanitarios que parece que ya lo hacen adrede para poder descansar en cuarentena, algunos (que no todos) hartos de tanto trabajar.

Libertad para comer a lo bestia, libertad para hacer fiestas sin fin, libertad para contagiarse, contagiar y para demostrar al mundo entero nuestra insolidaridad y egoísmo consumista, que más allá de la comida básica, se extiende a toda clase de cosas innecesarias y lujosas que nos compramos para tener el espíritu navideño a tuti plen. Eso no es Navidad ni es nada. Eso es un mal ejemplo para los niños que a su vez lo enseñarán a sus hijos si esta sociedad sigue defendiendo el poder del dinero como único modo de ser feliz, pero a costa los unos de los otros.

Cuando protestemos, pensemos por qué lo hacemos, a quién nos dirigimos y qué es lo que queremos. Si lo que queremos es que todo el mundo pueda comer y trabajar dignamente en sus casas y que los Estados controlen la igualdad de derechos y el reparto de la riqueza es que vamos bien. Pero, ¿quién piensa eso en Navidad? ¿A dónde acudir a quejarse si desde el mismo Parlamento se mantienen las leyes que permiten tan atroces diferencias, insultándose por 15 euros, cuando cobran mucho más que la mayoría de ciudadanos?

Es fácil acusar a los tiranos concretos como Kim Jong Un. Pero, ¿quién se atreve a acusar a todo un sistema que, entre otras cosas, permite que existan tales dictadores y horrores? Cada uno de nosotros forma parte de este sistema y tenemos una parte de responsabilidad. Que cada uno cargue con lo suyo, a ver si es posible acabar con este manicomio global.

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