Paranoias

¿Conspiranoico, paranoico o las dos cosas a la vez?

Según Oxford Languages, podemos definir la paranoia en nuestro lenguaje común como una enfermedad mental que se caracteriza por la aparición de ideas fijas, obsesivas y absurdas, basadas en hechos falsos o infundados, junto a una personalidad bien conservada, sin pérdida de la conciencia ni alucinaciones. Aunque desde hace tiempo se usa vulgarmente la palabra y se habla despectivamente de las teorías conspirativas que pueden tener, ciertamente, una base real, no hay que confundirlas con la teorías conspiranoicas o, peor, con el trastorno delirante o psicosis paranoica, que es algo mucho más grave y que puede afectar seriamente nuestra salud mental con graves consecuencias a escala individual, grupal o social.

De hecho, las líneas que separan unos estadios de otros son muy finos y se puede pasar sin darse cuenta de la manía conspiratoria a la manía paranoica con relativa facilidad sobre todo cuando encierran tras de sí el miedo a un mal que nos puede sobrevenir de un modo natural, pero que podría haber sido provocado artificialmente por otros tipos de intereses, fundamentalmente económicos.  

La expresión paranoia se utiliza hoy de un modo tan amplio, que sirve de comodín para calificar determinados fanatismos, ideologías, enfermedades mentales, intereses económicos o estratégicos, manías conductuales, tics mentales o físicos, así como un sinfín de cosas que utilizan el miedo como un camino para conseguir unos propósitos determinados o, simplemente, una oposición ideológica y política.

Lo peligroso del caso es que estos juegos mentales pueden tener graves consecuencias en nuestra salud individual o colectiva, así como en comportamientos antisociales y violentos.

La pandemia es una mala situación en muchos sentidos, pero en especial nos vamos a ceñir a la vulnerabilidad psicológica, dentro de un contexto social anormal, en donde no podemos desarrollar nuestras relaciones de un modo habitual. Todos sabemos lo negativo que supone al ser humano el aislamiento, típico castigo aplicado a los niños y jóvenes por sus desobediencias, así como a los delincuentes de mayor o menor grado. Sin embargo, todos sabemos que el castigo, en sí mismo, no cambia nuestras conductas de un modo profundo y duradero, sino que, simplemente, las reprimen por miedo.

Y algo de eso pasa en nuestras conductas en tiempos de pandemia. Hay quien se toma los confinamientos como un castigo sin asimilar su necesidad defensiva ante un peligro cierto y, en este caso, universal. Una reacción infantil ante una situación de tipo científico que no tiene contestación, a no ser que nos acojamos a la enfermiza y peligrosa teoría de la conspiración, que aparece siempre ante este tipo de cosas: enfermedades creadas por ciertos Gobiernos o sociedades secretas, manejos políticos internacionales, negocio farmacéutico, etc. Lo más lamentable es que tienen parte de verdad y que en ocasiones se usa el miedo como arma política, espionaje y consiguiente chantaje, compraventa de información, informaciones reservadas para que el gran público no sea consciente de la realidad. Y la cuestión que se nos plantea en este maremágnum de informaciones es discernir la verdad de la mentira, las medias verdades, las informaciones sesgadas que puedan favorecen otros intereses por encima de nuestra salud o de nuestra propia vida. Y eso implica reflexión e investigación.

Y en esas estamos. Desde que comenzó la pandemia hemos asistido a guerras políticas paranoicas arguyendo falsas discriminaciones por obligar a confinar a unos más que a otros y un largo calvario de insensateces que no vamos a repetir. El paradigma de este problema podría ser el pato Donald Trump que seguramente acabará con su vida política y, a nivel nacional, la muñeca diabólica madrileña que ojalá tenga la misma suerte.

Es muy grave el juego consciente e irresponsable de unos, pero también inconsciente e irresponsable de otros, que llevan a desconfiar de las vacunas Covid, del mismo modo que anteriormente pusieron en duda la misma existencia de la enfermedad como una conspiración, protestando por los límites a nuestra movilidad que incluye consecuencias económicas y sobre todo mentales.

Hay pues que sacar de nosotros las mejores defensas de nuestro cerebro frente a estos ataques paranoicos, que no hacen sino añadir dolor a nuestra ya dañada psique y que tantas vidas está costando de modo directo e indirecto. Es duro que cuando se pone en marcha la única esperanza real que tenemos ante el coronavirus que es la vacuna, hay quienes se dedican a despreciarla o a temerla. Es ridículo, ignorante y malicioso. Hagamos el favor de recordar que somos racionales. Esta es una situación nueva y jamás antes se dio miedo social frente a una vacuna defensora de una enfermedad maligna. En la riada de Valencia de 1957 se pusieron las vacunas de la gripe, tifus y viruela y nadie puso objeciones, nadie preguntó por su conveniencia y todos lo aceptaron como una necesidad vital. ¿Qué ha cambiado? El veneno conspiranoico inoculado en nuestras sociedades hace que algunos reaccionen con un miedo irracional, cuando a lo que de verdad tendríamos que tener miedo es a no tener aún ninguna vacuna.

La ciencia es la única arma que tenemos frente a este tipo de cosas. Ya sabemos que la ciencia también se puede usar para hacer daño (como el armamento nuclear), pero es la excepción que provoca el poder y la locura sin paliativos de algunos científicos que sirven a un determinado fanatismo. Pero eso no es lo usual y menos ante una situación global que, por cierto, nunca se había dado.

Vacunarnos es, hoy por hoy, lo mejor que podemos hacer en favor de la salud mundial, tras las medidas de distanciamiento establecidas y con el propósito de hacer desaparecer la desigualdades que, eso sí, esta pandemia ha puesto al descubierto al cebarse en los más vulnerables de un modo descarnado y ante lo que no hay, desgraciadamente, ninguna vacuna que lo arregle.

Aprendamos para siempre la lección porque esta pandemia, nos tememos, no va a ser la última, junto con otros desastres medioambientales que ya han comenzado a manifestarse por primera vez y que auguran un futuro de grandes cambios ante los que también nos hemos de preparar y tratar de paliar con otros medios ya conocidos pero todavía no asimilados por todos.

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