Nuevas esperanzas, nuevas utopías

El año 2020 será un año recordado por el inicio de la pandemia COVID-19 que ha afectado directa e indirectamente las vidas de todo el mundo. Sabemos de sobra las consecuencias a nivel sanitario y económico que eso supone, pero aún no sabemos cuándo se podrá volver a recomenzar una vida que, sin duda, será diferente a la vivida en los últimos tiempos. O debería serlo, porque esta situación ha revelado los errores de nuestro sistema socioeconómico que se presenta insostenible de modo inmediato si no hacemos algo por remediarlo. Lo que ya sabíamos en la teoría lo hemos comprobado cruelmente en la práctica. No vamos a insistir en ello, puesto que ya estamos ampliamente informados de las cifras del desastre.

Pero el ser humano no solo vive de realidades, sino que sobrevive gracias a las esperanzas (fundadas) y a los deseos de superación que nos parecen sueños. Así lo hemos visto en la historia y ahora no va a ser distinto. Si nadie hubiese soñado en viajar por debajo del mar o por el aire, nunca lo hubiésemos logrado. Lo que es utópico hoy, puede ser un sueño posible mañana, y una realidad pasado mañana, sin esperar un largo plazo sin fin. Ante la angustia pasada durante estos meses, nos podemos preguntar qué esperanzas nos quedan.

La primera y quizá ahora la más urgente se adivina en las vacunas que por primera vez la humanidad en su conjunto se ha esforzado por investigar. Porque, a pesar de haber vivido ciertas rivalidades, todos somos conscientes de que es algo que ha de ser para todos o no hacemos nada. Por primera vez se ha pensado en los países pobres, que deben tener también sus vacunas compartidas por los que más tienen. Hay conciencia global de que vamos todos en el mismo barco y nos conviene que a todos llegue el remedio. Lo que antes costaba años ahora se ha hecho en meses por la conciencia global de perseguir un bien común.

Aunque la decisión ha sido forzosa, no cabe duda de que es histórica y quizá un primer paso hacia un modo más eficiente de concebir la evolución humana. Es indispensable que todos caminemos juntos, en igualdad de condiciones, si nos queremos salvar como una especie que vive en un hábitat ecológico compartido. Es un pequeño primer paso que puede significar un gran avance para la humanidad. Como la huella en La Luna. Aquí comienza a armonizarse una esperanza con el sueño de una humanidad más consciente e igualitaria, en donde la vida de todos es importante y nuestra dignidad como humanos es compartida.

Pero hoy todavía los Estados soberanos siguen incidiendo directamente en nuestra realidad que se desarrolla de modo distinto según el país en donde vivimos. Hasta que llegue el día en que realmente seamos Naciones Unidas hay que tener también nuestra esperanza en nuestro hábitat próximo. Y aquí, en nuestra casa, también encontramos una base para nuestra esperanza: Por primera vez desde hace décadas, España parece despertar de un sueño de bienestar falso y se encamina a poner remedio con un Gobierno cuyo motor parece ser realmente social. Unos pasos pequeños que destapan corrupciones pasadas y que tratan de hacer realidad la justicia social para todos. A pesar de que estamos divididos, la balanza tiene una clara inclinación hacia una izquierda progresista, que nos hace ver con esperanza el futuro. Esta misma situación que a algunos nos trae esperanza a otros les da miedo y se rebelan contra ella. Y no digamos cuando hablamos a nivel universal, que lo traducen como un nuevo orden de pensamiento único. Una ignorancia culpable de quienes ven en la igualdad de las personas un modo de dejarse dominar por no se sabe qué poder. Cada nación no puede marchar sola. Lo sabemos y lo hemos comprobado. Pero algunos insisten en la supremacía de unos sobre otros. No quieren ver la evidencia y se aferran al falso poder individualista. Aquí la esperanza también se mezcla con el sueño de que algún día nuestras diferencias culturales e ideológicas puedan vivir en armonía, sin que unos dominen a los otros.

El que se cumplan sueños tan ambiciosos, como la unidad, la igualdad y la paz mundial, depende de nosotros y de nuestra conciencia como miembros de la familia humana. Ese es nuestro sueño real, porque no depende de nadie externo a nosotros. La democracia nos ha enseñado que todos podemos seguir avanzando, sin necesidad de dioses, reyes o tiranos.

Por eso, el 2021, que se presenta con mucho trabajo por hacer, nos da a la vez la esperanza de que podemos hacerlo juntos frente a todos los que quieren volver a un pasado irreal que ya no convence a nadie. Ojalá dentro de muchos años se pueda ver este pequeño paso adelante en toda su dimensión y podamos sentirnos orgullosos de haber participado en él.

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