No nos moverán

La vida puede brotar en un medio hostil

La ruta de “We shall not be moved” (“No nos moverán”), la canción que se hizo popular en los setenta con versiones de Joan Báez, tiene su origen a principios del siglo XIX, como un canto espiritual de los esclavos africanos del sur de Estados Unidos; un grito de liberación que traspasó décadas, transformándose en himno de iglesias protestantes y, ya en el siglo XX, fue adaptada como un canto de lucha en los incipientes movimientos sindicales. En los 60, “We shall not be moved” cruzó el océano Atlántico para convertirse en emblema de las protestas contra el régimen de Franco en España, lugar donde adoptó su nuevo nombre, “No nos moverán“, convirtiéndose en un himno de resistencia a la opresión y movilizando el inicio del cambio hacia la democracia que tanta sangre y persecución nos costó.

Los que nacimos en aquella época lo recordamos con nostalgia, cuando la izquierda antifascista no tenía miedo a salir contra el sistema y desde todos los ámbitos culturales se manifestaba en los cantos, las concentraciones, la prensa de la época y los partidos que, hasta entonces en la clandestinidad, salían a la luz contra todo contratiempo.

Han pasado los años y nos hemos acostumbrado a la democracia. Una democracia que ha dejado de luchar por los derechos  y claudica ante el conformismo global. Una democracia demasiado acomodada en las antiguas hazañas y complacencias, sin darse cuenta de que había nacido con un virus letal en su interior: el virus franquista, que, como un coronavirus asintomático, quedó dentro esperando el momento oportuno para desarrollarse, cuando la gente ya se ha confiado, cuando la prensa de élite ya no es denuncia sino cómplice de corrupción, cuando las vergüenzas de las instituciones se han ido tapando década a década. No hay más que escuchar a algunos de los viejos líderes de izquierda cómo hablaban entonces y cómo hablan hoy.

Hemos dejado que la desigualdad y la corrupción domine nuestra democracia. La izquierda ha quedado reducida a su mínima expresión y a los que se atreven a enfrentarse con el sistema amañado tras el falso escudo de la Constitución, se le intenta aplastar con todas las fuerzas del poder mediático, empresarial, institucional y partidos de la gran derecha. Hoy estamos en franca minoría quienes queremos cambiar lo que tenemos. Hoy confesarse marxista comunista, reducido a un ínfimo número dentro del único grupo de la verdadera izquierda española es como nombrar al diablo. Y da miedo. No da miedo ser señalado por eso, no tanto por lo que puedan atacar, sino por lo que significa: Hemos perdido gran parte de lo conseguido hace años, sobre todo la ilusión por el cambio, la fe en una sociedad más justa e igualitaria y en el destierro total de los fascismos. El mismo fascismo que dice ahora que el problema español es UP y quiere acabar con él, quitarlo de en medio, desestabilizar en suma al Gobierno de España y obtener así rédito partidista, según sus cálculos.

Echo de menos aquellos tiempos del cambio. Tengo confianza en que, como la vida, pueda brotar con fuerza en medio de lo más hostil y recuperar esa juventud de espíritu democrático que nos hizo gritar con fuerza no nos moverán. Y desde aquí nos unimos a esas pocas voces dispersas que luchan, aunque no se escuchen, con la esperanza de que, de nuevo, suenen como un himno de libertad frente a la esclavitud.

Libertad frente a esclavitud

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