Niños

Lo que saben de niños, algunos lo olvidan de adultos

Hace ya algunos años en una reunión de amigos salió el tema de los niños y me di cuenta de que todos hablábamos de ellos como si fueran una cosa distinta a nosotros. Y así lo planteé, como un error. El ser adulto no es un cambio radical en otro ser distinto sino una evolución, en principio positiva, de nuestra especie y de todos los seres vivos. Todos llevamos dentro de nosotros una marca imborrable de nuestra evolución, desde nuestros primeros orígenes, que están ahí recordándonos que somos protozoos evolucionados, hijos de los peces, nietos de los simios. Y de todos tenemos el recuerdo que nos advierte de los peligros, del miedo a la oscuridad que impide ver al predador, del instinto de supervivencia de huida o afrontamiento, de nuestro liderazgo o nuestra sumisión.

Cuando nacemos ya somos humanos y dentro de nosotros existen las emociones puras de amor, bondad y agradecimiento hacia aquellos que nos cuidan, aman y alimentan. Aprendemos pronto a compartir en los colegios y nos enseñan las virtudes más valiosas de la vida, como la tolerancia, la igualdad, el cuidado de los animales y el medio ambiente…. Pero según vamos creciendo vamos viendo también las contradicciones de los adultos, quizá en nuestro propio entorno, que, en el mejor de los casos, decimos unas cosas, pero hacemos otras, nos enfrentamos y discutimos. También algunos tienen las primeras experiencias de sufrimiento y maltrato propio o vicario que les afectará de por vida y que tarde o temprano tendrán que afrontar y reeducar si quieren vivir sanos en una sociedad como la nuestra.

Pero lo normal es la tendencia a considerarnos todos iguales, sin discriminaciones, por encima de las contradicciones que vamos observando o sufriendo. Y así, poco a poco, olvidamos lo que algún día fuimos y algunos, que no todos, nos convertimos en personajes cínicos, opacos o egoístas frente a otros que desarrollan esa parte de generosidad, altruismo y amor universal que nos hace ser felices y lo que consideramos una verdadera sociedad humana evolucionada y civilizada. Quienes así se comportan, como niños, son los que menos ruido hacen, frente a los poderosos que se quedan en el primitivismo del poder por la fuerza, ya sea física, económica o de índole institucional, que los convierte en seres en la cumbre del poder social a costa, muchas veces, de mentiras, fraudes y corrupciones.

Precisamente quienes están en ese estatus de poder son los que dan el ejemplo social que, como seres que aprendemos más por imitación que por convencimiento científico racional, se convierten en modelos de una sociedad convertida en una caricatura grotesca de nuestros ideales: gentes egoístas que van a la suya por encima de quien sea para sobrevivir en la mejor de las condiciones, aunque a los demás les perjudique. La solidaridad humana necesaria para convivir como especie, junto con las virtudes que le son inherentes, como la tolerancia, el respeto y la justicia universal pasan a ser entelequias que nunca se llegan a cumplir.

Pero, como niños, sabemos dónde encontrar la solución de las cosas: frente al egoísmo, generosidad y empatía; frente al absentismo y la mentira, la verdad, la transparencia y la responsabilidad; frente al patriarcado dominante, la igualdad de derechos entre géneros y sexualidades; frente a la brecha económica y social, la redistribución del bien común en un Estado de bienestar; frente al enfrentamiento político, el diálogo racional y la búsqueda conjunta de las mejores condiciones de convivencia; frente a las discriminaciones por diversidad, creencias y religiones, la búsqueda de valores universales que nos protejan; frente a la explotación por el trabajo, el derecho al servicio comunitario y constructivo de la sociedad con un control suficiente que perfile las deficiencias; frente a la corrupción general del Estado de derecho, la vuelta a la honestidad de los valores humanos internacionales que nosotros mismos hemos creado y que hemos olvidado por intereses oscuros, reducidos al poder que da la riqueza y el control de los medios de producción, información e investigación tecnológica.

Todas estas cosas las saben los niños, con menos tecnicismos, pero lo saben. Cuando se enfadan acaban con un beso, cuando un niño diferente entra en sus aulas, se centran en él o ella por curiosidad, pero también para darle el apoyo extra que necesita.

Lo saben los niños, lo saben los animales, a los que algunos tanto desprecian, y lo sabe también la naturaleza, que es la que nos ha dado la vida.

Tanto quejarse de las cosas que faltan: más médicos, más servicios públicos, más servicios sociales, más infraestructuras que comuniquen la España vaciada, más internet y tecnología para todos, más honestidad y justicia, mejores sueldos, techo para todos, acogida a los inmigrantes, más igualdad, más, más… Sabemos lo que hay que hacer cada uno desde su puesto social, cada uno desde el rol que se le encomienda. Más responsabilidad y rendimiento de cuentas a quienes más alto están en la cadena social, en la cadena productiva, en la cadena gubernamental con sus tres poderes que tan mal ejemplo están dando. Todos sabemos la solución y no la aplicamos. Esperamos al límite para poder cambiar un poco sin volver a la esencia de lo que ya somos, de lo que la vida nos dio una vez, de lo que hemos olvidado por convertirnos en viejos decrépitos en vez de viejos sabios, por no ser niños, esos a quienes tanto amamos, porque sabemos que en ellos está la verdad de lo que hemos perdido. El mayor legado que les podemos dar es volver a la esencia de lo que un día fuimos, con en el valor añadido de lo aprendido en el tiempo, y olvidar para siempre el egoísmo que mata nuestra humanidad.

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