Negatividad


El entorno mediático provoca depresión y negatividad

Aunque se ha disparado con el respetable plus de inseguridad que nos ha traído la pandemia, el hecho de que las noticias que recibimos a diario con mensajes altamente negativos no es nada nuevo. Aunque se trata ciertamente de reflejar lo que ocurre en la realidad, la asimetría entre lo positivo y lo negativo es evidente. Quizá vendan más los hechos infelices de tragedias naturales, asesinatos pasionales, terroristas, corruptelas políticas, crispaciones ideológicas, etc., que resaltar otro tipo de cosas, que, aunque también hay que reconocer que son más escasas, son igualmente reales, y se debe ofrecer a quienes las escuchamos y vemos por los medios un punto de equilibrio entre posturas y actitudes que nos lleven a sacar nuestras propias conclusiones de un modo relativamente independiente de los mensajes que intencionadamente se nos quieren machacar. Un abrazo entre un voluntario y un excluido, es hoy noticia como una rareza, cuando es, en realidad, lo más natural del mundo.

Somos muchos los que hemos optado por seguir las noticias de un modo mesurado, porque si nos empachamos con la reiteración continuada de las noticias de última hora terminamos realmente absorbidos por un ambiente de negatividad que va aumentando sumatoriamente, puesto que se suelen dar las noticias sin un espacio libre para poderlas digerir. Todo eso sucede de un modo rápido e intenso, hasta que aparece otra cosa en la que se centra toda la atención mediática de nuevo repetitivamente y a veces me pregunto por qué. Junto a las noticias de desgracias nos castigan, por ejemplo,  con los sueldos desorbitados de los jugadores de fútbol a los que pagan los mismos jeques que financian terrorismo. Todo mezclado y con dos cubitos de hielo.

No me cabe la menor duda de que, aunque algunos medios se venden al mejor postor, no siempre es así y gracias a ellos estamos en contacto más directo con la realidad. Sin embargo, la tentación periodística de las noticias debería ser más empática (y profesional) con la repercusión psicológica que con toda seguridad va a causar en quienes reciben de un modo pasivo estos mensajes que se van acumulando al conjunto de circunstancias personales que con mucha probabilidad son ya bastante negativas, como es el caso de los empleos precarios, paro, violencia estructural y una serie de cosas que hacen que al final nuestra vida se convierta en una tortura, no solo por lo que nos toca apechugar como individuos, sino por todos los problemas sociales e internacionales que al final hacen que nuestra visión de la vida sea en su conjunto muy negra.

Hoy son muchos los que no creen en la justicia, ni en el interés humano de los Estados, ni que sea posible el diálogo entre sociedades o ideologías opuestas. Y mucho menos que se acabe la desigualdad y la exclusión. El extremo llega cuando ya no creen en nada y en nadie (¡peligro!). Todo tema acuciante como puede ser la violencia, la inmigración, la ideología política, religiosa y otros temas sensibles los hemos tomado ya como algo imposible de solucionar, quedando un poso de decepción e infelicidad que nos puede llevar a un callejón sin salida. Algunos tienen la suerte de tener una pareja estupenda, un buen trabajo, amigos de verdad, una familia unida, etc. y eso es lo que les salva del conjunto puesto que se aferran a ello, tratando de olvidar lo demás. Pero, aunque así sea, y es un buen mecanismo de defensa, lo cierto es que igualmente esas ideas negativas nos van minando obligándonos a buscar en nuestro interior aquellos principios en los que realmente nos apoyamos para poder sobrevivir medianamente felices en un entorno cada vez más hostil. Y es que, queramos o no, somos seres sociales y realmente nos importa lo que les pasa a los demás porque sabemos desde que nacemos que no podemos sobrevivir solos en esta jungla de cristal.

La salida de quienes optan por la fiesta de botellón, sea de alta gama o de garrafa, nunca me ha servido personalmente, ni creo que sirve a nadie, a no ser que se convierta en un ser superficial integral que opta por mirar a otro lado. Porque a pesar de toda la falsa alegría que pueda crear a su alrededor, los posos siguen estando ahí y algún día pueden explotar descontroladamente en forma de violencia hacia sí mismo o a los demás.

Las personas negativas suelen intentar arrastrar hacia su desgracia a quienes no piensan como ellos, chupando la positividad del incauto que cae en sus manos con más avidez que un vampiro de los de antes (los de ahora son más simpáticos). Yo huyo de ellos como del diablo, puesto que son más fuertes que yo. Reconozco que tienen razón en lo que dicen, pero me obligan a rebuscar las cosas en las que creo, que son cada día más difíciles de sostener: creo en las personas y en su responsabilidad a la hora de escoger su propio destino. Y, consecuentemente, creo que la sociedad también es responsable de tanta negatividad. Por muy mal que vayan las cosas siempre he creído que pueden ir mejor si nos los proponemos y, desde luego, eso no se puede hacer si cada uno va a la suya. Porque nos tenemos que salvar juntos o destruirnos juntos. No me vale salvarme a costa de hundir a otros.  

Pero, claro, cuando hablas así, siempre te sale el desgraciado que te dice que eso es una utopía imposible y que hay que despertar a la realidad. Ante eso he de contestar que, hasta el día de hoy, nadie me ha podido rebatir que las cosas son como son porque permitimos que así sean, unos con más responsabilidad que otros porque tienen más poder. Pero, aunque así sea, siempre hay un círculo, por pequeño que sea, del que yo soy responsable, así como cada uno es del suyo. Y eso sí lo podemos cambiar, intercambiar y unir con fuerza hacia un destino común.

No es fácil ser positivo en este mundo en el que nunca se ha visto tanta desgracia y a la vez tanta opulencia y despilfarro. Pero siempre queda decir NO a lo que hay e intentar aportar un grano de arena al cambio social. Todo parece inminente. Pero el espacio y el tiempo, como sabemos, es algo relativo y en un segundo puede cambiar todo para bien o para mal. Y es justo en ese segundo en el que creo y del que espero, todavía espero, tender una mano y encontrar respuesta para salir del oscuro agujero de la injusticia y de esta locura social.

El momento de la vida

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