Monstruos

Ayer, conmoción en Brasil por el brutal crimen de una niña. La menor de 11 años fue asesinada al ser arrojada desde un peñasco tras haber sido violada por tres adolescentes y dos adultos, entre ellos un tío suyo.

Los cinco detenidos, todos indígenas de la misma comunidad de la víctima, confesaron el crimen. El tío, que salió a buscarla, la encontró al escuchar los gritos y, en lugar de interrumpir la violación, decidió participar de los abusos y confesó que ya había violado a su sobrina en ocasiones anteriores. La drogaron y al final arrojaron a la menor desde lo alto del peñasco, que tiene cerca de 20 metros de altura, debido a que la niña comenzó a gritar desesperadamente tras recobrar la conciencia y los amenazó con denunciar todo lo ocurrido. Más información

Esta espeluznante noticia, no es ni mucho menos nueva. Hemos oído crímenes de todos los horrores posibles, pero me impactó especialmente la frialdad con que se relatan unos hechos confesados. No sabemos si confesaron con arrepentimiento o, simplemente, porque fueron descubiertos. Sea como sea, me pregunto cómo una persona normal puede hacer estas cosas y mucho menos puede sentir algún tipo de placer e incluso ser capaz de forzar a una persona (sea menor o mayor) a tener una relación sexual no deseada. Pero parece ser que hay gente que se excita así.

No sé qué explicación le darán los psicólogos, pero yo creo que en principio quien hace tales cosas tiene alguna enfermedad mental, bien por traumas sufridos, o bien por unas fantasías creadas a partir de otras conocidas que sirven de modelo. Disfrutar con el dolor ajeno no me parece nada normal y no quiero pensar que sea la propia sociedad solamente la que alimenta tales fantasías.

Desde luego que tenemos conciencia del machismo patriarcal cultural extendido por todos los rincones de la tierra, pero se añade el hecho de matar a un menor, por miedo a ser descubierto, de una forma tan horrible.

Las torturas nazis o en épocas más primitivas, aún con culturas desarrolladas, como la romana, azteca o egipcia, por poner algunos ejemplos, estaban envueltas en unas ideologías fanáticas de raza o religión que duran hasta nuestros días, pasando por la Santa Inquisición o la sharía.

Pero hacerlo a bocajarro, sin ningún fanatismo que lo explique, nos hace pensar en una sociedad realmente enferma y violenta sea en el contexto que sea. No creo que por muy indígenas que fueran los malhechores fueran hasta tal punto primitivos.  No hay excusas que valgan en unas acciones que, si no son premeditadas, se desarrollan con la suficiente lentitud como para que las personas pudieran reflexionar sobre lo que estaban haciendo.

Una vez más hay que hablar de la educación que estamos impartiendo de modo formal e informal. El hecho de que cada vez sean más los menores que participan en este tipo de delitos con o sin compañía de adultos es preocupante. La misma actitud del tío de la niña asesinada es muy difícil de digerir. Protesta tras protesta, manifestación contra la violencia y el feminicidio, etc. no están solucionando nada. Llevamos la violencia metida en la cultura, frivolizándola de tal manera que solo nos manifestamos cuando nos toca de cerca. Pero, ¿quién escucha?

La locura, más allá de alguna base neuronal o traumática, tiene gran parte de su génesis en el contexto, en los ejemplos que le rodean, en lo que flota en el ambiente. Nos pone los pelos de punta escuchar este asesinato y cuando estamos escuchando el relato de las matanzas talibanes, o de cualquier conflicto armado, hay siempre detrás este tipo de violaciones, asesinatos de toda clase, que ya ni siquiera nos planteamos o ni siquiera son noticia. Damos por hecho la crueldad innata del ser humano, especialmente de los hombres.

Y no hay que dar nada por hecho, porque todos sabemos que la vida es como es porque los actores la hacemos así. Siempre hay algo que podemos hacer. A mí en este momento no se me ocurre otra cosa que recurrir a la educación invasiva y trasversal. Por eso cuando oigo a algunas personas de ideologías fascistas hablar con violencia de los inmigrantes, de algunas etnias, de algunos colectivos, de género… no hacemos sino alimentar el odio que algún día explota por donde menos te lo esperas.

El hecho que analizamos refleja un odio de género, de la infancia y de la vida misma, que no tiene ningún valor para unos seres que se llaman humanos. El odio es quizá el punto débil de nuestro siglo XXI. Condenamos de palabra algunos hechos, pero no condenamos con nuestras actitudes pasivas a quienes esparcen (legalmente) sus ideas de odio enfermizo y que poco a poco van calando en los más débiles. El odio es el veneno de nuestro siglo, tan civilizado, racional y tecnológico, que hasta lo incluimos en nuestros espectáculos y juegos, esos mismos que utilizan los menores edad. Esos niños que dejan de serlo para convertirse en monstruos, y a los que nosotros hemos enseñado. Y eso no debería ser legal, al amparo de las lagunas del derecho.

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