Madrid, capital del desgobierno


El 8 de mayo de 1561 Felipe II tomó la decisión de
establecer la corte de forma permanente en Madrid.

Por caprichos reales un tanto oscuros, Madrid fue capital de España, aunque no siempre ha sido así: Valladolid, Sevilla, Cádiz, Valencia, Barcelona y Figueras son testigo de ello. Y, la verdad, es que podría volver a repetirse. No hay más que cambiar toda la parafernalia real y parlamentaria con una buena agencia de transportes y largarse a otro lado.

Pero desde luego a Madrid le cayó el premio gordo sin más mérito que gloría. La cuestión es que, gracias a una gracia del rey de turno, Madrid dejó de ser un pequeño pueblo castellano a una gran urbe donde se centralizan negocios, política y gran parte de la economía del país. De hecho, aunque desde la democracia se intenta paliar la afrenta, desde su centralismo, han considerado a los no madrileños como de provincias. El vicio del centralismo no es patrimonio único para la capital de España, porque las capitales de las distintas Comunidades también han pecado de centralistas, como puede ser el caso de Barcelona, Sevilla o Valencia. Parece que eso de que todos los ciudadanos somos iguales no es verdad y si no que se lo digan a la España vaciada, a la que ahora parece que estamos todos tan sensibles.

Como siempre, detrás de los centralismos y luchas de primacía de unas ciudades sobre otras o de unas regiones sobre otras tiene que ver con el poderío económico que trae la centralización de los poderes públicos, sean estos los que sean.

Con la pandemia, que nos ha puesto a todos en el mismo rasero, no se ha apagado el ansia de poder y protagonismo de distintas ciudades, capitaneadas, no por capricho de un rey, que vive encerrado en sus aposentos madrileños, lo que es garantía de capitalidad, sino por capricho de los distintos partidos que gobiernan las Comunidades. Con el tedioso tema de la desescalada se vuelve una vez más a ver la verdadera cara de los que mandan. Todos quieren demostrar que lo hacen mejor que los del otro partido o coalición.

Pero es falso decir que la falta de unión entre los diferentes partidos ante un peligro común tan grave provoca desafección por la política de los ciudadanos. No es verdad que a los ciudadanos ahora no nos interesa la política. Por el contrario, nos interesa mucho saber lo que hacen para salvar nuestras vidas, nuestros trabajos y nuestro futuro en todos los sentidos posibles.

A mí, y ya hablo en primera persona, lo que me provoca náusea al más puro sentido existencialista es la derecha española, que no hace más que insultar y poner obstáculos al Gobierno central, mucho más que los mismos partidos nacionalistas, que poco a poco, según se va asimilando la situación, ven que se trata de un problema de todos, por encima de las diferencias culturales. Siempre hay salidas de tono, pero, por ejemplo, recuerdo que fue el Sr. Torra el primero que dijo que habría que cerrar Catalunya (y toda otra Comunidad que lo quisiera) para evitar el libre movimiento de una parte a otra de España. Y no solo el tiempo le ha dado la razón, sino que se ha reducido el límite a provincias y a otras divisiones sanitarias más pequeñas. Aunque detrás hubiera un sentido separatista, no me cabe duda de que el principio era válido: Aquí no se menea nadie de su sitio, a no ser para transportar comida o por razones de salud pública. Y a tanta afrenta e insulto, el Gobierno ha estado más que comedido, respondiendo con la serenidad suficiente lo que nadie les podría replicar.

Pero ahora a la derecha les parece que esto ya dura demasiado y que hay que volver a la normalidad económica: Abrir fronteras, abrir bares y hoteles, abrir colegios, etc…. con total irresponsabilidad ante los informes que hoy mismo nos dicen que sólo un cinco por ciento de la sociedad española se puede considerar temporalmente inmunizada del virus. Y no se puede llamar “normal” a la situación, si no se cuenta con al menos un 60% de población inmune. Hoy se dice que hasta que no tengamos una vacuna, no podremos volver a vivir medianamente una vida social más normalizada, según unos nuevos parámetros que no sabemos aún cómo serán. Algunos opinan que es el mismo sistema socioeconómico de occidente el que está en cuarentena y que, con toda probabilidad, ya no volverá a ser igual (Cfr. Estado de guerra permanente). Se equivocan si creen que van a sacar rédito electoral.

Madrid, capital de España, manejada por la derecha del PP y con el apoyo de Cs (que ya no pinta nada en la política española, más que un incordio permanente) y el aplauso de Vox, es el mejor ejemplo de esta lucha fratricida. Ciertamente, la lucha por el poder en Madrid es una constante de nuestra historia reciente, con traiciones, corrupciones de todo tipo, divisiones y subdivisiones de partidos, que todos buscan cambiar lo incambiable desde un centro que no existe y de una derecha obsoleta, porque ella misma se ha suicidado, haciéndose fanática y ultra, sin presentar alternativas razonables, porque esta vez el neoliberalismo económico se presenta como incapaz de sacarnos de un atolladero sin límites. No se puede producir más como se hacía sin destruir nuestro hábitat y, ahora lo vemos, nuestra propia vida. Hay cosas que no tienen centro, señores de Cs, o se cumple con los derechos constitucionales para todos, o no se cumplen. No se cumplen si es solo un poquito, o para unos cuantos. Ha de ser para todos. Hay cosas que son blancas o negras.

El colmo del cinismo, se puede resumir en las palabras del Sr. Aznar: Madrid es el paradigma de cómo gobernaría el PP España. Horroriza pensar en la contumacia de estos señores que alardean de lo que hacen rematadamente mal. Si al menos reconocieran sus equivocaciones o hablaran con transparencia, aún se podría hablar con ellos. En ese sentido, los más claros son los de Vox, que sí que dicen lo que piensan y lo que ocultan lo hacen de un modo tan infantil que enseguida les pillan. Pero los del PP no. Son retorcidos y buscando siempre dañar al adversario del modo que sea. Hacer propaganda de su gestión y ocultar sus chanchullos. La presidenta de Madrid es un poema. El cargo le va grande, como en otros tiempos le fue grande a otras del mismo partido.

Hacen daño a España en un momento en que es necesario que todos nos sintamos unidos. Nos hacen temer un futuro muy negro con su intransigencia y ceguera económica. No ven lo que los científicos se cansan de decir en sanidad, economía o ecología. Sólo quieren poder. Espero con ansiedad el día en que la gente les retire su voto, que desaparezcan y se regeneren de verdad. Una nueva generación de personas que, aunque piensen distinto, se respeten y ayuden a vivir. No sé si llegaré a tiempo para verlo. Lo siento mucho por mi, y por todos los que sufren más que yo por ese fanatismo franquista que tanto daño ha hecho a este país. Me da vergüenza Madrid, no por sus gentes, sino por quienes la gobiernan.

La náusea

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