Los hombres que no amamos a las guerras

Parece ser que hay personas (hombres y mujeres) que defienden las guerras. Hay que diferenciar entre las luchas armadas defensivas y las ofensivas, naturalmente. Una cosa es atacar a un país por un interés meramente imperialista capitalista como es el caso de Rusia, que es el que nos tiene en vilo en estos momentos, y el caso de Ucrania que se defiende de este ataque ilegal e insoportable. Una guerra que, además, toma carácter internacional y global como ocurre en prácticamente todas las acciones de nuestro nuevo mundo interdependiente. Esto no es una guerra entre Vikingos y Normandos.

No hay duda de que en el pasado las guerras fueron dictadas por los líderes hombres por su carácter agresivo y basado en la fuerza bruta, ridiculizando y asesinando a los hombres que se negaban a obedecer la orden de participar en ella. A las mujeres, con su papel delegado en cuidado de niños, enfermos o mayores bajo la obediencia a los hombres se les daba un papel de retaguardia, siendo víctimas de violaciones por parte de soldados embrutecidos por una situación de violencia sin fronteras y sin límites con la única misión de matar hasta su propia muerte. Una obligación irracional de obedecer a unas órdenes irracionales. La muerte de las mujeres y demás civiles eran daños colaterales considerados inevitables.

Lentamente y muy poco a poco algunas cosas han ido cambiando. Históricamente siempre ha habido algunas mujeres y culturas que han defendido el papel de la mujer en las guerras de modo activo, puesto que tampoco se necesita de tanta fuerza física, como de inteligencia y técnica militar. En la guerra de Ucrania que estamos siguiendo en directo, vemos que son muchas las mujeres que se quedan en su tierra para defenderla con las armas, haciendo que sus hijos huyan a otros países seguros. O vuelven del extranjero junto con sus maridos.

Y se ve más normal que haya hombres que escapen de una guerra a todas luces injusta. Pero la situación es muy difícil. En el sistema totalitario de Putin no se puede ningún hombre negar a ir a la guerra o a desobedecer órdenes. Incluso en Ucrania se impide que los hombres salgan. ¿Qué hacer?

Son muchas las cosas que han de cambiar en nuestra sociedad para acabar con estas guerras de sangre que amenazan no solo nuestras vidas, sino la misma libertad de hombres y mujeres discriminando sus roles preconcebidos de actores activos o pasivos de las atrocidades cometidas. Y lo mismo cabe decir de la sociedad civil frente a la militar, en países donde los hombres (y en algunos también mujeres) son obligados a ser militares en parte o a lo largo de toda su vida.

Hoy en algunos países hombres y mujeres son libres de escoger la vida profesional militar que, aunque se enfoque con la finalidad de la paz y el apoyo defensivo de los pueblos injustamente agredidos, no dejan de implicar acciones   violentas, incluido el asesinato selectivo o ser asesinados eventualmente.

Desde los derechos humanos todas las mujeres y hombres, todos los niños o ancianos, todos los militares o civiles, tienen el mismo derecho a la vida. Y para que se cumpla este derecho es imprescindible que nunca se produzca una guerra cuya característica principal es el asesinato masivo e indiscriminado de personas, llevados a cabo mayoritariamente por hombres, pero también con algunas mujeres y niños, para matar sobre todo a hombres, considerados más peligrosos, pero también al resto de la población que se utiliza como objeto sexual, de trabajo, como armas o escudos de guerra, o como monedas de cambio. En una guerra todo es mezquino y va contra la misma dignidad humana, sea del género o de la edad que sea.

La abolición de las guerras y las sanciones a quienes las provocan ha de ser la primera ley universal consensuada en base al derecho a la vida que acabe con la fábrica, almacenamiento y tráfico de armas, cuya desaparición debe ser controlada sistemáticamente desde los organismos internacionales. Algunos países tienen abolida la pena de muerte  y, sin embargo, les parece normal el derecho a declarar una guerra ofensiva, que nunca tendrá un fundamento racional.

Esto parece una utopía, pero la guerra es tan solo una creación humana y como tal debe cambiar si evoluciona su modo de pensar. Dar la vida por la patria o por alguien, es, en caso de que alguno quisiera hacerlo, un acto de libertad no impuesto por nadie. Podría dar mi vida gustoso a cambio de la de un niño, pero no porque su vida sea más valiosa que la mía, o porque nadie me obligue a ello. Todas las vidas son iguales y tienen los mismos derechos.

Un replanteamiento global con muchas consecuencias como el fin de los imperialismos y del enriquecimiento a base de la muerte ajena. Quienes dictan una orden de guerra por apoderarse de un territorio ajeno por cualquier ambición personal es el delito de lesa humanidad más grave que se puede cometer. Siembra el terror y la corrupción por doquier, transformando la vida humana en vida animal. Y consecuencia importante es el fin de la guerra fría y de cualquier acumulación de material de guerra que sirve para atacar o vender como tráfico, lícito o ilícito de armas.

Decir hoy que la guerra es cosa de hombres es tan injusto como olvidar los delitos que se cometen contra las mujeres a plena luz del día. La guerra no es de hombres contra hombres, ni de hombres contra mujeres. La guerra es la de unos locos imperialistas que nos obligan con su poder a obedecer y a morir por lo que no queremos. Y aunque ciertamente la casi totalidad de las voces de estos locos es masculina, nada tiene que ver esa locura con el género.

La correlación estadística tiene fácil arreglo: educar para la paz, educar a la no violencia, educar a la convivencia tolerante, a la democracia y a la igualdad de género. Es el único antídoto ante tanta violencia que es tan neutra como las bombas nucleares que, ni tienen género, ni discriminan por razón de sexualidades o edad.  

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