Los delitos de odio

En el art.510 de nuestro Código penal está tipificado el delito de odio y sus correspondientes penas. Pero, más allá de las sanciones, nos interesa analizar por qué llegamos a esta clase de delitos. El vídeo del niño australiano acosado por su diferencia ha dado la vuelta al mundo, sin pensar que quizá todos estamos contribuyendo a ello si no nos andamos con cuidado.

Parece natural que todos amemos de un modo especial nuestra cultura y costumbres, porque es donde nos hemos criado. Pero de ahí a decir que nuestra cultura es superior a otras y sobre todo que es la superior, ha pasado todo un proceso psicológico de años de rechazo a todo lo diferente, sea raza, clase social, sexualidad, género, fealdad, etc. Un sinfín de cosas que además van evolucionando con los tiempos. A las clásicas como la raza, se añaden hoy la ignorancia tecnológica o la no pertenencia a una casta rica y guapa, entre otras muchas.

Los budistas piensan, con razón, que, si uno se acostumbra a pensar y a dejar fluir ciertos sentimientos negativos, estos se van instalando poco a poco, haciendo una especie de surcos que facilitan que se vayan repitiendo y creciendo, convirtiéndose en una creencia cada vez más arraigada, hasta convertirse en un dogma o en un principio vital, que legitima incluso a matar (directa o indirectamente) a quienes no piensen o sientan igual que nosotros, que poseemos lo único valioso: nuestra raza, nuestra religión, nuestro estatus. En sentido contrario, si nosotros nos acostumbramos a pensar que todos tenemos nuestras experiencias y que la verdad es algo relativo a nuestra cultura y entorno, nos podemos acostumbrar a vernos con tolerancia y aprender unos de otros, mejorando nuestra convivencia. Este es el ideal democrático, que, como sabemos de sobra, hay que ir conquistando cada día para no dejarse arrastrar por esa otra tendencia negacionista de la diversidad, que acaba con toda lógica y racionalidad. Las personas, queramos o no, estamos condenadas a entendernos, porque vivimos en una sociedad y somos interdependientes. Sin eso no podríamos sobrevivir. Pero no se trata de sobrevivir a base de guerras entre grupos de fanáticos, sino de armonía entre grupos de respeto mutuo.

Tuve que vivir unos años en Alemania para realizar unos estudios, y debo confesar que me costó adaptarme al medio, a pesar de yo dominaba el idioma y tenía un estatuto privilegiado como estudiante y residente. Pero lo bueno fue que, cuando volví a España, me encontré temporalmente fuera de lugar. Resulta que no era alemán, ya que siempre era un extranjero, a pesar de mi integración, pero cuando volví habían cambiado muchas cosas, incluso el modo de hablar que yo no comprendía. Pasé unos meses de duro acoplamiento, puesto que no me sentía ni alemán ni español.

Si una anécdota tan suave me trajo dolores de cabeza, no puedo ni imaginar lo que supone que a una persona la desprecien por el color de su piel, pero a la vez la eduquen en un país en un entorno de color de piel distinta. Es el caso del protagonista de la película Farming, que habla de un caso real en el Reino Unido de uno de los niños negros que vivían en casas de padres de acogida, hasta que pudieran retornar a su ambiente, porque sus padres biológicos no se podían hacer cargo de ellos.

Para mí fue un descubrimiento esta costumbre colonialista británica, que sin ningún tipo de control a la educación que recibían en estos entornos de acogida, provocaba que niños negros vivieran en un lugar en el que despreciaban a los negros como inferiores frente a la supremacía blanca. Esto hizo que, cuando quiso reincorporarse a su cultura de origen, no soportara sus costumbres y creencias, siendo castigado por ello, y tuviese que volver a una sociedad que también le despreciaba. No tenía solución y halló su refugio en un grupo de skins supremacistas que le adoptan como su perro útil. ¿Es posible que un negro se vuelva supremacista blanco? Pues sí, porque así se lo decía la cultura dominante. Pero la contradicción metafísica de no poder ser blanco, siendo un negro que odia a los negros, no tenía otra salida lógica que acabar consigo mismo por no soportar el odio hacia su propia naturaleza.

Este chico tuvo suerte, porque un alma parecida le comprendió, porque era negra, y le dio el apoyo que le salvó la vida y hoy es un hombre negro feliz en medio de una comunidad blanca y negra en USA.

Así es que, el peor delito que puede cometer un supremacista, sea por el color o ideología que sea, es que un ser inocente se odie a sí mismo por el hecho de ser negro, homosexual, de otra etnia, de otra Comunidad Autónoma, de otro país, de otra religión, comunista, etc.

¿Cuántas víctimas ha tenido la intolerancia en el mundo? No se pueden contar. Porque hay millones de muertos oficiales y otros muchos más que nunca se ha sabido de ellos, pero que han sufrido y han muerto desesperados si no han encontrado una mano amiga.

Así es que andemos con ojo, que el rebrote supremacista no lo tenemos lejos. También en España hay racismo declarado y educación fanática en toda clase de ideologías. A todos se nos pueden ocurrir ejemplos, pero yo voy a dejar unos cuantos: no hay supremacía blanca, no hay supremacía católica, no hay supremacía heterosexual, no hay supremacía paya, no hay supremacía constitucionalista, no hay supremacía catalana, ni vasca, ni valenciana, no hay supremacía intelectual frente a paletos de pueblo, no hay supremacía guapa, no hay supremacía de casta, no hay supremacía de ricos, no hay ninguna supremacía. Todo eso son culturas de odio que acaban con personas inocentes y no nos dejan vivir en paz.

Esa España supremacista es irreal, porque somos todos iguales. Aunque los faraones se construyeron pirámides y vivieron como dioses, no eran sino simples mortales. Hitler era pequeño, moreno y feo, de ascendencia judía. Pero esos ya están muertos. Los que de verdad hacen daño son los que andan sueltos por ahí, disfrazados de demócratas, pero que piensan como ellos. No se trata de cazar a las brujas, sino de ponerlas en evidencia para que caigan en la cuenta de que todos somos iguales y que acabaremos con la misma muerte. Pero mientras eso ocurre, hagámonos la vida fácil, no seamos tan estúpidos.

¿Supremacismo de quién?

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