Los 3/3

Resignados con su vida

Las políticas de recorte llevadas a cabo en las últimas décadas redundan en un discurso de malestar civil, que hoy se ve evidenciado y multiplicado hasta la exasperación por el estado de pandemia en la que estamos inmersos. Este malestar civil  se enfrenta a un Estado de Partidos, cuya representatividad se considera insuficiente, y también a una gran parte de la sociedad satisfecha con su status y que no desea implicarse en una tarea participativa global, a unas mayorías silenciosas que, aunque reciben los mensajes políticos a través de los poderosos medios de comunicación, no se sienten concernidas y carecen de representación formal, aunque después participen en las urnas en mayor o menor grado a tenor de los partidos que recogen sus intereses. Este discurso inmovilista puede encontrarse, al menos parcialmente, en cualquier nivel de representación, incluido el sector de las personas con especial vulnerabilidad, aunque, evidentemente, se centra mucho más en aquellos grupos de élite que conciben la vida como un estado comercial en la que ellos llevan la dirección directa o indirecta de los destinos de un sector poblacional dependiente de los vaivenes bursátiles de sus negocios.

Baudrillard tiene la interesante teoría de los tres tercios, según la cual en Occidente un bloque de unos 2/3 tiene actitud conservadora ante el bienestar alcanzado, prefiriendo un confort inmediato sin sacrificios a largo plazo. Esto forma un bloque mayoritario políticamente insolidario con las desigualdades, impidiendo alternativas minoritarias, que quedan cada vez más excluidas. Esto explicaría un sistema representativo incapaz de reequilibrar el interés general a favor de todos los sectores. Más información.

Lo encontramos muy interesante, porque puede explicar el por qué tanta protesta cae en saco roto, a pesar de las evidentes razones para cambiar el rumbo de las cosas. Naturalmente esto tiene validez solo en Occidente, porque si miramos la sociedad global, resulta evidente que hay una inmensa mayoría descontenta, no cuantificada suficientemente y que se encuentra excluida sin un horizonte claro de solución.

Por eso habría que afinar el análisis, distinguiendo categorías, tanto en los 2/3 satisfechos, como en el tercio restante. En el caso de los primeros es indudable que está en primer lugar la élite basada en el poder económico que está claramente contenta con la situación y saca provecho en cualquier momento, obteniendo beneficios incluso en los momentos de crisis. En segundo lugar estaría una gran masa de personas resignadas, con lo que les ha tocado vivir con cierta holgura e incluso con cierto lujo. Es un grupo en el que cabrían bastantes subgrupos por status y nacionalidades en donde la relativa concepción del bienestar puede variar considerablemente.

Lo mismo cabe decir del tercio insatisfecho, en donde una parte considerable, se resigna a vivir en una mediocridad suficiente para sobrevivir con mayor o menor dignidad, dependiendo también del contexto. Pero hay un último grupo que vamos a llamar de los desesperados, que no tienen medios siquiera para sobrevivir dignamente y tienen que pasar de la beneficencia privada o institucional y que les permite, no siempre, subsistir, conservando la única dignidad de ser humanos a pesar de todo. Los miserables, el lumpenproletariado, la esclavitud de uno u otro sistema. Los muertos anónimos.

Yo creo en la teoría de los 3/3. Porque me explica cómo es posible que no haya estallado una revolución en estos últimos años, ni en estos momentos. Hasta que no se invierta la situación y sean los 2/3 los que se sientan excluidos mayoritariamente frente a una minoría que se aprovecha de su situación, no habrá nada que hacer. Porque no cambiarán las leyes y no cambiará el sistema económico porque la mayoría se encuentra bien cómo está, sin meterse en líos.

Es duro contemplar a las personas que sí se meten en líos y arriesgan sus vidas (y la pierden) por ir en contra de esta situación. Pero siguen siendo minoría, cuyo ejemplo nos da fuerza para seguir resignados, pero que no nos pilla lo suficientemente mal como para arriesgar nuestro precario bienestar.

Por mucho que griten las miles de familias que se quedan sin nada porque cierra la empresa que les da trabajo, el libre comercio seguirá su curso sin remedio. Por mucho que mueran millones de personas de hambre, el libre comercio seguirá su curso y las empresas irán a donde ganen más. Y esto es así desde siempre.

Las personas individuales podemos desgañitarnos exigiendo servicios públicos, que si no hay un gobierno que lo haga, no conseguiremos nada. Si no hay un derecho que nos avale, todo seguirá igual o peor. Vivimos ya en un mundo distópico, aunque algunos estén contentos con su suerte. La impotencia que se siente ante esta realidad por los que estamos en la parte subterránea de la Metrópolis es aterradora y paralizante.

Los únicos medios que tenemos a nuestro alcance son los Estados representativos que nos hemos creado y la débil democracia que los mantiene. El virus que nos ha enfrentado brutalmente a esta realidad, que también ha distinguido a unos grupos de otros, puede ser un revulsivo para lograr un cambio futuro ecológico y social. Pero el poder social ha de ser dignamente representado y ejercido por sus líderes limpios de corrupción e intereses privados. Hasta que no logremos eso no cambiarán las cosas, por mucho que gritemos, por mucho que haya héroes. No necesitamos héroes. Necesitamos justicia social y eso solo lo podremos hacer juntos los insatisfechos. Porque los otros harán lo imposible para seguir igual. Su nueva normalidad es la de siempre. La nuestra ha de ser verdaderamente nueva: igualitaria, justa y participativa. Sin pobres ni excluidos. Sin élites. Con representantes dignos e incorruptibles, verdaderos líderes de las bases. 

Los que sustentamos la Metrópolis

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