Lo que vale la vida de un obrero

¿Cuál es su esperanza de vida?

He vuelto a ver las famosas fotos de Charles Ebbets y, más allá de su belleza, veo la esclavitud y la miseria de unos trabajadores que, literalmente, dejaron a cientos sus vidas en los rascacielos de una ciudad que se hizo famosa por ellos, pero construida con sangre y desigualdad. En una época de crisis en donde cualquier trabajo era bueno, la gente estaba esperando a que muriese algún trabajador para poder sustituirlo y tener una oportunidad de poner alimentar a su familia.

Nueva York es un símbolo de la desigualdad contemporánea, que intenta encubrir la esclavitud bajo la forma de un salario injusto. Cada obra faraónica del mundo, incluidas las mismas pirámides de Egipto, dejan tras de sí la vida de millones de personas que han muerto por el simple capricho de uno o varios megalómanos. En algunos lugares del tercer mundo, esta esclavitud ya ni siquiera está disfrazada, sino que se acepta abiertamente como un medio de subsistencia para unos y de enriquecimiento para otros, como ya hemos denunciado desde estas páginas y que nos afecta a todos. La mayoría de las cosas de las que disfrutamos en el primer mundo, están trabajadas por manos esclavas en los países del tercer mundo, sin el menor respeto por los derechos humanos, incluida la misma vida. Incluso el gigante chino y su competidor el gigante americano, ya no disimulan su desigualdad, cada uno a su manera: unos con mano de obra barata y otros con la exclusión social.

La exclusión social es la forma más moderna de matar. No derrama sangre, se disfraza con donaciones o legislaciones sociales que no llegan nunca a satisfacer las verdaderas necesidades humanas para llevar una vida digna. Sobrevivir en el siglo XXI es ya un milagro que se nos recuerda constantemente con el goteo de muertos en el Mediterráneo, o con esas muertes de más que nos revela la actual pandemia, no debidas al virus, sino a la falta de atención social y sanitaria. Y si no, ¿cómo espera alguien que sobrevivan esos niños esclavos, o esas personas sin techo en una sociedad infectada de virus hasta la médula? Mientras unos se quejan de que no pueden montar fiestas, otros mueren en la calle sin atención sanitaria y, sobre todo, con un inmenso sentido de soledad ante una sociedad que no les considera humanos dignos de atención.

Si no tiene valor la vida humana, nada tiene de extraño que no se valore la vida de un trabajador pobre. Porque, por poner un ejemplo, ¿por qué se valora más el trabajo de un alto directivo de un Banco que el trabajo de un temporero del campo? Y no me digan que es cuestión de méritos o estudios, porque, con la escasez de trabajo, que no evoluciona a la par con el progreso tecnológico, hay muchos trabajadores que están formados muy por encima de los trabajos que desempeñan, aunque en sus contratos figuren como estudios primarios para justificar (falsamente) la escasez de ingresos, diezmados además por reducciones de jornada, temporalidad y otras salidas legales. Seguro que muchos trabajadores pobres, tienen más títulos académicos que muchos altos cargos que tienen que amañar sus currículos y títulos como alguna rara vez nos revela la prensa, en caso de que, por alguna desconocida razón, le interese hacerlo.

Al sistema productivo poco le importa la vida de los trabajadores, como vemos descarnadamente en estos momentos de pandemia, en donde la primera preocupación de los de la casta superior es que no pare la gente de trabajar, aunque en ello les vaya la vida.

Así es que las verdaderas maravillas del mundo, no son las obras prodigiosas que se han construido, sino aquellas personas que, con su vida, procuraron sobrevivir con sus hijos, muriendo en el intento, a veces físicamente y otras socialmente. Porque hay vidas que hoy se valoran tan poco, que solo se dignifican con su muerte.  No miremos hacia otro lado.   

Una megaciudad construida con sangre y desigualdad

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