Lo que vale la vida de los africanos

Una vacuna africana salvará miles de vidas

Según Lola Hierro (El País, 06/10/2121), la comunidad científica ha perseguido una vacuna contra la malaria durante más de 100 años (…)  Mosquirix fue desarrollada en el Centro de Investigación en Salud de Manhiça o CISM, en Mozambique, uno de los más eminentes espacios consagrados a la innovación médica y científica de África. La institución cumple 25 años este 2021 como pionero ejemplo de éxito de la colaboración en igualdad de condiciones entre el Gobierno de España y Mozambique. Esta es una vacuna que se ha desarrollado en África, para niños africanos y con científicos africanos. Más información

Tras la alegría de la noticia, lo primero que nos viene a la cabeza es la diferencia entre el tiempo que ha costado conseguir esta vacuna en comparación con los meses que ha costado la del Covid-19, así como la menor eficacia de la vacuna de la malaria, lo que indica que aún hay que seguir investigando.

La conclusión es sencilla: la inversión que se hace para curar las enfermedades en los países ricos no tiene nada que ver con lo que se invierte en los países pobres, de los que África es un paradigma.  Para más inri esta vacuna es resultado africano, aunque haya tenido alguna escasa ayuda externa, como la española.

No es una cuestión nueva si recordamos lo ocurrido con el VIH o el ébola que solo destapó la histeria global cuando las cosas pasaron de África a Europa, aunque fuera mínimamente como fue el caso del ébola. Enfermedades que no solo siguen cobrando sus víctimas en África, junto a otras infecciones que incluso desconocemos el común de los mortales, sino que, además, la campaña de la vacunación del Covid casi no ha llegado a los países pobres y  ha supuesto un relativo abandono del cuidado de las otras enfermedades que siguen padeciendo. Si consideramos que incluso en nuestro país se han dejado muy abandonadas otras enfermedades NO COVID, imaginemos qué no habrá ocurrido en África.

Imaginemos también el caso de que la pandemia que estamos sufriendo se hubiese cebado especialmente en los niños. La desesperación global seguro que hubiese acelerado todavía más la búsqueda de una vacuna, en lo que aún se habrían invertido más miles de millones. Y ese es el escandaloso caso de la malaria. Una mortandad terrible cada año, que no solo trae más dolor si cabe, sino que deja a la sociedad sin fuerzas de futuro. Es posible que la crueldad global haya llegado a la conclusión de que era mejor dejarles morir que dejarles vivir en un mundo cada vez más poblado. Farmacéuticas e investigadores, junto con los Gobiernos que los sustentan, han dado un ejemplo de inhumanidad peor incluso que el esclavismo y el racismo que estos países han tenido que soportar durante siglos.

No solo se les ha expoliado su riqueza en minerales, maderas nobles, animales exóticos, etc., sino que también se les ha robado su talento, sus atletas y cualquier medio de desarrollo humano en igualdad de condiciones. Los equipos de deportistas de élite están plagados de africanos que valen cientos de millones como los jugadores de fútbol.

África es nuestra vecina pobre a la que no dejamos entrar dejando que mueran en nuestras fronteras. Pasan solo algunos, los más fuertes, los que han resistido al viaje hasta la costa mediterránea y los que han sobrevivido a una travesía en patera suicida. Una selección que no es nada darwinista sino capitalista, y a los que aún se les criba dejándoles morir o devolviéndolos en caliente. Nos quedamos algunos para tranquilizar nuestras ya entumecidas conciencias.

África es solo el ejemplo, quizá el más escandaloso, de lo que se hace con los pobres: explotarlos en sus medios y en sus personas y al resto dejarlos morir con sus enfermedades multiplicadas por su pobreza y por la falta de humanidad del mundo rico. Mientras la vida se alarga en Europa a golpe de medicamentos y drogas, a ellos se les niegan siquiera los primeros auxilios.

La OMS advierte que una de las muy probables consecuencias del cambio climático con su subida de temperaturas, puede ser la extensión de la malaria a países que ya la superaron hace tiempo, o que todavía no la han padecido. Los países mediterráneos entre los que está España con sus cálidas costas a las que llegan los vientos africanos con relativa frecuencia, tienen todas las papeletas para que les toque. Entonces vendrán los llantos y la desesperación (Mt.8,12).

Una de las enseñanzas recibidas del Covid-19 es que necesitamos vacunarnos todos para doblegar la enfermedad. No lo hemos hecho así. Quizá tengamos que pagar el precio más caro de lo que pensamos. Y es un ejemplo nada más de lo que nos puede venir.

La vida de un pobre, viva lejos de aquí o en nuestros suburbios, no vale nada para nuestra sociedad. No es extraño que cuando se convierten en portadores de una enfermedad contagiosa, se considere más práctico (menos costoso) dejarlos morir. Pero luego no nos quejemos de que no podemos juntarnos a miles en un fiestón porque los contagios, quieran o no, siguen ahí.

Si un africano es un deportista cuya genética ha salido fortalecida gracias a los trabajos forzados o las carreras de cazadores de sus antepasados, ese sí vale millones, hasta que venga otro a sustituirlo.

Es muy probable que lo del juicio final no exista. Pero que la naturaleza sí que está vengándose de nuestras estupideces e injusticias es un hecho incontestable. A ver lo que aguantamos o a ver si, milagrosamente, cambiamos y valoramos a todo el mundo por igual.   

No tenemos derecho a robarles su alegría

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