Libertad, libertad

Libertad de contagio

Últimamente vuelven a salir reivindicaciones de libertad, porque algunos se sienten coartados en sus movimientos a causa de las restricciones impuestas por el Estado a la movilidad como un medio de defenderse ante el descontrol de la pandemia. Lo curioso es que el grito de libertad que históricamente ha sido abanderado por las clases inferiores, más vulnerables y empobrecidas del planeta, hoy lo enarbola la gente guapa, rica y mediática, porque se ven teóricamente privadas de libertad para seguir celebrando sus fiestas de cualquier índole. Lo peor es que a este movimiento se juntan un montón de advenedizos a los que les gusta la juerga, bien por su joven edad o simplemente por su irresponsabilidad. Pero, lo que aún es más grave, suelen ser los movimientos de la derecha conservadora envuelta en la bandera nacional, por no llamarles directamente fascistas, aunque ellos prefieren llamarse eufemísticamente neoliberales, corrompiendo así el sentido originario del liberalismo social y de pensamiento, que es otra cosa bastante más seria y, sobre todo más igualitaria.

También, a raíz del batiburrillo de informaciones contradictorias que estamos padeciendo durante estos meses de pandemia y guerra política nacional e internacional, se vuelve a pedir libertad de información, como un modo concreto de libertad de expresión, que, así como en otras épocas defendían el derecho a expresar libremente las propias  ideas por medio de palabras u obras como la expresión artística en todas sus facetas o el derecho a la manifestación, hoy toca sensiblemente a lo que se dio en llamar el cuarto poder, que ha tenido especial relevancia en los últimos tiempos como secuela de la era Trump que ha evidenciado la importancia de la compra-venta de información y de desinformación. Este es un tema que ya viene de lejos: El desarrollo del mundo contemporáneo depende de la información que se posee. De aquí surge el dicho la información es poder, pero la desinformación también es poder. Los medios de comunicación son responsables de este privilegio. Como establecen Burke, Marx y Lenin, la prensa posee un poder que es capaz de imponerse al resto de los poderes y moldear a su gusto las sociedades.

En términos generales, la idea de cuarto poder beneficia a todos los integrantes que constituyen el eje central de la comunicación. En primer lugar, a los propietarios de las empresas de información porque, gracias a esta teoría, se asimilan o son asimilados a servidores del interés público. En segundo lugar, refuerza a los periodistas porque ser practicantes del cuarto poder les convierte en profesionales normales y corrientes, defensores del hombre de calle, intérprete de sus necesidades y opiniones, y auxiliadores de una vida democrática sana. Por último, beneficia al poder político porque todo el esfuerzo y la imaginación que invierten para poner la información a su servicio carecería de sentido si el cuarto poder no se entendiera como libre e independiente. Sin embargo, el público es el gran olvidado refiriéndose a todo aquel que carezca de poder estatal, político, social e informativo. De esta manera Zegers , establece que la idea de concebir la prensa como el cuarto poder ha servido para hacer creer que el poder informativo estaría en la cima de los otros poderes: se impondría al legislativo, trazaría los criterios del judicial, y tendría la fuerza para designar, mantener o destruir al ejecutivo, condicionando a los tres poderes clásicos.

El despliegue informativo de la nada

De esto tenemos testimonios casi diarios dentro y fuera de nuestras fronteras sobre cómo la rumorología verdadera o falsa inoculada en una dosis inteligentemente medida, puede hacer caer o levantarse tanto a personas como instituciones, quedando en el desamparo más total quienes se ven afectados injustamente por ello. A pesar de que el poder judicial hace lo que puede por lidiar en estos u otros campos en los que hoy se ve constantemente sometido, la verdad es que tampoco este poder queda libre de sus propias ideologías y de sus propias corruptelas, haciendo que, en conjunto, el poder, venga de donde venga, hace lo posible por estar en buenas relaciones con la prensa, a sabiendas de que, como todo mortal, siempre puede ser cazado en alguna aventurilla fuera de tiesto que puede dar al traste con su carrera personal, sin que la mano que arroja la piedra quede al descubierto, puesto que, las fuentes de información de los media, quedan bajo el amparo del secreto profesional, que, como todos sabemos, es una mercancía más valiosa que el lingote/oro. Lo que en otros tiempos sabían los curas, hoy lo saben los periodistas. Y así va el negocio que es, sin duda, redondo.  

Claro que no todos los periodistas son igual. Y eso se ve a la legua. No hay más que ver cómo hablan los que aparecen como setas en todos los medios, que pontifican, afirman, juzgan e insinúan cosas con toda prepotencia, tratándonos a los espectadores como meros campos de cultivo y manipulación informativa, para conducir al rebaño en una dirección que a veces no es tan limpia como parece a primera vista y que, cómo no, tiene una trastienda económica del que se benefician unos pocos, los poderosos de verdad por un lado, y los periodistas escogidos en su provecho por otro.  Todos los que tenemos una cierta edad y hemos vivido el paso del franquismo a la democracia, hemos visto con claridad cómo los medios han pasado lentamente de ser un motor social de la democracia participativa, a ser un órgano de apoyo del stablishment, eso sí, dejando hablar a gentes de todos los extremos, al más puro estilo yankee. Pero el algodón no engaña y quien está constantemente apareciendo y hablando en los medios, acaba enseñando la oreja, porque un día u otro suelta paridas correspondientes a lo que verdaderamente cree y piensa y no a lo que nos quiere hacer creer. Su error consiste en creerse con más inteligencia por el mero hecho de tener a su disposición un importante medio de poder: un altavoz público que entra en millones de hogares.

Por eso, tras la publicación en el BOE del Procedimiento de actuación contra la desinformación aprobado por el Consejo de Seguridad Nacional, han salido a protestar los de siempre, los que menos se deben quejar, porque creen que se trata censurar o de coartar la libertad de expresión. Y nada más lejos de la realidad. Si se leen el documento con detención, verán que no dice nada del otro jueves y que, naturalmente, necesitará verse realizado con una colaboración de fuerzas que se irán amoldando paso a paso a la realidad contemporánea. Se trata de unas líneas generales que no condenan a nadie, excepto a quienes usan la mentira como arma política. Así es que quien no mienta que no tema que nada va a cambiar. Pero los que viven de ella o se escudan en ella para tapar sus propias vergüenzas tendrán un obstáculo más que burlar. Y eso requiere una dosis de inteligencia que no muchos poseen. La información, como la política y la vida sociodemocrática en general, deben aspirar a la transparencia y los que usan la opacidad, que a la vista de los acontecimientos demostrados son un buen número de conciudadanos con poder, sí tendrían que reformar sus malos hábitos y no creerse inviolables.

Si estuvieran tranquilos no armarían tanto revuelo.

Libertad de desinformación

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