Libertad de expresión, neurosis y paranoias

¿Libertad de expresión?

Desde hace ya algunos años los medios de comunicación han cambiado a la táctica invasiva de las noticias que venden. Esta táctica consiste en que durante un tiempo más o menos prolongado, según sean más o menos satisfactorios los resultados, nos bombardean continua y exhaustivamente sobre un mismo tema, obviando o minimizando otros temas que quizá son de mayor relevancia desde otros puntos de vista al de los editores de turno en el poder.

La crispación política que tenemos durante estos últimos tiempos está en buena parte cocinada en los medios por diversos motivos, ideológicos o éticos, pero con un gen dominante que es el interés económico. Yo creo que la nueva era de la información española nació en los últimos años del presidente González con el eslogan de bigotes Aznar ¡váyase, señor González, váyase! Ese estribillo minó todos los cimientos sociales hasta que la oposición, al fin, logró su propósito.

Esta técnica se ha mantenido desde entonces, aunque, como es natural y así lo pretende, el tono va subiendo octavas hasta llegar a límites realmente insoportables para nuestros delicados cerebros especialmente vulnerables tras un año de pandemia sin fin que ha comenzado a minar nuestro equilibrio psicológico, bien en un sentido neurótico depresivo, bien en un sentido paranoico de persecución por parte de unos culpables irreales.  Unos están agotados y esperando una vacuna salvadora que los saque del agujero, y otros están felices buscando culpables individuales o colectivos que les soluciona la situación todavía no asumida de cambios de paradigma en nuestras conductas. Los menos, no sabemos cuántos, pues también son los menos ruidosos silenciados por los medios, son los que se mantienen cuerdos y con la mente despejada tratando de salir del paso y buscando con todos sus medios soluciones positivas.

Con este telón de fondo, nos enfrentamos al siempre vidrioso tema de la libertad de expresión, uno de los derechos fundamentales más preciados de nuestra sociedad democrática, pero que, a su vez, como todo bien, puede ser utilizado para mal, como la energía nuclear nunca concebida para hacer bombas.

En nuestro derecho creo que están bien definidos los delitos de odio (que incluye la violencia y la incitación a ella) o el derecho al honor (que incluye el código penal contra las mentiras y calumnias). Ambos aspectos serían suficientes para regular lo que debe considerarse un límite a la  libertad de expresión, pero parece que a algunos no les basta con eso.

Quizá habrá que afinar más en el derecho dado el efecto multiplicativo de la libertad de expresión con los adelantos tecnológicos en información y comunicación.  No hay que olvidar que no es lo mismo hablar en la esfera privada con personas amigas o conocedoras del sentido de nuestras palabras, que decirlas o escribirlas en un medio abierto al público. Cuanto más alcance tengan estos medios y más dimensión pública tengan las personas, sus palabras, que en principio pueden ser inocentes o dichas con ironía o sarcasmo, se pueden traducir por una violencia contraria a su intención. Es decir, que deberían expresarse de un modo que ayude a discernir inmediatamente el sentido literal o figurado de las palabras, así como la intencionalidad de quien las pronuncia.

Yo mismo utilizo en privado algunas expresiones que no utilizaría en público, referido a algún concepto o persona. Por ejemplo, en este artículo he nombrado al bigotes Aznar, pero nunca pondría ¡muerte a los Aznar! La primera expresión da una pista irónica sobre mi distanciamiento ideológico con ese señor, pero la segunda implicaría una clara animadversión e incitación a provocar sufrimiento e incluso muerte al colectivo que tal señor representa en el imaginario social.  Aún así, en privado podría utilizar la expresión quedando claras mis intenciones de oposición y no de ataque homicida. Y mi caso no es único ni raro. ¿Quién no ha dicho más de una vez alguna frase liberadora de una tensión que de ningún modo desea que se cumpla literalmente? La expresión muérete suele ser un eufemismo, aunque a veces incluso se pueda desear de verdad en algún momento de ofuscación o dolor.

Todo esto viene a cuento al bombardeo político y mediático referente al rapero Hasél de quien yo mismo publiqué en las redes uno de sus raps referido al ciudadano Felipe VI (porque era un desconocido para muchos, incluido yo mismo) pero me niego a publicar su rap titulado Muerte a los Borbones. La razón es porque se trata de una afirmación pública que va a ser entendida de diversas maneras según quien la escuche y al final ha de decidir un juez. Yo odio al capitalismo, pero no se me ocurre decir ¡muerte a los capitalistas!, sino que exijo igualdad de oportunidades e inclusión para todos en un contexto de justicia social. Matar a un Borbón no va a acabar con la monarquía que exigiría un cambio constitucional. Matar a un capitalista concreto no acabaría con el capital. Hay vías de participación ciudadana que pueden cambiar las cosas, si se quiere.

Y lo mismo cabe decir de los corruptos. Odio la corrupción como un virus que mina la democracia, pero jamás diré en un escrito publico que hay que matar a los corruptos y menos con sus nombres propios, sea rey, empresario, político, noble o poderoso. En todo este asunto creo que hay una verdadera mala voluntad en la oposición política que ha achuchado a la sociedad neurótica y psicótica a la violencia que no tiene nada que ver con la discrepancia. Han utilizado el hecho para atacar directamente no solo a los que han actuado con violencia sino también y, sobre todo, a quienes representan la disidencia política en España, diciendo que son ellos los culpables.

Desde aquí les digo, como inscrito en UP, que, si yo tuviera la más mínima duda de que en esta formación política, comenzando por su presidente, hubiera la más mínima concesión a la violencia, me daría de baja inmediatamente, aparte de que nunca podría ser un partido legal. Quienes hacen tales acusaciones, han llevado a los tribunales montones de causas que han quedado todas archivadas. Pero hay que llamar a las cosas por su nombre y, sobre todo, escucharse. Lo que está ocurriendo hoy en España, que Ayuso ha calificado ya de preludio de guerra civil es un peligrosísimo juego con el fuego de la democracia, en donde se aprovecha la demonización de algunos para ocultar la corrupción de otros. Todos olvidan que están hablando en público y la violencia también es verbal. Si eso lo vamos oyendo una y otra vez en los medios acaba con nuestra paciencia, pudiendo llevar a una mayor inestabilidad social y posible violencia. No hay que callar, pero tampoco hay que mentir y, sobre todo, no hay que alzar falsos testimonios que algún día caerán sobre los que ahora acusan o palmean.

Y al Gobierno le pido unidad interna por encima de toda discrepancia. Si dicen que somos democracia plena demuéstrenlo y no hagan o digan por detrás lo que no hacen ni dicen por delante.

Actuemos por la democracia

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