La yenka política y el ave Fénix

Ya no salen bailes o canciones del verano y, al final, las echas de menos, porque era algo que lo podía cantar y bailar todo el mundo, fuera cual fuera su entorno social. Este caluroso verano, quizá el primero del apocalipsis, viene acompañado de una tormenta política, también de dimensiones apocalípticas, para no desentonar con el entorno caótico que se ha ido labrando estos últimos años con respecto a las ideologías y políticas que conmueven a nuestro país, a Europa y a todo el mundo.

Como ya tengo cierta edad, la situación me recuerda a una canción, la yenka,  editada en 1964 y elegida canción del verano en 1965, con una repercusión total en España, que todos los que vivíamos entonces no olvidaremos. Y me recuerda a la política de hoy porque la esencia de la canción y del baile era pasar de la pierna izquierda a la derecha varias veces, para ir saltando adelante y atrás sin una dirección predeterminada. Lo cual implicaba necesariamente que, si se quería bailar en grupo, había que pactar previamente hacia qué dirección iban a ir nuestros saltos, si no queríamos chocar los unos con los otros. Si ocurría eso, parecía hacer gracia, pero irremediablemente el caos producido terminaba con el baile y cada uno acababa saltando hacia la dirección que le apetecía.

A estas alturas creo que ya se pueden ir haciendo una idea del paralelismo con los saltos políticos de algunos de nuestros inefables partidos y del consiguiente caos por su nulo sentido de la armonía y del ritmo que supone trabajar juntos en una dirección, aunque esta sea cambiante, cosa poco saludable en política. Porque los cambios de chaqueta continuos, adobados con traiciones e insultos cruzados, no creo que sean ejemplo para ningún español del futuro que desean. Dan una visión tan pobre de la política, que no sé cómo han llegado al puesto que han llegado. Pero eso sí, hagamos autocrítica y digamos que si están donde están es porque nosotros les hemos elegido. Les hemos perdonado todo y ellos nos lo agradecen ensanchando las brechas entre el centro y la periferia y entre la derecha y la izquierda. Se mire en la dirección que se mire, el abismo se ha engrandecido. Los que todavía no hemos caído, nos tememos que, a este paso, pronto caeremos.

Pero tras esta rápida autocrítica, tengamos clara una cosa: que ellos están ahí porque nosotros les damos el poder. Y si no cumplen, somos nosotros los que los tenemos que echar, porque ellos por sí solos no se van. Todos hablan como intérpretes de lo que queremos los españoles, cuando no son capaces de saber lo que quieren ellos como partido. Estar a buenas con todos y a la vez ser blanco y negro, no es posible. Hay cosas que son o no son, principio básico de la metafísica. Así es que a mí que no me nombren, como si alguno supiera lo que pienso o lo que quiero. Los políticos que de verdad lo saben, están ahí machacados por el poder. Cada vez que habla la pequeña izquierda con la que me identifico, sale en tromba la derecha trifálica junto con los que dicen ahora que son del centro (estilo yenka), para machacar a los populistas, anticonstitucionalistas, a los comunistas y a la extrema izquierda que se casa con separatistas y terroristas. Todo eso por llamarles derecha a la cara (incluido al supuesto centro)

Hace unos pocos años, sobre todo a los comienzos de Unidas Podemos, se hablaba de centro-periferia , frente a la clásica división izquierda-derecha de la política. En parte la afirmación sigue siendo cierta, en cuanto que, globalmente hablando, el mundo se ha divido entre centro y periferia, entendiendo por centro los que poseen el poder económico, que implica el poder tecnológico y de la información, y por periferia todos los que están excluidos de ese poder, que son la mayoría de países y ciudadanos. Se traduce en términos de riqueza/pobreza, remitiéndonos a la antigua división en dos clases, la rica y la pobre (ya no capitalista/trabajador) sin tener ya connotaciones siquiera con el trabajo, puesto que la naturaleza del trabajo ha cambiado esencialmente de ser fuerza transformadora de la realidad, a ser la fuente de poder de unos pocos que utilizan la mano de obra de bajo coste a su propio interés. El trabajo, hoy un falso lujo, en general, ha perdido su papel de dignidad humana, para convertirse en un elemento cada vez menos necesario del capital, que se apoya en el nuevo trabajo de la tecnología y del espionaje I+D+I.

Dicho esto, hoy tenemos un nuevo fenómeno curioso, que es la brutal guerra ideológica de las derechas tras haber perdido votos proclamándose de centro. Y en esta lucha también entra una parte importante de la antes llamada izquierda, que ahora quiere llamarse centro equilibrado y de sentido común. En todo caso les admito el término socialdemocracia, que en purismo, solo debería aplicarse a ciertos países del norte de Europa. Pero no hay que olvidar que la socialdemocracia, madre del Estado social, es hija del capitalismo, y eso, queramos o no, es un virus letal que difícilmente se puede mantener a raya, como vemos confirmado con la realidad presente, en donde el poder económico ha ido debilitando poco a poco a los Estados sociales y con ellos a la socialdemocracia.

La parte de la izquierda ha quedado reducida a un grupo cada vez menor de gente inconformista con las bases capitalistas de la democracia actual. Porque no ha sido capaz de acabar con las brechas sociales, cada vez más profundas. El marxismo ha sido históricamente la única ideología que de verdad se ha enfrentado a este problema, intentando crear una sociedad sin estas escandalosas diferencias, que significan en gran medida, poder sobrevivir sin dignidad. Porque la dignidad es algo que evoluciona con la tecnología. Hace unos años la dignidad consistía en tener comida, techo y trabajo. Hoy la dignidad pasa por tener lo mismo pero con los niveles que la tecnología nos brinda. Una persona que no tenga acceso a internet, por ejemplo, está excluida de la sociedad, aunque ni siquiera llegue a ser élite. Esta élite cuenta con informáticos que trabajan para sus intereses de clase.

La aplicación del comunismo a niveles políticos de Estado ha sido nefasto. Yo pienso que a nadie se le puede obligar a ser comunista, porque eso implica renunciar a algo de lo mío, en favor de los que tienen menos. Implica aceptar un régimen comunitario, en donde no existe la propiedad privada, porque todo es de todos, y no todos están dispuestos a aceptarlo. Esto, que se ha podido llevar en sociedades concretas a pequeña escala ( o no tan pequeña, como las comunidades de inspiración religiosa o ética), no se ha podido resistir a gran escala por la misma corrupción del sistema, tentada continuamente por la oferta de la propiedad privada del capital.  

Pero ahora la pregunta es: ¿estamos todos dispuestos a tragar con las exigencias del capitalismo? Porque el resultado ya vemos cuál es. De igualdad nada. La mayoría del mundo no tiene derechos, aunque en papel se hayan aprobado Tratados internacionales, políticas sociales y bla, bla, bla. El capitalismo sabe muy bien cómo ganar adeptos, dándoles algo de lo que les sobra a los poderosos. Tengo unas comodidades y vivo mejor que muchos. Mejor callarme y dejar las cosas como están. Ese es el pensamiento que rige nuestra sociedad. Y todo lo que se sale de ahí, ya es extrema izquierda.  Aunque esté esclavizado a una hipoteca, a un trabajo precario y a una discriminación social por motivos caprichosos, estoy mejor que en otros sitios donde ni siquiera tienes derecho a vivir y, si vives, es para que te exploten los otros.

Yo creo que estamos aún peor que en los tiempos de Karl Marx. Entonces la explotación se hacía a la luz del dia, pero hoy está disfrazada. Keynes se esforzó honestamente en sentar las bases de un capitalismo social, base de la democracia, que sirviese de freno al capital por medio del intervencionismo del Estado. Estoy de acuerdo con él en casi todo, pero ha perdido la guerra. Hasta ahora, todo el que se ha enfrentado al capital ha perdido, incluida la economía social que busca la estabilidad presupuestaria por encima de todo en un sistema de endeudamiento sin fin y de crecimiento desbocado de la economía y del dinero. Ver discurso completo de Keynes.

La izquierda, por lo tanto, debe resurgir de sus cenizas como el ave Fénix y acudir valientemente a sus principios, adaptados a la sociedad de hoy. No hay que dejarse vencer, porque sólo la izquierda puede acabar con la brecha social, un cambio necesario, porque más pronto que tarde, tendrá que llegar el cambio que posibilite la supervivencia de la especie humana. Mi único deseo es que eso no signifique derramamiento de sangre. Pero no se sabe. La historia, hasta ahora, ha demostrado lo contrario.

El ave Fénix de la Izquierda

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