La violencia como modo de comunicación

Desde el ya clásico libro de Konrad Lorenz sobre la agresión, hemos aprendido a distinguir bien entre la agresividad que tenemos los animales en defensa de nuestra vida individual y de nuestra especie y la violencia que la OMS define como el uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte. Mas información

La violencia ha sido asumida en nuestra sociedad como un modo de comunicarse habitual en sus muy diversas formas que, sin embargo, nosotros hemos depositado en el Estado como el único legitimado para ejercerla de forma reglada en defensa de nuestra sociedad y de nuestros propios derechos individuales.

La violencia que hemos acabado considerando menor, es esa que no nos empuja a plantearla como un problema ante un juez, o expresarla con una protesta pública. Es esa de la vida diaria que, sin embargo, como indica su propia definición, siempre tiene la intencionalidad de lograr un daño gratuito en el otro, sea de tipo doméstico, político o simplemente relacional. De eso saben muy bien las mujeres y todos aquellos que pertenecen a los llamados grupos vulnerables, puesto que, dentro de cada determinada sociedad, se considera normalizada la violencia ejercida contra ellos: por su físico, por su nacionalidad o cultura, por su estatus, por su género y un sinfín de cosas que se convierten en lo que llamamos discriminación por una causa ilegitimada constitucionalmente en nuestro derecho social.

Quienes ostentan un cierto poder mediático saben muy bien que se pueden convertir en una caja de resonancia influyente en las masas ciudadanas que, en muchas ocasiones (por no decir la inmensa mayoría) se deja influir por las conductas y palabras de quienes considera sus modelos. Y es aquí por donde, en nuestra sociedad contemporánea, digitalizada como nunca hasta ahora se había logrado, la violencia entra diariamente por nuestros sentidos, en forma de imágenes de violencias extremas, preferentemente lejos de nuestro entorno, pero a la vez, acompañadas de una violencia verbal para los asuntos que nos conciernen en nuestra vida social, tales como las disputas políticas, religiosas, éticas, jurídicas y sobre todo de nuestros derechos, que consideramos violados en muchas ocasiones por la intencionalidad de la persona mediática que nos habla y que, de este modo, utiliza su legítimo poder como un modo ilegítimo de manipular a quienes quizá tienen menos recursos culturales o simplemente son seguidores de sus ideologías, en principio legítimas, pero que van acompañadas del ataque ilegítimo contra quienes piensan de modo distinto. Y en esto funciona muy bien la mensajería subliminal de la que nos advirtió Freud hace ya mucho tiempo que, de un modo más o menos consciente, hace que el espectador acabe aborreciendo o juzgando erróneamente a una persona solo por la descalificación gratuita de su oponente modelo.

El ejemplo de Almeida, que ostenta cargos públicos que implican poder e influencia de opinión, nos ilustra hasta el paroxismo de hasta dónde es capaz de llegar esta violencia menor, convertida en letal intencionadamente. Ante el horror que nos regalan los talibanes entre los miles de malas noticias que nos desgracian la vida, su intención es acabar con el presidente Sánchez, que interrumpe su descanso veraniego para capitanear la logística urgente de sacar al mayor número de ciudadanos afganos en medio de tanta violencia. Y le critica, nada más y nada menos, que no haya hecho nada, cosa a todas luces mentira, puesto que ha colocado a España en el centro de operaciones más importante del mundo en apoyo del pueblo afgano. Pero la guinda llega cuando lo acusa de que acuda con alpargatas a la coordinación logística telemática.

¿Es clasista el señor Almeida? ¿Él se acuesta con botines y frac? ¿O es, como me temo, un cretino integral que sigue las directrices de su partido que le hace decir las más absurdas barbaridades como vocero torticero, cuya finalidad es atacar con toda la violencia posible al Gobierno, con cualquier excusa?

Esa violencia que derrochan tanto él como los que piensan como él, que son muchos lamentablemente, es lo que llega a los ojos de mayores, medianos y menores. Algunos estúpidos se lo toman en serio, otros lo ven como un chascarrillo de mal gusto, pero el mensaje de violencia y odio está dado. Esa violencia que va calando en nuestra sociedad que se traduce en agresiones callejeras a la policía, a los diferentes, a quienes no piensan igual, aunque sea para hacer botellones o no llevar mascarilla.

Así es que yo le acuso a él, a su partido y a sus satélites fachas de sembrar odio en nuestro país. Ese es un delito grave. Pero Vds. lo disfrazan de chiste. Un chiste macabro que acabará revolviéndose, porque al final son los hechos y los resultados lo que cuentan. Vds., aparte de vociferar mentiras y acusaciones estúpidas, no ofrecen nada. No contribuyen a la paz social, ni a los intereses de nuestra sociedad. Váyanse y dejen que ocupen otros su puesto. Un poco de honestidad no nos vendrá mal en estos momentos tan difíciles de nuestra historia.

Les espardenyes de l’Almeida

Deja un comentario