La última fortaleza

Muros tan crueles como inútiles

La curiosa tendencia humana a poseer una porción de tierra y a sus habitantes, defendiéndola frente a todo aquel que sea extraño, ha provocado a lo largo de los siglos la construcción de líneas divisorias entre territorios, convirtiéndolas en murallas como muestra de poderío ante todo el que lo ponga en duda. Eso no ha dejado de ser así hasta el día de hoy, en donde se conservan muchas de estas fortalezas activas como signos de fuerza, al estilo de la muralla china, dejando claro que las fronteras son, además de una declaración de propiedad, una amenaza para quien se atreva a cruzarla sin permiso.

Nuestras actuales fronteras suponen una superación de aquella ilusión amurallada de doble filo, puesto que, si por casualidad el invasor era más poderoso militarmente, quedaban encerrados en una ratonera sin solución.

La cuestión es que hoy, a pesar de tantas fronteras, los países se han difuminado, las razas se han mezclado, las culturas se han confrontado y, sobre todo, la subsistencia se ha convertido en algo de comercio interfronterizo a escala global.

Así es que las murallas visibles existentes (más de lo que parece) solo son disuasorias pero inútiles si un contrincante más poderoso las derribara solo con apretar un par de botones rojos. Claro que, en una sociedad tecnológica tan avanzada, ese acto provocaría una reacción en cadena que acabaría total o parcialmente con toda la población. Si siempre se ha dicho que en una guerra todos pierden, hoy es una verdad incontestable.

Pero en vez de poner los esfuerzos en colaborar y abrir las fronteras, como se dice en la mayoría de las normativas internacionales, se sigue con una serie de guerras de guerrillas que solo perjudican a los más pobres, haciendo que la parte rica de la humanidad viva más holgada y despreocupadamente.

Pero eso era hasta ahora. Los movimientos migratorios que en algún tiempo fueron realmente positivos para ambas partes, en la actualidad se han convertido en una huida desesperada de los países de origen, sumidos en el caos de las tiranías, de los fanatismos de todo tipo y de la exclusión de lo diferente. Son muy numerosos los países que ven en los disidentes a verdaderos enemigos públicos y estos han de huir por necesidad para salvar sus vidas de la pobreza y la exclusión. La migración se ha convertido en algo de alto riesgo que necesita de una verdadera protección internacional.

En realidad, la última fortaleza no existe como algo puntual en un lugar u otro, sino que está en todas partes, allá donde hay una brecha social y en donde unos pocos se atrincheran en sus murallas visibles o invisibles y dejan fuera a quienes por una razón u otra no caben en su comprensión del mundo.

La verdadera fortaleza es una especie de entidad global, cuyas murallas las constituyen sus diversos fanatismos ideológicos, políticos o religiosos, esparcidas por todo el mundo, asolando países enteros, colectivos vulnerables o personas que se atreven a ir contra ellos. Es tanto su poder, que ya estamos acostumbrados a vivir en la contradicción de defender unos derechos por un lado y estar violándolos por el otro.

El caso migratorio es hoy uno de los ejemplos más evidentes por la cantidad de personas y colectivos que incluye y por la cantidad de sufrimiento y muerte que conlleva. Y la respuesta ha de ser global, capitaneada sobre todo por aquellos que ostentan más poder, si es que de verdad comprenden que es un problema de todos. Incluso desde el punto de vista económico, sería más rentable apoyar a solucionar sus problemas locales y nacionales, acabando con las dictaduras, extendiendo las tecnologías, los medios de producción autónoma y, sobre todo, educando en la cultura de la tolerancia, de la armonía planetaria como residencia global y los valores que recogen los derechos humanos.  

Si no se refuerza el derecho internacional con una capacidad sancionadora que afecte a los verdaderos culpables y no al pueblo inocente, nunca llegaremos a una equidad respetuosa con el medio ambiente y las personas.

Si no se derriban los muros que nos separan y se acaba con la fortaleza de unos privilegiados, seguiremos en una mediocridad sufriente hasta que la bomba social estalle, si antes no nos obligan a poner remedio los cambios de la naturaleza a la que estamos castigando.

Las opciones siguen abiertas mientras haya gente dispuesta a vivir de un modo diferente, como nos demuestra la gran cantidad de personas que se dedican a la ayuda desinteresada de los migrantes o de quienes buscan la libertad de expresión.  Solo falta que quienes viven en la zona de mando de la fortaleza se convenzan de que también ellos se juegan la vida y de que, algún día, ya no tendrán oportunidad de volver atrás porque los muros ya podrán ser derribados desde fuera.

El sueño de una canción global

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