La teoría de Dorian Gray

Hace tiempo que sostengo lo que yo llamo la teoría de Dorian Gray, porque he comprobado que aquellas personas con carácter amargado, que pasan su vida incordiando y tratando de hacer daño de un modo u otro a quienes se cruzan en su camino, terminan convirtiéndose en lo que dicen y hacen, incluso físicamente. Sí, no solo porque se quedan aislados con su amargura, ya que nadie quiere relacionarse con quien les está mordiendo continuamente, sino que su cara, y suponemos que el resto del cuerpo, que no solemos ver, cada vez se convierte en algo más desagradable. Y los que están a su lado, lo hacen por conveniencia. Lo saben.

Son muchas las voces científicas que hablan de que las expresiones del rostro que vamos realizando a lo largo de los años, acaban configurándonos, así como los surcos que van surgiendo siguen el camino que más habitualmente seguimos con nuestros gestos. Esto tiene relación también con las teorías budistas de que nuestras costumbres, buenas o malas, van dejando su huella en nuestros cerebros, de modo que repetimos más fácilmente aquellas que ya hemos convertido en hábitos. El que practica la bondad se vuelve poco a poco bondadoso. El que se empecina en la maldad, acaba siendo maldito.

Y no olvidemos los ojos, verdaderos espejos del alma, con los que es difícil engañar a nadie, aunque se puede lograr con la habilidad del hipócrita mentiroso. Sin embargo, el paso de los años nos va colocando a todos en nuestro sitio y cuando vemos a un anciano o anciana, vemos que algunos nos producen ternura al mirarlos y otros, sin embargo, verdadera repulsión. No es su fealdad, sino su actitud lo que les afea.

El pacto con el diablo de tratar de ser por fuera lo que no se es por dentro se acaba reflejando en el exterior y esto lo podemos comprobar sobre todo con los personajes públicos que hemos visto bastantes años sobre todo por la caja tonta. Y, aunque podría poner muchos ejemplos que apoyan mi teoría, no los nombraré por respeto, aunque sí voy a nombrar al causante de este aparentemente poco científico artículo: El ex bigotes Aznar que cada año que pasa habla más y más, diciendo barbaridades y mentiras intentando hacer daño no solo a sus enemigos políticos, que son todos excepto él, sino que ahora se atreve también con los empresarios y obispos, de siempre los aliados de la derecha rancia que representa.

Ya ha dejado de ser derecha. Es la referencia ultra de toda la era democrática española de infeliz memoria. El que pone de ejemplo a la muñeca diabólica (¿siguen el paralelo?) madrileña de lo que tiene que hacer un político: no mantenerse discreto y trabajando por el bien de todos, sino removiendo la basura y convirtiendo sus manías y locuras en orgullo nacional.

No hay por dónde cogerlos y Aznar es su voz más representativa. Sus seguidores no le fallan. Cada vez más endiablados, cada vez más una sombra de lo que pudieron haber sido si hubiesen optado por el camino de la sinceridad y la honestidad. Gente como esa es la que hace daño a España y no la libertad política y de expresión de los que piensan lo contrario a él.

No sé si será creyente, pero desde luego no lo parece, ya que se ha puesto a sí mismo en un pedestal divino. Porque a él nadie le dice lo que tiene que hacer o lo que no tiene que beber cuando conduce. Está por encima del bien y del mal, por encima de España y los españoles que, aparte de él, somos casi 48 millones. La Constitución solo la entiende ÉL y sus acólitos (nunca mejor dicho).

Sí, su cara hace juego con su presunta alma. El de los pies sobre la mesa al lado de los dos payasos más grandes del mundo que se mofaban del ANSAR  con puro y acento tejano mientras disparaban una guerra, el que mintió con los terroristas islámicos y el que se libró de una bomba, esta vez sí, porque dios o el diablo lo dispuso (quizá los dos, para ponernos a prueba).

Haría bien en callarse aunque sea un minuto y reflexionar, si es que todavía le queda algo de luz en su oscuridad, porque hasta ahora su libertad de expresión es nuestro castigo eterno. Y no nos lo merecemos.

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