La sociedad medicalizada


Joan-Ramon Laporte: In-seguridad de los medicamentos

Una de las características del primer mundo es la medicalización social. Se toman medicamentos con la misma naturalidad que nos conectamos a la red, o emprendemos un viaje a cualquier rincón del mundo. Pero no nos planteamos si tanto viaje es bueno para el planeta, o si tanto medicamento es bueno, al final, para nuestra salud. La búsqueda del placer inmediato y de la despreocupación en medio de una sociedad estresada, nos hace pasar de plantearnos nada y nos tomamos las píldoras con fe ciega en el médico que te las prescribe, si es que te producen el efecto que buscas. Porque si no, cambiamos de médico.

Alfons Polo nos remite a un interesante artículo sobre una entrevista realizada a Joan-Ramon Laporte. Laporte es catedrático de farmacología y ha sido jefe de farmacología del Hospital Universitario Vall d’Hebron y director del Instituto Catalán de Farmacología. De esta entrevista, subrayamos algunas ideas para nuestra reflexión.

Su experiencia, como él mismo explica, se ha desarrollado alrededor del descubrimiento y la evaluación de los efectos indeseados de los medicamentos, estudios de utilización y auditoría de los medicamentos, la elaboración de protocolos e informes de evaluación de nuevos medicamentos y protocolos de investigación. Laporte valora  que sí hay una medicina que mira las a las personas pero que, por influencia de la industria farmacéutica, pero también de la industria diagnóstica, cada vez se miran más los indicadores y menos las personas .

Su activismo se ha traducido, entre otras cosas en crear una ficha de cada uno de los artículos que ha leído desde que terminó la carrera. Con la aparición de Internet tuvo que digitalizar 26.000 fichas. Ahora, tal vez lleva más de 90.000 y están todos recogidos en una web de la Fundació Institut Català de Farmacologia. Denuncia en este sentido que, entre los indicadores de calidad asistencial de los médicos, se tiene en cuenta qué medicamentos prescriben pero no la cantidad: hay mucha gente que toma un medicamento pero luego nadie se cuida de decirle que pare. La gente debe preguntar al médico cuál es el objetivo, si terapéutico o preventivo o de qué tipo, por cuánto tiempo, y si puede interactuar de manera desfavorable con los medicamentos que ya está tomando.

Otro elemento que Laporte destaca sobre cómo está cambiando la medicina es la medicalización del malestar. Como ya explicaba el psiquiatra  Alberto Lobo Ortiz en otra entrevista,  la hiperindividualización de esta sociedad neoliberal transforma el sufrimiento en enfermedad y lo medicaliza.

Laporte no responsabiliza a los pacientes sobre estas dinámicas, sino que apunta a una cuestión de mal gobierno del sistema de salud que pretende que los médicos mejoren su práctica a base de aplicación de protocolos y de guías de práctica clínica que, añade , están inspiradas en gran parte por laboratorios farmacéuticos y en muchos casos las  financian.  Después se miden los indicadores de calidad asistencial por las cosas que dicen las guías de práctica clínica, pero estas, por la inspiración de los laboratorios por un lado y después porque son guías de enfermedades  aisladas, hacen que los pacientes reciban muchos más medicamentos de los que necesitan o que pueden tolerar.

Esto está generando una patología causada por medicamentos  y añade, citando a otros autores, que los medicamentos son una causa muy importante de muerte: de hecho, hay voces que dicen que es  la tercera causa de muerte aunque no se pueda cuantificar: Tú clasificas las causas de muerte como directas, según el aparato o sistema afectado, o indirectas, como serían el tabaco o los medicamentos. Como los medicamentos pueden producir cáncer, la muerte vendría cuantificada como cáncer. No quiero decir que no debemos tomar medicamentos pero sí tenemos que reducir el número que tomamos y sobre todo la polimedicalización de las personas mayores.

Ve como una manipulación del pensamiento médico que la Agencia Europea del Medicamento, que en su opinión sirve más a intereses privados que a la ciudadanía, cuando aprueba un medicamento todo el mundo corre a prescribirlo cuando este simplemente cumplía los requisitos legales para darle la luz verde de comercialización. Laporte defiende que estos medicamentos que se aprueban y se determinan como eficaces no tienen por qué ser mejores que otros que ya existían. Critica de hecho que el 50% de los ensayos clínicos en el mundo no han sido publicados: es obligatorio que por ley si empiezas un ensayo lo registres pero en muchos Estados después no es obligatorio publicarlo. La legislación acostumbra a definir la eficacia como superioridad al placebo en uno o dos ensayos clínicos. Ahora, la ley no dice que especifiques si el ensayo se ha hecho 8 veces antes de conseguirlo. Ahora ya no vale la excusa de que no te lo han aceptado en ninguna revista porque colgarlos en internet es gratis.

Así pues, nos encontramos, por un lado, con un sistema médico que cuantifica a sus pacientes por enfermedades y, por otro, utiliza el criterio farmacológico para su tratamiento, sin tener en cuenta la complejidad humana y las consecuencias del abuso químico de las soluciones aportadas, tales como dependencias, nuevas enfermedades y muerte. Yo reconozco que no me suelo mirar los efectos adversos de los medicamentos porque me dan miedo. Y, por otro, también reconozco que a veces estoy literalmente enganchado a un psicofármaco recetado por miedo al mono y no afrontar otros modos más saludables de mejora, pero que exigen un conjunto de cambios conductuales.

Así es que, como siempre, nos hemos de plantear el sistema de salud que estamos creando entre todos. Me recuerda al clásico ejemplo de la rata estimulada en su área cerebral del placer, que prefiere morir de inanición antes que dejar de darle a la palanquita estimuladora. Estamos acostumbrados al placer y a la desaparición del dolor de forma inmediata, cosa que en principio está muy bien, pero no lo es tanto si eso nos lleva a otras enfermedades o a la muerte. La que se frota las manos es la industria farmacéutica y los médicos que se dejan deslumbrar por ella, aunque sea a base de sobornos. El aspecto del negocio desvergonzado de las empresas farmacéuticas no hay que olvidarlo. Este aspecto no se toca en la entrevista, pero subyace en todo este asunto. La cura, película estrenada en 2014, nos sorprendió con un planteamiento que refleja, sin tapujos, la verdadera cara del negocio de los medicamentos.


Las farmacéuticas nos conocen muy bien

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