La salud, una cuestión de Estado

Aquí deberíamos encontrar los principios rectores frente a la pandemia….

El Artículo 43 de nuestra Constitución establece que:  1. Se reconoce el derecho a la protección de la salud. 2. Compete a los poderes públicos organizar y tutelar la salud pública a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios. La ley establecerá los derechos y deberes de todos al respecto.

Ahora bien, como ocurre en la mayoría de sus artículos, su contenido queda sometido a la interpretación legislativa, así como su traducción en políticas concretas, que, en nuestro país, pasa por el cribado de las distintas Comunidades Autónomas. El problema de base radica en las garantías que con respecto a este derecho se aportan en las diversas normativas tanto a nivel estatal como autonómico.  Algo que no ayuda mucho es que este artículo no es considerado dentro del ámbito de los derechos fundamentales en sentido de garantía máxima, sino que cae dentro del capítulo de los principios rectores de la política social y económica, como ya hemos explicado en esta misma web. Esta clasificación como principio rector no es inocente, puesto que deja mucho más aún a la interpretación y a la libre disposición de medios el cumplimiento de estos artículos que pueden variar espectacularmente de una política a otra y, por tanto, de una Comunidad a otra, regida por diferentes partidos.

La expresión cuestión de Estado queda vacía de contenido, si no se le da un carácter obligatorio y sancionable, que se debe aplicar en todo el Estado. En su sentido originario, haría referencia a ciertos secretos importantes que es mejor que la ciudadanía no sepa por un bien social mayor, cosa ya en principio dudosa, puesto que, por ejemplo, la corrupción del Jefe del Estado pudo ser una cuestión de Estado, dejándonos en la ignorancia de la verdadera cara del rey hoy caído en desgracia. Si algunos hechos se hubieran hecho públicos por cuestión de Estado y no se nos hubiesen ocultado, no cabe la menor duda de que las cosas hubiesen ido mejor y, desde luego, diferentes. Y eso cabe aplicarlo a muchas otras cosas, por ejemplo, al sin fin de datos sobre la corrupción generalizada en nuestro país, que tanto dinero, tiempo e ilusiones nos han hecho perder.

Durante la pandemia se ha hablado continuamente de la primacía de la salud general como una cuestión de Estado sobre todo lo demás, incluida la economía. Pero las interpretaciones autonómicas y políticas han sido distintas. Hemos tenido que soportar contradicciones entre unos y otros a nivel regional o nacional en donde la prevalencia se ha encaminado hacia la salud o hacia la economía de modo excluyente, creando mayor desorientación en la ciudadanía general entre los que, algunos muy pacientemente, hemos ido siguiendo las directrices sanitarias, que no las políticas, porque estas han fracasado estrepitosamente.

Hoy, que mantenemos los cierres perimetrales autonómicos y restricciones varias en las Autonomías, nos encontramos con la contradicción de que pueden venir turistas extranjeros a nuestro país, mientras nosotros no podemos visitar a un familiar que resida en otra comunidad autónoma. Y lo peor es que vienen de países con mayor incidencia de la pandemia, aunque esto es una variable que va cambiando según las insensateces que se cometen de todo tipo. La Comunidad paradigmática es, de nuevo, Madrid, que no cierra sus fronteras, aunque las demás las tengamos cerradas, y se ha convertido en el destino del turismo de borrachera francés. Una vez más Madrid da la talla, aunque no es la única, como Canarias y Baleares, que tampoco tienen inconveniente alguno en traer el virus turístico, aunque nos vaya la vida en ello. Y sí, lo de Madrid al cielo se ha convertido al fin en una verdad, porque es un nido de infección para España y para los países de procedencia, a juego con los corredores turísticos de las islas y de quién sabe a dónde más.

Sería una profunda cuestión de Estado que el Gobierno central junto con la autoridad sanitaria central en armonía con las indicaciones de la OMS llevaran la batuta en esta cuestión, imponiendo y sancionando normas útiles para todos.

Pero no, el caos sigue y ensombrece la poca esperanza en una salida progresiva de la pandemia que la precaria vacunación, víctima de la mercadería farmacéutica, nos prometía. Ahora veremos que pasa en estos puentes que se avecinan, en donde la falta de poder central presumiblemente nos lleve a la temida cuarta ola, como ya está comenzando en otros países cercanos o lejanos. Hasta un buen Estado Federal está armado de una fuerte normativa estatal que impide las salidas de tono de sus Estados miembros pero aquí, sin embargo, todo lo que se hace en ese sentido, se interpreta como un centralismo censurable, lo que indica una gran ignorancia con respecto a nuestra conciencia territorial, que va muy por encima de una lógica mesura estatal en cuestiones importantes para todos, como es la mismísima salud. Lo que podría ser una virtud lo hemos convertido en una guerra, cuya base únicamente se sustenta en la economía herida de muerte por la lentitud global en aprobar las ayudas necesarias para quienes más han perdido en estos meses.

Spain is different. Y no solo NO nos tomamos como una cuestión de Estado renunciar a nuestros derechos individuales, sociales o políticos, sino que, además, montamos un teatro nacionalista y político a base de transfuguismo, mociones de censura y elecciones autonómicas en donde se amañan los votos entre los políticos representantes, llevándonos a una inestabilidad mayor en un país empobrecido por la enfermedad y sus secuelas. Peor imposible. Y lo más gracioso es que el Gobierno quiere contentar a todos, cosa que ya sabemos los seres adultos que eso es imposible.

Y el 155 que tanto terror dio a Catalunya, también se lo ganan a pulso otros como Madrid, que dicen sin empacho que ellos no van a cumplir con las normas aprobadas. Luego se quejan de que en Catalunya otra vez los independentistas estén cobrando fuerza irracional, al sentirse tratados de modo diferente. A ellos se les aplica la suspensión autonómica, pero a Madrid no. La crispación política sube y sube de decibelios y las cosas no hacen sino empeorar. Al final, va a ser verdad que el virus y los confinamientos nos han tocado a todos nuestras frágiles azoteas.

Hay que hacérselo mirar. Si no, esta maldita pandemia se va a convertir, no en una cuestión de Estado, sino en un apocalipsis zombie del que nadie va a salir bien parado.

… Si no queremos acabar realmente mal

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