La represión sexual de la ultraderecha

Una de las cosas que más han definido a nuestra España franquista ha sido la represión sexual basada en la ultracatolicidad de nuestro Estado confesional. Desgraciadamente la ultraderecha, furiosa por su pérdida de poder gubernamental, se ha destapado por la parte que más le duele, su poder de manipular el poder judicial primero y ahora la religión católica como modo de represión educativa, bajo el disfraz del poder de los padres de educar a sus hijos como quieran. Pero los tiempos de la ignorancia y la superstición ya pasaron. Muchos de los que éramos niños en aquellas épocas hemos sufrido aquella represión, que algunos no llegaron a superar y se suicidaron. Nunca sabremos las muertes que provocó esa represión sexual, que no figuran en las estadísticas. Pero lo sabemos los que lo hemos sufrido.

Hay que educar a los niños en libertad de pensamiento, considerando los diversos modos de pensar y de comportarse. Para regular las conductas de convivencia están precisamente nuestras leyes, que tratan de que vivamos en paz, a pesar de nuestras diferencias. Pero eso no les gusta a los del pensamiento único. Acusan a los demás de lo que ellos mismos pecan. Son de los que viven inmersos en el pecado, porque viven en la hipocresía de defender una moral que ellos mismos no practican. ¿O es que no hay homosexuales en la ultraderecha? ¿No abortan? ¿No se divorcian? ¿No se ponen los cuernos? ¿No van de putas y putos? ¿No follan sin condón? ¿Saben que son las ITS? ¿Saben que los niños ya no son tan niños y follan, aunque ellos no lo sepan? ¿No habrá que prevenir efectos no deseados, que encima luego sus padres no les permiten ejercer en libertad? ¿Por qué hay que pedir permiso para abortar?

La hipocresía es la bandera de esta gente, y en gran parte la culpa la tiene un Estado que ha sido demasiado corrupto en estos años de aparente democracia. Y ahora vemos los fallos en todo su esplendor gracias a la incontinencia de los fachas. A la Iglesia católica nunca se le ha expulsado de sus privilegios, amparados en la Constitución que todavía la discrimina positivamente en su artículo 16.3 que dice literalmente: Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.

Tener en cuenta las creencias religiosas no tiene que significar cumplir con sus normas morales y, ni mucho menos, hay que tener en cuenta a una religión por encima de las demás. El Concordato español con la Santa Sede es la prueba más flagrante de que el Estado español no es, ni mucho menos, laico. Así es que a ver si el nuevo Gobierno, que se llama a sí mismo progresista, se pone las pilas y ataca los males de raíz. La religión se debe respetar como una ideología que no ha de interferir en los derechos civiles. Por tanto, fuera privilegios de las instituciones y de las escuelas. Y que no se cuelen ahora otra vez a imponer sus creencias bajo la excusa de que es un derecho parental en un Estado que, no gracias a Dios, no reprime la sexualidad de nadie y que ayuda a las personas a crecer y desarrollarse en todas las dimensiones de la personalidad.

Y, como no puede ser de otra manera, el Gobierno de Madrid, en donde ha logrado instalarse la ultracatólica derecha, da ejemplo de lo que no se puede consentir, y Almeida fulmina el proyecto del único centro para jóvenes de la Federación de Planificación Familiar que abría en fin de semana.

Esto no ha hecho más que empezar. Que cada uno se replantee sus más íntimas convicciones y que luche por ellas. No podemos volver al infierno (nunca mejor dicho) del pasado. Y el Gobierno, ahora sí, tiene la legitimidad,  los medios y el apoyo de las bases para hacerlo.

El ejemplo de Madrid de lo que NO hay que hacer

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