La ley de Murphy

Celebrando sus invasiones

No acabamos con una y ya estamos en la siguiente, que es peor. La pandemia y sus secuelas físicas parece que remiten y ya nos comen sus consecuencias económicas. Y cuando empezamos a resignarnos comienza una guerra cantada que nos pilla por sorpresa (porque no prevenimos nada) y provoca no solo un desastre humanitario, sino que potencia al infinito nuestra crisis económica y energética. Y cuando estamos en plena escalada, nos sobreviene una red internacional ultraderechista de huelgas de transportes que dejan sin suministros básicos a una población cada día más castigada e histérica. Y, por si fuera poco, hoy nos desayunamos con un cambio geopolítico con Marruecos que acaba con una política de apoyo al Sáhara Occidental y que remata nuestra miserable conducta con un pueblo que ha sufrido innumerables desventuras en su historia, antes y después de la invasión española. Más información

¿Qué más pasará mañana? No se trata de un conflicto detrás de otro, sino un sumatorio de conflictos sin resolver que se nos presentan descarnadamente y que son combustible para la derecha española, rusa e internacional que saca tajada al agotar las geopolíticas legales que se quedan pequeñas ante tanta maniobra diabólica. Si algo puede hacer daño de verdad a la estabilidad española en este preciso momento es la huelga salvaje de un grupo de camioneros que, oh sorpresa, está apoyada por la ultraderecha española, que a su vez sigue con otras acciones del mismo corte en otros lugares de Occidente y que responde a un intento ultraderechista de crear un nuevo orden internacional Mas información

Una huelga con trastienda

Es bien sabido que una de las estrategias de los megalómanos fascistas es precisamente desestabilizar socialmente a las Naciones para derrocar a los Gobiernos democráticos, como hemos visto por ejemplo en USA y Canadá y en nuestro propio Estado, al apoyar desde fuera la tensión del irresuelto conflicto independentista en España apoyado por Putin con el beneplácito de nuestra ultraderecha española y catalana.

Este momento no puede ser más favorable para que esta táctica resulte peligrosamente efectiva: el castigo a Rusia trae consecuencias negativas en el comercio mundial y, basándose en que esta realidad afecta a los más vulnerables, se les hostiga para que se enfrenten con los Gobiernos que no saben cómo salir del endiablado embrollo en donde nos vemos envueltos por culpa sobre todo de la crisis energética, una crisis fruto del capitalismo desbocado que los neoliberales disfrazados de justicieros achacan a la insolvencia de los Gobernantes que poco pueden hacer ante el juego comercial internacional que es el que de verdad nos trae todas las escaseces que ahora estamos sufriendo.

No cabe duda de que es necesario un intervencionismo del Estado a nivel nacional, supra- e internacional que acabe con este abuso inhumano que ahoga las economías de los ciudadanos y que no hubiese sido así ciertamente si las políticas de reconversión energética se hubiesen implementado desde hace décadas, como ahora mismo reconoce nuestro presidente Sánchez en su periplo europeo, tratando de buscar una respuesta urgente y unida ante las crisis superpuestas. También se tendría que haber pensado en tener un poco menos de dependencia externa en algunos productos vitales para la economía doméstica, tanto en nuestro país como en el resto del mundo.

No tenemos ni idea de cómo va a acabar esto. Pero es cada vez más angustiante la situación, no solo por el histerismo de quedarnos con los estantes de los supermercados vacíos como en Venezuela, sino también por las pérdidas reales de quienes necesitan grandes dosis de energía y suministros para sus trabajos y que ven que cada día va decreciendo su posibilidad de poder mantener sus negocios y medios de vida con dignidad. Realidad y manipulación se mezclan en un cóctel demoníaco. Aunque todavía las consecuencias negativas no nos hayan alcanzado a todos con la misma intensidad, ya es sin embargo un lastre compartido: vivir una invasión en directo TV, soportar los abusos de los precios en nuestros bolsillos y ver la arrogancia de los fachas sintiéndose cada vez más fuertes es una tortura que deja poco lugar a la esperanza.

¿Se cumplirá la ley de Murphy? ¿Sucederá lo peor que pueda suceder entre todas las posibilidades? Hasta ahora parece que sí. Porque si bien cada cosa por separado siempre puede ir a peor de lo que es ahora, en su conjunto el mal crece exponencialmente dejándonos sin aliento.

Hay que ser resilientes y no perder la calma. Apelar a nuestros principios más profundos y luchar por ellos. No nos dejemos engañar por tanta mentira vertida. Exijamos responsabilidad a los que tienen el poder. Despreciemos a quienes juegan con nuestros sentimientos y nos intentan atrapar con falsas promesas e interpretaciones sesgadas de lo que está sucediendo.

Hoy, en plena invasión ucraniana, Putin celebra envuelto en masas enfervorizadas el aniversario de la invasión de Crimea, sin olvidar el genocidio checheno y otras fechorías de la misma calaña. Un discurso repleto de mentiras y descabellados elogios a la violencia antinazi y a la obligada valentía de sus soldados muertos como moscas. Biden (léase OTAN) insulta sin tapujos a Putin, las espadas en alto por ambas partes. Y Europa en medio, cada nación miembro cuece sus habas y nosotros a calderadas. Brecha social insoportable y brecha política innegociable.

Y el resto del mundo calla. Verán apoltronados los telediarios desde Emiratos, desde China, desde India, desde África, desde Latinoamérica… espectadores en silencio. La respiración mantenida esperando a ver lo que sucede en este hervidero. El otrora centro del mundo se ha convertido en un campo de batalla entre dos (o tres) superpotencias que se disputan la primacía. La guerra fría (calentada con miles de muertos) nos coloca de nuevo en el lugar de los perdedores que reciben los platos rotos. ¿Seremos capaces de salir de donde estamos? ¿Quién tiene la última palabra? La ONU también sigue en silencio, un silencio sepulcral, el mismo que hay en los entierros. Pero la pregunta es: ¿quién será el muerto? Sea quien sea, ya hemos perdido todos. Al menos en dignidad.

El rey que nos faltaba

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