La justicia permite reabrir los bares en el País Vasco

Negar la realidad es preludio de una nueva ola

Una palabra que en España traduce en nueva oleada a la vista es la palabra desescalada. No escarmentamos. Lo hemos visto una y otra vez cuando las cosas se han relajado por alguna fiesta. Y ahora que empieza la vacunación, cómo no, a algunos les entra la prisa. Normalmente las Comunidades dirigidas por el PP y sus partidos comparsas, abren rápidamente la mano, como Madrid, Galicia, o Castilla-La Mancha, porque creen que así ganan más votos.

Lo del país vasco parece todavía más grave: que recordemos la justicia no se había pronunciado de modo tan claro y barriobajero contra las disposiciones de sanidad, del gobierno vasco y del sentido común nacido de la experiencia. La política partidista, la dispersión autonómica y ahora la ley de pandereta manejada por algún juez que necesita urgentemente un hervor, llevan a la mezcla explosiva que hace reventar a los hosteleros a la anarquía para defender su derecho a sobrevivir. Y para eso, como los de la cultura y otros colectivos que se han visto más afectados por las restricciones, se empeñan en decir que en esas situaciones sociales no está demostrado que se multipliquen los contagios. Nada más irracional y falso. ¿Acaso no tienen bastante con las tres olas sufridas, cada una peor que la otra?

Todos lamentamos que la economía se deteriore, pero la economía no es nada sin salud, el primer derecho fundamental de las personas, y ya sabemos todos que la vida social es la vía de transmisión más rápida que tenemos para colapsar nuestro maltrecho sistema sanitario.

Con la experiencia vivida, está claro que es la investigación sanitaria la que debe dirigir nuestros pasos por encima de nuestros propios Gobiernos que se han de dejar guiar por ella. Y creo que ha quedado más claro todavía que ha de ser el Gobierno central el que coordine toda la logística y normativa necesaria por encima de las Comunidades Autónomas, puesto que cada una de sus decisiones por separado afectan para bien o para mal a las demás.

Así es que no entendemos a qué viene tanta prisa por bajar la guardia hasta que no nos lo digan las autoridades sanitarias. A los colectivos necesitados hay que apoyarles económicamente, que no significa que tengan que reabrir los locales. Soluciones de emergencia y una planificación económica a medio y largo plazo que desvincule la hostelería y el ocio como fuente principal de nuestra economía, porque está claro que en algún momento no sirve y sabemos que estas situaciones se van a repetir en el futuro.

Se trata de un cambio radical en nuestro modo de vivir, que hay que asumir poco a poco, celebrando que se hayan hecho algunos avances científicos. Pero no corramos porque pronto volveremos a caer. Dejemos que las vacunas actúen y luego ya veremos.

Está claro que en España hay una pobreza brutal que ahora queda al descubierto y un nefasto sentido de la planificación empeorado por la total desunión nacional que nos lleva literalmente al desastre. Somos de los peores países del primer mundo en afrontar esta pandemia y no me parece que sea un secreto que la causa está en nuestro modo de vivir a base de borracheras y desmadres, que es lo que los turistas vienen a buscar. Pero eso es un peligro para la salud y se ha de cambiar. Un baño de humildad y moderación no nos vendría mal.

Falta de sensatez, de orgullo político y nula acción en reforzar nuestros sistemas de investigación en sanidad y en otras ramas de la tecnología que sin duda son las fuentes del futuro para poder vivir.

Un asco de país, ejemplo de lo que no se debe hacer en caso de emergencia nacional. Nada ejemplar la conducta de nuestros gobernantes (de la derecha), de nuestros jueces (de la derecha) y de la gente (de la derecha). Y a la izquierda le falta decisión y empuje.  Para disfrutar libertad hay primero que vivir, y para vivir hay que tener los medios suficientes para que sea con dignidad. Y de eso falta mucho todavía. En España y en el resto del mundo.


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