La justicia imposible

La justicia divina

Durante toda la historia de la humanidad la justicia se ha sustentado en un poder divino encargado de juzgar y sancionar nuestras acciones e incluso pensamientos. Aún en nuestros días, con todo el avance de la ciencia, sigue habiendo culturas enteras que se basan en una teocracia o, como poco, la aceptan como algo racional dentro de unas democracias con fórmulas invocativas a una deidad, como es el caso del juramento de cargos políticos, objeciones de conciencia o expresiones tales como ¡Dios salve a la Reina! o ¡Dios bendiga a los Estados Unidos de América! Es casi imposible encontrar un Estado laico en estado puro, al conservarse inercias culturales, que hacen que algunas religiones sigan funcionando como lobbies.

La irracionalidad de las religiones se evidencia en casos como la Inquisición en otros tiempos o el terrorismo actual en nombre de dios. Pero también en la aplicación de la justicia o en el discurso político que puede aprovechar las culturas religiosas históricas de una nación como arma arrojadiza para los intereses de los partidos conservadores.

Las justicias divinas se traducen en la interpretación que algunos hombres o mujeres sacerdotes, políticos o laicos, hacen de las supuestas leyes divinas que carecen en sí de toda validez científica y que, en todo caso, no hacen sino reflejar cuestiones de mentalidad de épocas pasadas que nada tienen que ver con nuestro presente.

Las monarquías y otros liderazgos tribales se sustentan en esta justicia divina para justificar su poder, hoy en día algo simbólico en un contexto democrático moderno en cuanto su funcionalidad y fundamento, haciendo totalmente anacrónica su mera existencia. Cualquier tipo de dictadura se asienta en este tipo de creencia divina, mezclada con una ambición asentada en el poder del liderazgo hereditario, o por unas ideologías relacionadas como son los golpes militares, que intentan infundir unos principios castrenses, preñados de religiosidad a medida de sus paranoicas mentes.

Pero aparte de la justicia divina, que consideramos inexistente por irracional, supersticiosa, y por una crueldad demostrada con los genocidios selectivos reiterados por mucha tradición que haya tenido en el pasado y hoy imposible de justificación, la justicia plenamente humana y democrática, si es que la hay, se halla también sometida a otros vicios de base, como es principalmente la politización de la justicia, la corrupción personal de los encargados de impartirla, la ideologización sesgada de sus más altos directivos, y la presión de los lobbies financieros que alcanza a todos los poderes del Estado.

Esto ha sido así desde que existe la democracia en mayor o menor medida, pero no nos cabe duda de que, en estos momentos de nuestra historia tan desigual en el desarrollo de las naciones, está llegando a límites insostenibles. El claro sesgo de la justicia en favor del poder y el conservadurismo de cualquier tipo (monarquía, religión, capitalismo, clasismo, etc.) que les lleva a la obstrucción legal por medio de dilaciones, prescripciones y archivos sin justificar, hacen que la división social tan pronunciada se vea multiplicada al infinito por el veneno más profundo de la democracia: que la justicia no sea igual para todos desde su base. No se trata de casos excepcionales justificables, sino arbitrarios y al son de una frenética lucha por el poder de dos ideologías enfrentadas que utiliza la calumnia y la traición como un arma legal que empapa a todas las instituciones y medios de comunicación.

Hoy la principal labor del ciudadano de a pie, no es ya distinguir lo justo de lo injusto, sino la verdad de la mentira, que los representantes políticos y sus medios nos van repitiendo machaconamente en busca de unos votos que le pongan en el poder para transformar a su antojo el estado de las cosas. Un estado de cosas que afecta no solo a nuestro propio Estado, sino al conjunto internacional de los Estados que se rigen por las mismas reglas y sus consiguientes mentiras.

Quizá la guerra de mentiras y la falta de justicia social sea más soportable que las guerras de armas. Quizá se mantengan más algunas vidas en el primer mundo. Pero la falta de salud mental de los ciudadanos del primer mundo es proporcional a la muerte en los ciudadanos del mundo pobre.

La conciencia de vivir en un mundo injusto sin visos de redención, es quizá el abono subconsciente hacia una vuelta a la irracionalidad religiosa que halla  consuelo en el paraíso mítico que nunca existió.

Si el mundo fue una vez creado a imagen de un dios, hoy el mundo sobrevive a imagen de un hombre. Es la gran diferencia. De lo de antes no somos ahora responsables, pero de lo de hoy sí. Somos responsables de la desigualdad, de la corrupción, de la mentira y de la locura medioambiental. La buena noticia es que, si hemos recreado este mundo, lo podemos destruir o volver a recrear. Es cuestión de decidir. Y si no deciden quienes pueden, ¿quién lo hará? ¿los de abajo? ¿con las armas? ¿con la palabra?

Preguntas sin respuestas, mientras día a día soportamos la inseguridad social que nuestros líderes nos han dado. Las excepciones y los mártires ya sirven de poco: algo de esperanza, de que sí, algo mejor es posible. Pero eso no basta.

La justicia humana

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