La irracionalidad de la guerra

Vivimos en una sociedad con prisas a nivel individual, social y global. Si observamos a nuestro entorno, todo el mundo está estresado de una forma u otra: para subsistir, para encontrar trabajo, para mantenerse en un trabajo precario, para ganar más dinero, para ganar más fama, para ganar más poder, para ser líder mundial en cualquier cosa. Al final todo se reduce a una carrera ciega, sin una meta clara que nos permita arrostrar las consecuencias de nuestras acciones de las que se nos advierte desde la perspectiva científica y sostenible.

A nivel cercano vemos el deterioro mental de la ciudadanía, atrapada entre la angustia y el deseo de una estabilidad que nunca llega. A nivel global vemos una brecha social creciente y una amenaza constante a causa de la lucha por el poder geopolítico.

Los que vivimos la guerra fría durante tantos años sabemos bien de qué hablamos: inseguridad global que va más allá de nuestras fronteras y que nos deja indefensos y envueltos en una carrera de armamentos que se intentó frenar por miedo a un colapso nuclear, pero que sigue presente a día de hoy, como en los viejos tiempos de la era moderna, pero también de las eras primitivas e irracionales. Hasta los animales avisan un par de veces antes de atacar y si uno no huye o ataca si se siente más fuerte, la batalla acaba con uno de los contendientes muerto o sometido. El ser humano, supuestamente racional, se pasa años y años amenazando, hasta que un día ataca provocando millones de muertos sin sentido, para lograr un poder que acabará con su vida. En la guerra solo ganan los que después tienen que reconstruir los estropicios, los lobbies colaboradores del dictador triunfante.

La guerra fría acabó gracias a un hombre, Gorbachov, que ha quedado silenciado y librado de una muerte segura por los pelos. Pero todo lo que consiguió lo ha deshecho Putin, un monstruo soviético que vive todavía en el pasado de la amenaza y de la carrera por el poder frente al gigante chino, al exgigante americano, a la hormiga europea y a los pobres indefensos.

La única postura racional posible defendida por las Naciones Unidas y todos los tratados internacionales basados en la democracia opta por el diálogo, la cooperación y la construcción de un nuevo mundo igualitario, donde la lucha por el poder y mucho menos la guerra no tiene lugar. Pero, sin embargo, nadie cumple con estos tratados internacionales, del mismo modo que se incumplen las Constituciones llenas de bellos principios y derechos, pero que acaban siendo obviados con apaños diplomáticos que a duras penas mantienen una precaria paz en el mundo. Ante la existencia de una red de conflictos bélicos en nuestros días como Camerún, Etiopía, Mozambique, Oriente Próximo, Sáhara, Sahel, Siria, República Centroafricana, Venezuela y Yemen (más información), así como la existencia de dictadores en 32 países: Venezuela, Tailandia, Libia, Egipto, Somalia, Sudán del Sur, Burundi, Qatar, Ruanda, Bielorussia, Azerbaiyán, Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán, Chad, Eritrea, Kazajistán, Camboya, Guinea Ecuatorial, Irán, república del Congo, Laos, Eswatini, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Yemen, Siria, Cuba, Vietnam, China, Corea del Norte y Arabia Saudí   (más información), los países llamados democráticos del primer mundo no plantean represalias internacionales directas, sino que cada uno mira hacia otro lado en beneficio de unos intereses exclusivamente económicos. La desunión no hace la fuerza.

Nótese, sin embargo, que en esta lista no se incluye a Rusia ni a su dictador Putin (y tampoco a otros que, haberlos, haylos), quien, bajo un manto democrático que todos sabemos falso, apoya a criminales internacionales, comete asesinatos políticos, invade territorios y no duda en amenazar al mundo con represalias económicas o militares. 

Una sinrazón que olvida, por ejemplo, que, en este mundo económicamente global, el único ataque eficaz es el boicot comercial. Si amenazan con no vendernos gas o petróleo o vaya a saber Vd. qué combustible dañino para la naturaleza, lo que hay que contestar es con un boicot total: no se le compran sus insalubres fuentes de riqueza, mientras nos autoabastecemos y colaboramos con otros países en la creación de energías limpias que son el futuro de la humanidad. Mantener unas relaciones racionales sí, pero mantener relaciones solo por el temor a una guerra irracional que nunca (¿?) llegará, no.

Estamos en una carrera sin destino conocido, relacionándonos con verdaderos asesinos y ladrones internacionales que acaban con la real democracia que se intenta vivir en otros países del primer mundo, mientras los países pobres se ahogan en la miseria. Todos somos corresponsables de las miserias de Putin, porque también muchos hemos cometido los mismos o parecidos errores. Cada estado sabe en secreto lo que hace o se calla y esconde dentro de sus fronteras, algunos como un paraíso para delincuentes bien conocidos.

No conocemos el final de la carrera. Pero todo apunta hacia un desastre final si no cambian las geopolíticas mundiales y no se vuelven a mirar los derechos humanos en vez de mirar hacia el negocio del poder sin freno ni fronteras por el dinero.

Decir no a la guerra como máxima manifestación del poder irracional, no significa apoyar al dictador que la promueve, (según dice maliciosamente la derecha española). Muy al contrario, presupone poner sobre la mesa los temas que nunca se tocan, los temas que se apagan con concesiones vergonzosas, con la cobardía de no ser los verdaderos líderes de la tierra. Decir no a la guerra presupone decir no a las dictaduras y sí a las democracias.  Decir no a la guerra en Ucrania es decir no a Putin y todo lo que él representa en el mundo y en Europa. La OTAN no es respuesta, porque la guerra llama a la escalada. El boicot internacional sí es una respuesta razonable y una lección futura de nueva democracia.  

Hay que redescubrir nuestros fines sociales y sostenibles

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