La falsa historia de la desigualdad


Arte por Banksy (título desconocido). Fuente: Flickr

Os presentamos el artículo ¿Cómo cambiar el curso de la historia humana? (al menos, la parte que ya ocurrió) coescrito por David Graeber  y David Wengrow

Ambos autores parecen disentir de las causas tradicionalmente ligadas a la desigualdad social, cuando, en suma, las vienes a encontrar en las relaciones más cercanas y cotidianas de nuestra vida. Una importante reflexión que merece la pena hacer en este momento histórico en que parece que nos hemos resignado a vivir en medio de una desigualdad cada vez más escandalosa que hace que nuestras sociedades sean cada vez más infelices. Os adelantamos algunos párrafos:

(…) La ciencia social convencional ahora parece movilizada para reforzar esta sensación de desesperanza. Casi mensualmente somos confrontados a publicaciones tratando de proyectar la presente obsesión con la distribución de la propiedad en la Era de Piedra, poniéndonos en una falsa búsqueda de “sociedades igualitarias” definidas de tal manera que no podrían existir fuera de pequeñas bandas de recolectores (y posiblemente, ni siquiera entonces). Lo que vamos a hacer en este ensayo, entonces, son dos cosas. Primero, pasaremos un poco de tiempo revisando lo que sucede para tener una opinión informada al respecto, para revelar cómo se juega el juego, cómo incluso los incluso más sofisticados académicos contemporáneos terminan reproduciendo la sabiduría convencional como lo estaba en Francia o Escocia en, digamos, 1760. Luego intentaremos trazar los fundamentos iniciales de una narrativa completamente diferente. Esto es mayormente trabajo de limpiar el piso. Las preguntas que estamos tratando son enormes, y los asuntos tan importantes, que tomará años de investigación y debate para recién entender todas las implicaciones. Pero en una cosa insistimos. Abandonar la historia de una caída de una inocencia primordial no significa abandonar los sueños de emancipación humana -esto es, de una sociedad donde nadie puede transformar sus derechos a la propiedad en un medio para esclavizar a otros, y donde a nadie se le puede decir que sus vidas o sus necesidades no importan. Al contrario. La historia humana se transforma en un lugar mucho más interesante conteniendo muchos más momentos esperanzadores de los que hemos sido guiados a imaginar, una vez que aprendamos a deshacernos de nuestros grilletes conceptuales y percibir lo que realmente está allí. (…)

A pesar de Jared Diamond, no hay absolutamente ninguna evidencia de que las estructuras de gobierno descendentes sean la consecuencia necesaria de una organización a gran escala. A pesar de Walter Scheidel, simplemente no es cierto que las clases dominantes, una vez establecidas, no puedan ser expulsadas sino por una catástrofe general. Para tomar solo un ejemplo bien documentado: alrededor del 200 dC, la ciudad de Teotihuacan en el Valle de México, con una población de 120,000 (una de las más grandes del mundo en ese momento), parece haber experimentado una profunda transformación, dándole la espalda a los templos de las pirámides y los sacrificios humanos, reconstruyéndose como una vasta colección de cómodas villas, todas casi del mismo tamaño. Permaneció así durante quizás 400 años. Incluso en los días de Cortés, el centro de México aún albergaba ciudades como Tlaxcala, administradas por un consejo electo cuyos miembros eran azotados periódicamente por sus electores para recordarles quién estaba finalmente a cargo.

Las piezas están todas allí para crear una historia mundial completamente diferente. En su mayor parte, estamos muy cegados por nuestros prejuicios para ver las implicaciones. Por ejemplo, casi todos hoy en día insisten en que la democracia participativa, o la igualdad social, puede funcionar en una pequeña comunidad o grupo de activistas, pero que no puede “ampliarse” a nada como una ciudad, una región o un estado-nación. Pero la evidencia que tenemos ante nuestros ojos, si elegimos mirarla, sugiere lo contrario. Las ciudades igualitarias, incluso las confederaciones regionales, son históricamente bastante comunes. Las familias y los hogares igualitarios no lo son. Una vez que haya llegado el veredicto histórico, veremos que la pérdida más dolorosa de libertades humanas comenzó a pequeña escala: el nivel de las relaciones de género, los grupos de edad y la servidumbre doméstica, el tipo de relaciones que contienen a la vez la mayor intimidad y las formas más profundas de violencia estructural. Si realmente queremos entender cómo se volvió aceptable para algunos convertir la riqueza en poder, y para que a otros les digan que sus necesidades y vidas no cuentan, es aquí donde debemos mirar. Aquí también, predecimos, es donde tendrá que producirse el trabajo más difícil de crear una sociedad libre.

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