La decadencia del Estado social y la justicia social

Paisaje urbano

Cuando hablo de Estado social me estoy refiriendo al tipo de Estado que se preocupa por la igualdad de oportunidades para todos sus ciudadanos, incluidos los llamados grupos vulnerables, colectivos y personas que parten de una situación de desventaja por cualquier razón, también por prejuicios culturales. Esta preocupación estatal debería verse reflejada en una serie de medios a su alcance, como leyes, presupuestos y controles que posibiliten una igualdad real. En caso contrario estamos ante una mera declaración de intenciones que no sirve para nada.

Por trabajo social entendemos no solo el realizado por el colectivo de los graduados en Trabajo Social, sino todo tipo de trabajo encaminado a la meta del Estado social. Aquí cabe también el trabajo voluntario de muchas personas que se dedican a colaborar en espacios a los que el Estado, lamentablemente, no llega. Las ONGs, las entidades de utilidad pública, y un sinfín de voluntarios y de asociaciones sin ánimo de lucro, han sido un colchón con el que el Estado se ha escudado muchas veces para intentar ocultar su incapacidad en cumplir aquello que prometen y que exige la propia Constitución y la retahíla de Tratados internacionales que se centran precisamente en estas cuestiones. También incluimos en este trabajo de voluntariado el papel de las familias, que la mayor parte de las ocasiones, llevan el peso de los cuidados a enfermos de larga duración, asistencia a personas con diversidad funcional, educación infantil y otro tipo de aportaciones que ahorran al Estado una buena cantidad de dinero.  

Si todas estas entidades y toda la llamada Economía social hiciese huelga indefinida, estoy convencido de que, en muy poco tiempo, la economía mundial se colapsaría y, junto con ella, toda la vida social sostenida en base a la buena voluntad de millones de personas. Y esto es así, porque, aunque muchas personas que se dedican a este tipo de trabajos cobran un sueldo por ello, y el mismo Estado reparte subvenciones entre los miles de asociaciones existentes, son todas de un calibre miserable y, para dedicarse a este tipo de trabajos, hay que ser de una madera especial: personas que toman su trabajo como una labor de apoyo social al ser humano. No trabajan para su propio lucro (excepto algunas desgraciadas excepciones, que en todas partes las hay), sino que miran por el avance igualitario de las sociedades, conformándose con ellos mismos.

El fracaso de la  Economía Social ha sido el haberla reducido a una mera Economía social de mercado, que se ha convertido precisamente en una de las metas de la Unión Europea, o en realidad, en la verdadera meta de la UE, que, no lo olvidemos, nació como mercado común y ha mantenido esta característica como defensa del mercado global. Es decir, seguimos estando en un sistema económico capitalista, llamado eufemísticamente neoliberalismo económico, o simplemente, neoliberalismo.

La cuestión es que, al primar el interés económico sobre el interés humanitario, ha hecho que su contradicción de base se haya hecho cada vez más evidente y, prácticamente, haya reducido lo social a un elemento residual, que ni siquiera llega a cumplir con los mínimos derechos humanos, que hoy consideramos básicos en toda sociedad civilizada y, más aún, en las sociedades más avanzadas.

Esto último nos lleva a la reflexión sobre la evolución social de nuestras sociedades que, más que primar los valores humanos que consideramos imprescindibles para una convivencia pacífica y a la vez tecnológicamente avanzada, haya fracasado espectacularmente, a la luz de la inmensa desigualdad social producida y del cambio climático ocasionado por esta economía de consumo, que está trayendo el mayor desastre ecológico  de la historia de la humanidad, producido por el hombre mismo.

Yo diría que el Estado social está finiquitado en la práctica, aunque se mantiene a nivel formal dentro de unas coordenadas de precariedad que simplemente alarga, en algunas ocasiones, la agonía de los colectivos más desfavorecidos. Habría que calcular los millones de personas que mueren cada año en el mundo por esta causa. Hubo una época que se temía por la superpoblación mundial. Pero la cruel conducta humana está acabando con este peligro al reforzar la ley del más fuerte. La factura puede llegar a ser tan cara que en un futuro no muy lejano puede ser que ya no existamos como especie, tras haber depredado, sin el límite de la razón, todos los recursos, humanos y materiales, del planeta.

Quizá el antídoto estaría en no hablar tanto de Estado social y hablar más de justicia social. En 2007 la Asamblea General de las Naciones Unidas, proclamó el 20 de febrero de cada año como Día Mundial de la Justicia Social. Al fundamentar esa decisión, las Naciones Unidas han sostenido que la justicia social es un principio fundamental para la convivencia pacífica y próspera y que constituye el núcleo de nuestra misión global para promover el desarrollo y la dignidad humana. En esta materia, la ONU hace referencia a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), organismo especializado que integra el sistema de Naciones Unidas, y en especial al documento Declaración sobre la Justicia Social para una Globalización Equitativa.  Las Naciones Unidas explican que, las actividades que se desarrollen con motivo del Día Mundial de la Justicia Social, deben orientarse a erradicar la pobreza y promover el empleo pleno y el trabajo decente, la igualdad entre los sexos y el acceso al bienestar social y la justicia social para todos.

Es posible que la razón, una vez más, nos libere de la espiral de locuras internacionales que nos hacen temer un trágico destino.

Ya no se habla de justicia social

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