La Concha nacional

Zeus rapta a Europa sin permiso

La celebración de la Inmaculada Concepción como fiesta nacional, es todo un símbolo de la España constitucionalmente aconfesional, que da preferencia a la cultura católica (art. 16), obviando la cultura republicana de un Estado laico, que deja para el ámbito privado toda ideología religiosa, aceptando manifestaciones puntuales que no violen los derechos de los demás ciudadanos.

Por otra parte, la aceptación en el siglo XXI de una cultura católica innegable en nuestro país, significa no querer ver una realidad social cuyo valor religioso ha dejado de ser prioritario. De alguna manera los símbolos católicos se han convertido en bandera de un determinado modo de ver la vida que ha dejado de ser congruente consigo misma, para pasar a ser un signo político más que de una determinada fe.

Sin embargo, esta festividad que curiosamente da nombre a un puente que se sustenta en paralelo con la Constitución, encierra detrás un origen mitológico de las gestaciones de semidioses o héroes, nacidos de un dios y una humana generalmente virgen, considerado un plus secular en la catalogación de las mujeres. Desde el rapto de Europa, donde el dios se aparece nada menos que en forma de un toro y que se la lleva sin consentimiento expreso, hasta la aceptación de la esclava del Señor a la propuesta de su emisario para ser madre, la virginidad sigue siendo un valor ahora incontestable por un dogma católico que la declara virgen no solo antes, sino también después del parto. Inmaculada significa sin mancha, de donde se deduce que cualquier mujer que realice un acto sexual tiene una mancha en su curriculum que la incapacitaría para ser la madre digna de un dios.

La afición a lo taurino tan española junto a lo virginal, nos parece un desfase que nos lleva a siglos oscuros del pasado. Otra curiosidad es que una apelación familiar de las Inmaculadas, Concha, en otras culturas latinas hace referencia a un órgano típicamente femenino que no vamos a nombrar por estar en horario infantil y no dañar sensibilidades piadosas. Pero no deja de tener guasa que la virginidad, las corridas de toros o las multitudinarias fiestas marianas, hayan acabado siendo símbolos españoles desde San Fermín a la Virgen del Rocío. Folklore, religión, mitología y patriotismo se mezclan en unos conceptos que podrían tener su gracia, si no fuera porque de un modo explícito condenan la libertad sexual.

La virginidad no es un concepto médico, científico, ni demostrable, sino una construcción social de control sexual de las niñas y mujeres. La Organización Mundial de la Salud califica la virginidad como una forma dañina de discriminación de género, ​ y Naciones Unidas considera que las pruebas de virginidad son una violación de los derechos humanos de las niñas y mujeres, sin base científica, que conllevan graves consecuencias físicas y mentales a aquellas que los padecen. El término virgen originalmente solo se refería a las mujeres sin experiencia sexual, pero ha evolucionado para abarcar una serie de definiciones, como se encuentra en los conceptos tradicionales, modernos y éticos.​ Los individuos heterosexuales pueden o no considerar que la pérdida de la virginidad ocurre solo a través de la penetración pene-vaginal, mientras que las personas de otras orientaciones sexuales a menudo incluyen el sexo oral, el sexo anal o la masturbación mutua en sus definiciones de la pérdida de la virginidad. Las implicaciones sociales de la virginidad todavía permanecen en muchas sociedades y pueden tener diversos efectos en la agencia social de un individuo que muchas veces pueden ser realmente nocivas. Más información. La misma fórmula escogida para la aceptación de María como esclava es algo que hoy resulta inasumible, si es que va más allá de un simple juego sexual.

La Iglesia católica que sigue gozando de privilegios en nuestro país como la participación educativa o como destino de impuestos fiscales, obviando gran parte de los suyos propios, son muestras de un poder que se cuela dentro de todos los ámbitos de la vida pública y privada, mayoritariamente de postureo, tras los destapes continuados de abusos de todo tipo y de personas tanto laicas como religiosas, que de cara a la galería dicen una cosa y en privado hacen otra. La falsa moral sexual no solo ha provocado trastornos psicológicos, sino que también ha tapado otros abusos, especialmente en el campo económico, cuando personajes que presumen de católicos no han dudado en explotar a sus empleados o en defraudar a la Hacienda pública.

Respetar la libertad religiosa implica también el respeto a los no creyentes y a cambiar los hábitos de una sociedad acostumbrada a llamarse con nombres de santos católicos o de celebrar fiestas que han perdido su sentido religioso. A los currantes nos va de miedo tener puentes y fiestas, así como a ciertos negocios. Pero tenemos que celebrar lo que realmente nos une y no la discriminación sexual que nos separa, también en nombre de la Constitución que, en el art.14, condena expresamente la discriminación por sexo o religión.

Es posible que alguien piense que le veo los cuatro pies al gato, pero basta con que miren un poco a lo que hay detrás de cada fiesta y verán que tengo más razón que un santo.

He aquí la esclava del Señor

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