La bolsa o la vida

La bolsa asesina

En los antiguos tebeos, cuando salía algún caco, este nos daba a elegir entre la bolsa o la vida y, naturalmente, todos optaban por la vida, si es que se llegaba a efectuar el atraco. ¡Cosas de niños! Pero, en la vida real y según se ha ido modernizado la sociedad, la secuencia no es así. Hoy te roban directamente la bolsa, aunque te cueste la vida, sin preguntar. Según se trata de una sociedad más rica o más pobre, el robo no es brutal, a mano armada, sino que se utilizan otros medios más sofisticados y legales como los salarios precarios, los mercados bursátiles, los paraísos fiscales, la prescripción de delitos y un sinfín de estratagemas que se saben muy bien quienes ostentan el verdadero poder, que es el dinero.

El dinero se ha convertido en el valor más alto de la vida, por encima mismo de ella. Porque por la acumulación de dinero en unas manos hay, sin temor a exagerar, millones de muertos anualmente (de modo directo o indirecto) por hambre, guerra, pobreza extrema, suicidios de quienes se encuentra sin recursos, o se les condena a la exclusión. La exclusión, la muerte moderna, aun es peor que la muerte física, puesto que la vida, como todos sabemos, no solo es nuestro único bien personal, sino que además es un bien social, que ha de ser compartida para poderse vivir de modo humano desde un punto de vista evolutivo, en donde nos hemos fabricado una sociedad interdependiente y nos necesitamos unos a otros (individuos y sociedades) para sobrevivir. Esto, que en principio es una mejora evolutiva en nuestro desarrollo, se ha convertido en una amenaza por el error de enfoque bursátil que ha subordinado la vida al dinero, que es tan solo una mercancía inventada para que podamos intercambiar bienes unos con otros y poder mejorar en todas los aspectos.

El dinero se ha convertido en el motor de la historia individual y social. Se necesita para todo y se hace una verdadera guerra por sobrevivir, porque solo compitiendo por estar arriba se puede vivir dignamente. Y esto es un error que todos pagamos en forma de estrés e infelicidad en un mundo pensado por nosotros mismos para ser felices.

El coronavirus ha destapado esta oscura realidad desde el minuto uno. Pasado el primer segundo de desconcierto ante una pandemia que se plantificó con toda su fuerza delante de nuestras narices al comprender que teníamos que escondernos todos en nuestras casas para poder frenar su avance, nos trajo en el segundo dos este negro pensamiento: si no vamos a trabajar, si no vienen los turistas y si no podemos comerciar, ¿cómo vamos a sobrevivir? Este pensamiento era más negro en proporción directa a la altura en que se encontraba nuestro status social. Los reyes del dinero afirmaban: no puede ser, es imposible que todo pare. Y proponían la vieja solución de dejar morir a los millones que hicieran falta, pero que siguieran trabajando, que siguieran viajando, que siguieran haciendo macrofiestas. Sobrevivirían los fuertes (ellos incluidos, claro).

Por fortuna hemos tenido un Gobierno que no pensó eso. Y por primera vez desde que yo tengo uso de razón (y ya son bastantes años) se primó la vida por encima del dinero, haciendo lo imposible para salvar a las personas por encima de las ganancias, poniendo medidas de confinamientos, pero a la vez de ayuda a las empresas, sin miedo al endeudamiento. A regañadientes Europa también terminó apoyando esta actitud, en contra de su ya ancestral política de recortes que tanto dolor sigue causando.  

El virus sigue ahí invictus. Pero la bolsa, inquieta, está desesperada por desescalar. Han insultado al Gobierno de todos los modos posibles por habernos mantenido a raya y ahora quieren que la normalidad vuelva a toda prisa cuando, desde todo el mundo, incluidas España y China, hay señales de que la cosa puede desencadenar rebrotes intensos que pueden llevarnos al apocalipsis.

La gente de bajo nivel neuronal que en su tiempo se quejaba de que se les quitaban libertades, hoy están eufóricas por volver a sus segundas residencias, a las playas abarrotadas, a los botellones sin fin y, por supuesto, al futbolísimo. El representante de los empresarios se afana por decir que hace falta un pacto constitucionalista que elimine del gobierno a quienes desean romper a España. La voracidad bursátil no tiene límite: aprovecha al instante cualquier ocasión que tiene para inocular su veneno: hay que volver a ganar dinero por encima de todo, por encima de los derechos de los trabajadores, por encima de los derechos de las nacionalidades, por encima del derecho a la vida, que pide prudencia con mayúsculas.

Hoy, como quien no quiere la cosa, hay quien hace práctica de tiro al blanco con el presidente del Gobierno y sus socios. ¿Qué es lo que han hecho tan mal? ¿Poner tímidos impuestos a los multimillonarios? Porque, no se engañen, cuando los de la cúpula empresaria piden que se alarguen los ERTES hasta diciembre no lo hacen por los trabajadores o autónomos, sino para que la bolsa siga girando y subiendo y les dé a ellos más dividendos. El zorro se viste de oveja y acusan a los buenos de ser lobos. El honesto es un lobo para el rico.

La bolsa no vale nada sin la vida. Aunque nada más fuera por egoísmo la tendrían que defender hasta ellos, pues sin esclavos para explotar no tendrían de qué vivir. Y no cuentan con algo más: ese virus invicto les puede infectar también a ellos, porque ese sí que es demócrata y trata a todos por igual. Suerte tienen si no les ha pillado aún, como un Bolsonaro.

Nacemos sin pedirlo, como un regalo del amor (en líneas generales). Y es todo lo que tenemos. Venimos desnudos y lo que vamos aprendiendo nos enriquece. Cada uno, en la medida que puede, construye una vida lo más feliz posible en sociedad. Y nos marcharemos igualmente desnudos dejando únicamente nuestro amor, si es que hemos sido capaces de darlo. Si solo tuvimos dinero, nadie nos recordará por eso.

Ante la disyuntiva de la bolsa o la vida, creo que la respuesta sigue siendo la misma. Porque es la única posible. No tenemos otra opción. Recordémoslo estos días que vienen de relativa libertad. Porque en realidad, la desescalada no nos da libertad, sino que nos da más responsabilidad. No lo olvidemos a la hora de hablar y actuar. Si respetamos las reglas llegaremos más lejos, más fuertes y más alto. Pero todos juntos. Los que no quieran que se bajen del carro y que se vayan (¿a dónde?). Nadie les echará de menos, ni a ellos ni a su dinero.

La vida es un regalo

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