Juicios fallidos

Los siete de entonces

La película El Juicio de los 7 de Chicago hace referencia a uno de los juicios más populares de la Historia de Estados Unidos (1969), en el que siete individuos detenidos durante una manifestación en contra de la guerra de Vietnam fueron juzgados tras ser acusados de conspirar en contra de la seguridad nacional. Su arresto se produjo a consecuencia de unos disturbios contra la policía y el juicio, impulsado por el nuevo fiscal general, fue claramente político, dando lugar a una serie de conflictos sociales -manifestaciones, movimientos ciudadanos, impulso de los derechos civiles- que pasarían a la posteridad en una época que pretendía grandes cambios en USA y por ósmosis en el resto del mundo.

Quienes ya vivíamos en aquella época, poco recordamos del juicio en sí, pues no hay que olvidar que estábamos en pleno cerrojo franquista, pero sí recordamos con añoranza la ilusión que creó el sueño de una nueva sociedad pacifista y en contra de los cánones establecidos. Fue la época dorada del movimiento hippie, de los grandes conciertos internacionales, de Jesucristo Superstar, Hair y una explosión de arte e idealismo juvenil que deja en nada los tímidos movimientos sociales que últimamente hemos conocido como la primavera árabe o el 15 M, de los que ya casi no queda memoria.

Mirando el espejo de aquel juicio con total manipulación ideológica del juez, del fiscal, de los testimonios policiales y de los mismos miembros del jurado, nos recuerda demasiado a tantos y tantos juicios que han resultado ser farsas, donde no hay cabida al más mínimo atisbo de honestidad y transparencia. Las dilaciones interesadas de los juicios, las condenas a todas luces injustas o con falta de equidad, nos transmiten cada vez el claro mensaje de que la justicia no es igual para todos y que la separación de poderes, base esencial de la democracia, brilla por su ausencia.

Esa percepción social nos va minando poco a poco. Y uno se pregunta qué interés hay en ello. Porque el fenómeno no es casual. Los hippies de antaño acabaron mal unos directamente por su ignorancia frente a las drogas y todos por el sistema que se encargó de acallar las voces de protesta a base de palizas, de condenas y de la falsa idea de que aquí todos podemos ser burgueses si nos portamos bien. Y así los hijos de aquellos soñadores que sobrevivieron se acoplaron a la buena vida que les ofrecían los préstamos bancarios y educaron a sus hijos en la complacencia y en tenerlos entretenidos porque los dos trabajaban para poder llevar esa vida burguesa.

La sociedad está falta de sueños y de gente que se atreva a hacerlos realidad. Y es normal porque eso se considera una enfermedad más peligrosa que cualquier otra ante la que no hay vacunas y por la que mueren cada día, miles (¿millones?) de inocentes. Los juicios políticos y mediáticos (comprados) están a la orden del día. Y ganan los de la derecha siempre.  Incluso hacen leyes que aprueban la mentira para defenderse. Da miedo la deriva que está tomando la cosa, sobre todo a los que seguimos siendo hippies en secreto.

Hoy: el mismo perro con distinto collar

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