Jesucristo Superstar

Ayer fue Domingo de Ramos, fecha que da inicio a la Semana Santa, en una situación especial, en donde no se notan diferencias festivas por el confinamiento general y el estado de alarma. Mi pequeño homenaje consistió en volver a ver la película de Jesucristo Superstar de 1973, que durante muchos años fue para mí un referente religioso puesto que esa era la imagen que concordaba con mi manera de ver la religión. Nacido en 1951 soy hijo de una época de profundos cambios, por un lado con el Concilio Vaticano II en 1959 y, por otro, con el movimiento hippie, nacido casi a la par en los años 60.  El concilio abrió la puerta de la iglesia católica a la vida real que paulatinamente optó por la vuelta a sus orígenes con la llamada teología de la liberación, que luchaba claramente por los excluidos.

La iglesia vivió una época dorada de apertura, lucha por la justicia social y por el amor como primer mandamiento, que casaba mucho con el movimiento hippie, cuyo exponente Hair salía  en formato película en 1979, seis años después de Jesucristo Superstar. Se podría decir, que excepto en el tema de las drogas, ambos movimientos, el nuevo cristianismo y el hippie coincidían en lo más esencial: pacifismo, unión con la naturaleza, amor universal, etc.

También de esta época, 1962, son los Beatles, que estaban en la misma línea y que supusieron a la par una revolución musical y social. Aunque haya muchos más acontecimientos notables en este periodo de tiempo tan fructífero, con muchos actores significativos (Luther King, por ejemplo, muere asesinado en 1968), ciñéndome a los pocos datos que he expuesto y que marcaron mi vida, nadie puede negar que comenzaba un potente sueño por una nueva sociedad no violenta, de mayor justicia e igualdad social. Paz, amor y libertad eran las palabras más repetidas y todos los jóvenes estaban inmersos en ese mundo, comenzando los masivos conciertos benéficos y una rebeldía contra un sistema social que ya se sentía minado en sus cimientos. La cruel y prolongada guerra de Vietnam (1955-1975) fue el disparadero hacia la objeción de conciencia y hacia la idea de un mundo sin violencia. También trajo las drogas a nuestro mundo cotidiano occidental con los soldados supervivientes, que comenzó a mezclar unos elementos con otros de manera indiscriminada y sin conocimiento previo de lo que estas drogas suponían. Este fue un elemento que poco a poco fue destruyendo la base del movimiento rebelde, junto con la evidente contrarreforma del establishment, tanto político como eclesiástico.

Fueron muchos los curas obreros y guerrilleros que murieron en el intento, abandonados por la iglesia institucional y nunca se llegaron a realizar todas las reformas que el Concilio sugería. Por su parte, el capitalismo feroz fue aplastando las ansias de renovación, dando pequeñas mejoras sociales que aparentaban la igualdad entre todos los ciudadanos. Algo que, lo sabemos ahora con claridad, era un engaño atroz, hipotecando a las familias, hundiéndolas en el consumo, y generando una élite cada vez más rica y exclusiva que hoy ya resulta insoportable.

La mayoría de militantes religiosos dejaron la iglesia, y muchos dejamos la religión en todas sus formas. La sociedad cayó en el olvido de aquellos jóvenes convertidos en burgueses, y siguió implacable su camino de consumo y producción ilimitado. El tímido movimiento del 15 M no fue nada comparado con aquello. Todavía sobrevive en parte, pero muy dividido y acosado constantemente por los poderes de siempre.

Y así llegamos al día de hoy, la semana santa del año diferente gracias a un microscópico ser que ha dado al traste con todo el sistema económico y social. Sin celebraciones, sin reuniones religiosas ni de ningún tipo, nos ha encerrado a todos en una profunda reflexión, que según se dice, nos ha de servir para cambiar nuestra sociedad.Yo creo en ello, porque he sido siempre un soñador que creo en las personas. No creo en las estructuras, y no comprendo mucho las conductas sociales. Hablando con la gente todos somos pacifistas, pero a la hora de la verdad todos estamos en guerra, y todos estamos vendidos al capitalismo.

El pecado de Jesús fue oponerse al poder

Pero yo me pregunto, ¿cuántos inocentes han de morir para cambiar? Jesucristo fue uno de ellos, cuyo único pecado fue meterse con el poder sacerdotal de una fanática teocracia judía. Pero, ¿cuántas personas han muerto por las guerras, todas injustas, por la pobreza, por el abandono de quienes debían ocuparse de ellos? Hay muchos modos de matar, aparte del cruento: se puede matar ignorando a las personas y sus problemas, dejándolas vivir una vida infrahumana. Siempre ha habido gente que ha luchado contra el fuerte, y todos, uno tras otro, han ido muriendo (la mayoría asesinados), o sus ideas se han ido diluyendo en la nada.

Ahora mucha gente piensa que esto cambiará. ¿Será así? ¿Cuántos más tienen que morir por la pandemia para que de una vez cese la guerra del consumismo, de los partidos, de las autonomías, de los Estados?

Yo tengo un credo muy corto: creo en el ser humano. Creo en Jesucristo Superstar, el de las dudas, el que amaba y se dejaba amar, el que tiraba a los mercaderes, el que atacaba al sistema de poder, el que sabía que los malos no eran los que los demás dicen que lo son, sino aquellos que no lo parecen, el que no era dios, el que sabía lo que le iba a venir y sin embargo lo hizo.  Esa creencia es la que me salva, porque si no, no podría creer que algún día algo podría cambiar. Se necesita ser valiente y creer mucho en las personas. Sin eso no hay nada que hacer.

Personalmente me alegro de que esta semana santa sea sin folklore. Que sea de fe para los creyentes y de reflexión para los demás. No todo es dinero. No todo es tradición. En Valencia no ha habido fallas y la vida ha seguido. Y si es por el trabajo, ahora mismo se buscan trabajadores para el campo, porque no pueden venir de fuera. ¿Estamos dispuestos a trabajar así, están los empresarios a pagar lo que manda la ley, a tratar bien a sus trabajadores? ¿Podrá el Gobierno cumplir sus promesas? ¿Le dejará Europa? ¿Seremos de verdad una Unión Europea? Habrá que decidir cómo vamos a vivir los años venideros. El sueño de un mundo mejor está hoy más cerca que nunca, al alcance de todos. Que el ejemplo de todos los que han muerto por eso, incluidos los que han sido vencidos por el coronavirus, nos sirva para que su sacrificio no haya sido en vano. Que la tecnología de la que disponemos sea para servir a las personas. Las futuras generaciones nos lo agradecerán, porque, aunque al menos por un tiempo no puedan tener tantas cosas como hasta ahora (a veces inútiles), serán más felices, porque todo será más de todos y no solo de unos pocos.

¿Cuántos inocentes más han de morir para cambiar?


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