Infierno

La imagen de una lengua imparable de fuego y destrucción es lo más parecido a un infierno imaginable, más allá de las impresionantes explosiones y fuentes de lava que surgen furiosas de la tierra.

No poder hacer nada para impedir un avance que acaba con todos los medios de vida de una amplísima zona de la isla, nos hacen a todos sentirnos unidos a tantas familias que de repente se quedan con lo puesto y con la única esperanza de la solidaridad humana y, sobre todo, de la justicia social, que hace del Estado un instrumento de supervivencia para todo ciudadano que lo necesita. Es innegable que cualquier tragedia nos afecta a todos, sobre todo cuando hemos tenido la oportunidad nunca antes vivida tan de cerca de ver con nuestros propios ojos el avance destructor de la energía ardiente que la tierra escupe por necesidad.

Junto a esta tragedia puntual, casi incesantemente no paramos de ver otras tragedias debidas principalmente a los fenómenos climáticos, cada vez más intensos y cambiantes, pero con el mismo resultado de personas que se quedan sin nada y, lo que es peor, personas que mueren en el camino.

No somos los dueños de la naturaleza, pero hay dos preguntas racionales que nos podemos plantear más allá del dolor de nuestros corazones por tanto sufrimiento. La primera de ellas es pensar si estamos razonablemente preparados para enfrentarnos al cambio climático que agudiza estos fenómenos extremos de la naturaleza ya provocados, al menos en parte, por el hombre. Hay que mentalizarse en que estos fenómenos cada vez van a ser más frecuentes y cercanos y quizá nos afecten a nosotros mismos.

Y la segunda pregunta es una reflexión sobre los lugares en que asentamos nuestros hogares y nuestros medios de vida, sean del tipo que sean.

Si en algo han avanzado las ciencias es en descubrirnos los lugares que son peligrosos para vivir, así como los residuos que generamos que son mortales para nuestra existencia. Por eso podemos algunas veces anticipar, aunque sea con poco espacio de tiempo, lo que va a ocurrir, lo que explica que se hayan podido salvar miles de vidas. Como ha ocurrido en La Palma. Algo, al menos, primordial: sobrevivir.

Pero la vida sigue y hay que llenar todo ese vacío con una ingente cantidad de medios sociales para reparar los daños y también replantear las ubicaciones de nuestros asentamientos.

Ciudades como Nápoles o Venecia, constantemente amenazadas en su existencia, siguen en pie, sin embargo, gozando del turismo snob de gentes que quieren vivir sus emociones fuertes y volver tranquilamente a sus hogares. Pero uno se pregunta qué tiene de racional vivir en lugares con una espada de Damocles encima, con casas de madera en zonas de huracanes, en lugares situados en lechos de ríos o en zonas robadas al mar y que sufren constantemente inundaciones y destrozos. Sin miles de vidas humanas y miles de millones de pérdidas que luego hay que recuperar para seguir afrontando nuevas catástrofes repetidas muchas veces en los mismos lugares.   ¿No sería más adecuado, en base a los conocimientos científicos que poseemos, cambiar nuestros estilos de vida, nuestros asentamientos comunitarios y nuestras previsiones a medio y largo plazo?  Las Islas Canarias son de un origen volcánico que sigue activo. ¿Es realmente un lugar adecuado para vivir? Nunca estamos al cien por cien a salvo de los fenómenos de la naturaleza, pero bien podríamos estar preparados para estancias que pueden acabar en cualquier momento, si es que optamos por residir en este tipo de lugares. Un plan de emergencia activo siempre o la retirada definitiva, quedando como lugares de visita, pero no de asentamiento. La ciencia y la racionalidad después de tantos siglos algo nos han enseñado y no deberíamos despreciar los avances científicos, en pro de unas ganancias fáciles a corto plazo, que al final pueden llevarnos a la destrucción. Valencia, por ejemplo, desde su última riada de 1957 estableció un desvío del cauce del río, dejando el nuevo cauce como un lugar de esparcimiento y naturaleza. Si sobreviniese de nuevo una catástrofe parecida, se supone que no acabaría ni con vidas ni con viviendas, puesto que el agua dispondría de dos amplios cauces para discurrir. Al menos una solución a largo plazo de un problema que se puede prevenir. Políticas a repensar, por difíciles que sean. Hacer de nuestra vida algo más seguro y agradable, es sin duda, un buen aliciente.

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